lunes, 24 de abril de 2017

LIBROS CONTRA LA DEMENCIA


 (disección publicada hoy en El Mundo - El Día de Baleares)

Desde hace un tiempo casi se solapa el Día del Libro con el aniversario de mi tesis, una de las cosas más inútiles de una vida ya de por sí baldía. ¿A quién se le ocurre profundizar en su formación en una tierra tan devota de su cruzada contra la meritocracia? Más allá del placer intrínseco por la tarea, fueron nueve años consagrados a la nada. Y eso que, a diferencia de otros países, aquí no obligas a tus teóricos jefes a pagarte más por el hecho de haber obtenido un doctorado. Laboralmente acaba siendo más bien un demérito que parece ultrajar a los ofertadores. A pesar de eso, o en consecuencia, tenemos a una legión de políticos inflando su curriculum con carreras inexistentes que, en el caso de haberlas cursado, dejaron a medias o a las primeras de cambio.
Esta semana celebré el quinto aniversario de mi tesis gozando en estas mismas páginas un informe sobre la locura de los postulantes: El doctorado perjudica seriamente la salud mental. Al parecer, uno de cada tres padece depresiones y demás prodigios mentales. Al margen de que la propia tarea pueda generar estos tumultos psicológicos, no se deja de lado esa falta de correlación, de vínculo, entre lo producido y su repercusión social y laboral. Y más allá de lo personal, es letal para una sociedad que la falta de retribución sea una norma tan extendida, porque se genera un amplio caudal de frustración y desencanto, agravado por la llegada a la cumbre de esas “élites extractivas” (Acemoglu y Robinson) que manejan el cortijo, incluso desde la cárcel. Eso cuando entran, porque ahí tenemos a los Pujol, imputados pero reincidiendo en sus delitos aprovechándose de una libertad que incomprensiblemente le han regalado los jueces.
En fin, al menos nos queda refugiarnos en la conmemoración de aniversarios no demasiado rigurosos pero igualmente disfrutables como son el de la muerte de Cervantes y Shakespeare. Aunque sigamos siendo una sociedad en absoluto dada a la lectura, los libros siguen ahí, más a la mano que nunca, coquetamente seleccionables para que interpelen nuestra condición. Por pereza o vergüenza que dé, siempre estamos a tiempo de descorchar a algún clásico, esos autores que desde la ignorancia del que los conoce sólo de oídas parecen bodrios fútiles pero que en su trato directo fluyen con una intensidad vital y de significados que nos desbordan pero también destilan. Eso sucede, multiplicado, con el cervantismo shakespeareano, estandarte de un legado que nunca se supera porque siempre acumula lingotes que prodigarnos. Nunca habíamos despreciado con tanta pardalería enriquecimientos tan baratos. El criterio del beneficio social es nuestra única y demente brújula.

lunes, 17 de abril de 2017

DIARIO DE PASCUA


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares. Aquí está completa, en papel ha salido cortado el domingo)

Martes. Detenidos dos catedráticos de la UIB ya saben por qué. Me pasma que delante de nuestras narices nos vayan colando milongas y delitos uno tras otro (caso Nadia, negocios de Cursach, este medicamento) sin que nadie con responsabilidad tome medidas hasta que ya es tarde, y luego en cambio nos entreguemos a burbujas de histeria como la del aceite de palma, el panga o la carne roja. También se ha alertado mucho sobre los funestos peligros de las antenas de telefonía, pero se acaba de publicar un riguroso informe que tumba esos pavores, aunque nuestros medios no le hayan hecho apenas caso. La pauta se mantiene: paranoia con asuntos inanes, dejadez ante problemas graves.
Miércoles. A falta del Oficio de Tinieblas, relegado incomprensiblemente por la liturgia católica, regreso al paraíso de las carnes, El Ceibo de Santa Ponça, para celebrar el aniversario de un gran amigo. El espíritu de la carne. De los licores y los habanos. Así sea.
Jueves. Paseo por las entrañas de mi barrio, La Soledad. Distrito sur. Anochece. A la altura de la fábrica Ribas, registro estampas de varios rincones espectralmente sugerentes. Suponía que estaba solo, aunque desde un coche parado y sigiloso, del que refulgían significativas señales de violencia latente, me interpelan en plan matón de Scorsese. Como no me atrae demasiado la idea del martirologio, y tras un intento baldío de enfriar la amenaza, escapo por piernas. Lo que tuvo su estimable cuota de milagro, dado que mi maltrecha pata diestra debería dificultarme emular a Usain Bolt.
Viernes. Las visitas al tanatorio suelen tener un coste. No para mí. ¿Cómo explicar que allí me encuentro como en casa, con una comodidad inaudita, y no caerme encima la camisa de fuerza? Suena en la ida That’s life de Sinatra y en la vuelta El novio de la muerte en versión de Javier Álvarez.
Las avalanchas de la Madrugá. Como hace 17 años, la ficción, en este caso la novela Nadie conoce a nadie de Juan Bonilla, irrumpe en nuestras coordenadas espacio-temporales. Lo preocupante es que el pujante grado de psicopatía social se vaya manifestando de manera cada vez más irresponsable.
Sábado. Hace dos años que no visitaba la iglesia ortodoxa de Palma la noche de resurrección. Aunque mantengo erguido mi agnosticismo, no dejo de apreciar el depurado sentido del ritual que practican en esta variada comunidad de rusos, ucranianos, serbios, rumanos y búlgaros. ¡Gospodi pomilui!
Domingo. En Pascua musicalmente combino los coros ortodoxos, sobre todo serbios (salmo 135), con sonidos más tétricos como el Ach Golgotha de Current 93 o el Caller of spirits de Blood of the black owl. Todo sea por mantener la bipolaridad con buena musculatura.

jueves, 13 de abril de 2017

QUIERO SER VERIFICADOR

 (versión ampliada de la disección publicada hoy en El Mundo-El Día del Mundo)

Cuando se está en el paro demasiado tiempo no queda otra, si no deseas ensuciarte las manos liquidando a competidores directos, que interesarse por actividades curiosas que, por lo que sea, carecen de excesiva demanda. A ver, lo ideal desde un punto de vista lucrativo sería meterse a agente de futbolistas o a gurú de Més, pero detesto el fútbol y dudo mucho que los pesemeros aprecien demasiado mi depurado autoodi y mi cabal constitucionalismo.
Tendrás que seguir penando, me dije, hasta que esta semana se me ha encendido la bombilla: seré verificador. Pero no verificador de boberías de medio pelo, sino de acontecimientos impactantes como el terrorismo, que siempre transpira cierta épica. Quiero ser certificador de entregas de armas, con posibilidades de negociar algún atractivo cese de hostilidades, se trate de ETA, del sanchismo vs susanismo o de Luis Enrique contra el mundo.
Otra ventaja es que se trata de una labor muy bien remunerada y que, al realizarse en múltiples ocasiones, permite recaudar de forma prolongada. Porque ya he perdido la cuenta de cuántos desarmes ha anunciado ETA. Y los que quedan, pues en esta ocasión sólo ha entregado un tercio de su arsenal. Estamos ante una generosa donación de material bélico, un bello gesto ¡además reiterado! La cortesía es incontestable.


Vamos, que ser verificador se antoja un trabajo ideal. Y poco estresante. De hecho, no hay que hacer nada, sólo comprobar que otros hayan realizado lo suyo. Siguiendo el Manikkalingam style, bastaría con teñirse un poco la piel, raparse el cráneo y adoptar un cacofónico apellido ceilanés. Y a cobrar. Un jugoso dolce far niente con pedigrí buenrollista, además de benefactor de ancestrales causas tribales, y eso nunca está de más cuando uno viene de determinados vapuleos, demandas incluidas.
Tampoco parece que las compañías a frecuentar, los propios etarras, sean tan mala gente como aseguran algunos resentidos. Si un pederasta o un asesino de menores, como Miguel Ricart (condenado en el caso de las niñas de Alcàsser), ha tenido que esconderse en el agujero más profundo tras salir de la cárcel, pues su delito carecía de coartada ideológica, no sucede lo mismo con los ex-presos de ETA, que lucen orgullosos a la luz del día y son fogosamente agasajados por decenas de miles de amigos. Yo en la vida tendré tantos amigos como Inés del Río o Josu Zabarte, el carnicero de Mondragón, así que como verificador me conviene andar cerca de sus pasos, a ver si se me pega algo de ese don de gentes que les caracteriza.
Además, si se fijan un poco esto del crimen en masa tampoco es tan feo como lo pintan. Zabarte ejecutó a 17 personas, y por ello ha pasado 30 años en la cárcel. Poco más de un año por fiambre. La Del Río a 24; también 30 años. Valoremos en su justa medida la enorme generosidad de su comportamiento, porque, puestos a cumplir la misma pena, podrían haber liquidado a 50 o a 100, incluso a 200. Pero no lo hicieron, ni mucho menos. Porque son virtuosos artesanos de la paz. Es de justicia aplaudir su majestuosa mesura, su infinita moderación.

lunes, 10 de abril de 2017

LA CAÍDA


 (versión ampliada de la disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

     Albert Camus trazó en su obra un camino moral que han transitado después muchos otros: el paso que va del célebre El extranjero (1942) al menos leído La caída (1956). Al inicio de esa trayectoria, aseguraba Camus que no llorar en el funeral de la madre puede acarrearle a uno la condena a muerte. Olvidando un pequeño detalle: la condena a Meursault es ocasionada por el asesinato de una persona. Pero, en su empeño por condenar a los jueces (condenar a los condenadores) y deslegitimar su función, escenificaba un implícito doble juego, “una forma más compleja de fariseísmo” (René Girard).
Más perspicaz que El extranjero es La caída, donde dio un salto categorial con un personaje más complejo, el exitoso abogado Jean Baptiste Clamence, entregado defensor de “los de abajo” frente al poder ilegítimo. Ahí ya autocrítico con la figura del pontífice laico que se consagra a la liquidación sistemática de todo lo relacionado con la autoridad (que sería una figura de la alteridad, la otredad excluida, aunque sea discursivamente), y en consecuencia se abstiene de fiscalizar sus propios actos e intenciones, Camus presenta la historia de un impostor que, en su declive, y tras rememorar el suicidio de una chica en el Sena, hace examen de conciencia y desvela así una naturaleza menos amable: su interesada superioridad moral y su simplificador absolutismo. Tras su viraje, Clamence descubre que detestaba a los magistrados porque los veía como usurpadores: sólo él merecía ser el verdadero Juez Supremo.
Con esta historia que reflejaba su propia evolución personal, Camus pone sobre la mesa la paradoja del que prospera en el establishment satanizándolo hasta el tuétano, pues más que acarrearle graves riesgos personales al rebelde principalmente lo propulsa hacia el éxito social. No sucede siempre, pero sí que es una tendencia bastante generalizada. Como detalle curioso, al parecer fue Juan Carlos Onetti el que le sugirió el meollo de la historia en una carta que le remitió.
La mayor parte de nuestra vida se basa en automatismos. Inercias físicas (cuando uno va paseando por la calle, no se dedica a pensar cómo articula su zancada, qué pie va delante del otro. Y si lo hace, se frena, se detiene la acción o, al menos, pierde agilidad) y también mentales. Estamos programados, en pro de nuestro bienestar psicológico, para ser espejos de tópicos, fábricas de lugares comunes, vientres de homogeneidad. Pero el hábito mengua el aprendizaje producido por el contraste con lo real. Una autofiscalización honrada es imprescindible, como diría el recientemente fallecido Salvador Pániker, para dejar de ser un títere y convertirse en un ente concreto.
Pero no todas las caídas suponen un descenso del caballo, un replanteamiento lúcido y desinteresado. Al permanecer más apegados a una dimensión de creencia que de experiencia, muchas veces sucede que la caída, en su crispación, blinda todavía más el esquema paranoico, la clausura sobre lo propio, la prolongación del victimismo. Los Camus no abundan.

lunes, 3 de abril de 2017

QUINTACOLUMNISTAS INESPERADOS


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

La política española es lo menos meritocrático que podamos imaginar. Ya sabemos que ahí no prosperan los mejores, pero además resulta que los éxitos casi siempre se deben a errores del rival. Viendo la incompetencia existente, lo habitual cuando uno se arriesga y toma decisiones es que la pifie. Será por eso que el Pacte estaba tan ilusionado con la victoria en el congreso del PP balear de un Bauzá al que deben esta legislatura y al que viciosamente le encomendaban cuatro años más. Pero no podrá ser, gatillazo total. En consecuencia, tras el desencanto por el desenlace se están aplicando un seppuku épico para llevar en volandas, y antes de tiempo, a Company hasta la jefatura del Govern. Sin un Danilo enfrente que se encargue de los autogoles, no tienen recorrido.
Por eso cuando uno ve que su rival no es más que la proyección de uno mismo, su doble exacto, como pasó con el Tripartito en Cataluña respecto a CiU, la situación se entrega al delirio más imaginario posible. De ahí el estado parapsicológico que ha adquirido el Prusés. Llevamos años con la invocada independencia acercándose a tierras catalanas, arrimándose, planeando… pero no hay manera de verla aterrizar. Al final, el catalanismo se ha convertido en una rama de los Adventistas del Séptimo Día, pues en ambos casos el mesiánicamente ansiado día D nunca se decide a acontecer, se prorroga ad aeternum. Es lo que decía antes sobre apostarlo todo a los errores del enemigo: Puigdemont sólo quiere amagar y amagar, con la esperanza de que el Estado cometa un exceso, aunque sea por un instante, para justificar el golpe de mano a toro pasado, invirtiendo la ley de la causalidad.
Volviendo al Pacte, quiero dejar constancia de mi admiración absoluta por el gurú Garau, ese Rasputín pesemero que tenía abducido a Biel Barceló. Engatusar a 20.000 bípedos con derecho a voto para que confíen en Més creyéndose su ridículo disfraz de lagarterana ex-soberanista, y dos años después con exuberante bipolaridad cargarse el Pacte en esta operación de millonario asalto a las arcas públicas sólo puede ser protagonizado por un tipo cuya genialidad escapa a todo control. Si lo justo es que Bauzá sea condecorado por un Pacte que se lo debe todo, Jaume Garau merece ser canonizado lo antes posible en los altares populares.
Al menos ha quedado bien enterrado el cuento de la pureza de Més, su complejo de superioridad moral. En el fondo, detestan gobernar. Demasiada responsabilidad para nuestros kamikazes cuatribarrados. Adolescentes vocacionales que prefieren arraigar en el gimoteo victimista, se mueren de ganas por regresar a la oposición cuanto antes. No han esperado ni a la mitad de la legislatura para incinerarse.

lunes, 27 de marzo de 2017

DÉJÀ VU


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

No oigo bramar estos días al coro de plañideras que en otoño denunciaba una especie de apocalipsis por el retraso de la hora. Qué matraca nos dieron sus finas eminencias. Pero les recuerdo que el horario artificial introducido por supuestos motivos energéticos en 1974 por la UE comenzó ayer y acaba a finales de octubre. No es la anomalía, como acostumbran a lamentar torticeramente, el horario invernal, el usual, de octubre a marzo (que fue de septiembre a marzo hasta 1996).
En su confuso auxilio han contado con la inestimable colaboración de gran parte de la prensa, tan rigurosa como acostumbra, y de todos los insignes partidos del Club de la Comedia de las Cariátides, también conocido como Parlament balear, que nos quieren endilgar el huso de Moscú. Algunos de ellos en abierta contradicción con sus superiores en Madrid, que defienden el regreso a Greenwich, como nos toca por posición geográfica. Ojos para no ver, oídos para no escuchar e información para desinformarse, no hemos cambiado mucho desde esos tiempos evangélicos de los sepulcros blanqueados.
Igual sucede con la ya mundialmente célebre pelea de padres en Alaró. Qué sorpresa, ¿no? Si algunos descubrieron con el asunto del ‘mamading’ que en Punta Ballena no se reúnen los hooligans para leer a Proust y remojar magdalenas en delicadas tazas de té, ahora va a resultar que no sabíamos cómo se las gasta el personal en los patatales futbolísticos de la isla. Especialmente en Alaró, punto negro del fútbol mallorquín desde hace mucho tiempo, y donde hace pocas semanas ya se la armaron al Andratx. Entre otras anécdotas, unas más cafres que otras, contaré que a un primo de mi padre, árbitro de Tercera hace más de 20 años, lo retiraron en ese mismo terreno de juego tras ser lapidado por los cordiales aficionados locales. Tras unos días simulando un poco de fair play, ahora le endosan la culpa al árbitro y a los padres del Collerense. Y convierten al delegado alaroner, que al parecer embistió al colegiado y no quiso llamar a la Guardia Civil cuando tocaba, en todo un Mahatma Ghandi.
Somos hijos putativos del capitán Renault en Casablanca: “¡Qué escándalo, aquí se juega!”. Por eso también nos indigna que alguien sugiera la existencia de corrupción en ese mundillo del balón esférico. ¡Vade retro! En una sociedad tan aseada como la nuestra, algo como el fútbol, que mueve tantísimo dinero, sectarios intereses políticos e inflamados orgullos regionales, es ontológicamente imposible que genere manipulaciones o chanchullos. Si el rugby, por ejemplo, en su lúcida mecánica permite drenar las pasiones y sublimar la hostilidad, el fútbol se decanta justo por lo contrario: multiplicar la gresca y el cinismo.

lunes, 20 de marzo de 2017

DESEO DE ENTROPÍA


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Durante un tiempo ostentó cierto éxito en las ciencias sociales un concepto procedente de la física: la entropía, el segundo principio de la termodinámica. Es decir, el desequilibrio que se produce dentro de un sistema, su dinámica hacia el desorden, la búsqueda de un nuevo orden que se impone reseteando. La entropía es irreversible en sistemas aislados, pero podría controlarse en ámbitos de mayor apertura.
Sin embargo, nuestra entropía no es tanto material (ya me referí a la razonable salud de los datos de nuestra realidad) como mental. Es el nuestro un desorden psicológico, interior, buscado. Demasiadas veces confiamos en la legitimidad objetiva de los conflictos, cuando la mayoría son artificiales, generados por nuestros caprichos e inconsistencias. Y ahora, ante la falta de un apocalipsis inmediato que nos encare, lo invocamos con fanática insistencia, manipulando datos, acorazando identidades, generando desde los medios y la política estados adulterados de psicosis. Parece como si una mayoría se hubiera apuntado al “cuanto peor, mejor” leninista, metiendo toda la metralla posible en la caldera, con la esperanza de que estalle de una vez.
Hace poco en el Observatorio Astronómico de Costitx asistí a una sesión sobre asteroides. Todos los asistentes coincidíamos en algo: nuestro interés mórbido por una posible catástrofe, en este caso el impacto terrestre de un objeto estelar que eluda los controles. El ocurrente director del centro, Salvador Sánchez, nos tuvo que reconvenir con sorna: “¡Qué ganas tenéis de que pase un cataclismo!”.
Por si nos falla el amado meteorito destructor, o una buena tormenta solar, vamos adelantando la tarea demoledora desde dentro. En general, cualquier cosa nos sirve para la trinchera: un autobús, un carnaval, reinas magas, el día del padre, misas, etc. Somos geniales hormiguitas de la beligerancia, aprovechamos cualquier miga para la combustión de la pira sacrificial que la mayoría cobija en su mente.
Esta tendencia nos dirige a la simplificación, trágica pero no insospechada, que caracteriza una ansiedad por la incertidumbre de lo plural que nos satura. El sistema es complejo, los individuos ya no tanto. Si los antiguos griegos partían del colectivo para conquistar la individualidad, nosotros seguimos el camino contrario: buscamos afanosamente el calor anestesiante del grupo, el consuelo estéril de la indiferenciación.
Pero lo complejo no es una suma de elementos simples, sino que maneja otra lógica. No hay recetas seguras hacia redenciones o liberaciones, porque esos espejismos son de naturaleza entrópica, anhelan dogmas, un punto de fijación, un inmovilismo perpetuo. El hecho de que nuestro mundo occidental haya tolerado como ningún otro el desorden y la confusión, sin necesidad de renacer de cero, hace que el desafío en pro de la entropía vaya subiendo insensatamente su apuesta.

lunes, 13 de marzo de 2017

MARCA DE FANGO

(disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

El gran Joseph Brodsky escribió un libro precioso dedicado a Venecia, ciudad fetiche que él prefería visitar en invierno. Se titula Marca de agua, y deberían dejar todo lo que están haciendo ahora mismo para leerlo. Sin embargo, Brodsky no habría sido el escritor más adecuado para dar salida literaria al retrato que de Mallorca está ofreciendo el auto del caso Cursach. Mejor sicilianos como Camilleri y Sciascia, o el americano Jim Thompson. Nuestra perturbadora marca de fango autóctona lo merece.
Ahora que al fin se ha roto la omertà, hay ganas de escribir sobre Cursach y sus operaciones. Algunos medios, transmutados esta última semana en paladines de la decencia, llevaron el silencio tan a rajatabla que ni las delatadoras iniciales del implicado publicaban en su momento. Igual que el engaño del asunto Nadia se prolongó durante 8 años, lo insólito del caso Cursach no son tanto los delitos en sí sino que se dilataran con impunidad olímpica por espacio de tres décadas. El “preferiría no hacerlo” del Bartleby de Melville ejemplifica la actitud que han adoptado tantos años políticos, jueces y prensa, con la honrosa excepción de El MUNDO y el magistrado Penalva. Mejor esperar a que se pringuen otros, que luego los espabilados se sumarán con entusiasmo una vez que haya cedido el dique. Como casi siempre en Mallorca, el cinismo oportunista gana por goleada a la ingenuidad.
Eso sí, recordemos que Penalva no ha levantado aún el secreto de sumario. Es otra de nuestras anomalías. Si con Cursach desmelenado no se publicaba nada, ahora todos desmenuzan un sumario que supuestamente no es público, cuando se puede estar perjudicando a muchas personas: los testigos protegidos cuya identidad queda al descubierto, y también gente acusada por testimonios endebles que podría no ser responsable de nada punible. Pero las tenazas son más atractivas que el bisturí.
Ahora todos somos anticursaquistas y vituperamos sus males. Hasta el punto de que no me extrañaría que el propio Cursach se sacara de la manga un supuesto jefe superior, en la línea de El jefe de todo esto de Lars von Trier, y le endilgue las culpas. Un único culpable siempre consuela psicológica y moralmente. Muchos que ahora dicen, escandalizados, “¿cómo no se hizo nada mientras todo esto sucedía?”, son los que prefieren que se pase página con los desmanes de Sa Nostra, momento estelar que transforma el “no es no” en beso lúbrico que sella la podredumbre bipartidista.

A ver si se cumple el deseo de Esteban Urreiztieta, que hago mío fervorosamente, de que aparezcan las listas de periodistas que congeniaron con el universo Cursach. Caiga quien caiga. La marca de fango todavía puede subir mucho más, permanezcamos atentos.

lunes, 6 de marzo de 2017

DIARIO DEL SUBSUELO


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Lunes. Cena con grandes amigos filósofos, comulgando con los brebajes de un vistoso alcohoaltar de Santa Catalina, tras saquear viandas orientales. Pocas cosas que celebrar, pero basta y sobra con el prodigio de la amistad, algo enigmático y extraño, única asignatura en la que no he fracasado en mi vida.
Martes. Més sigue siendo fiel a sí mismo, presumiendo de granítica coherencia. En el Parlament presentan una encendida defensa de la libertad de expresión, a cuenta del caso Valtonyc. Quedan con justicia excluidos de esta apelación a la parresía personajes siniestros como un servidor, para cuya boca los pesemeros pedían en septiembre la mordaza de su nueva ley LGTBI. Lo mío era mucho menor que lo del rapero, pero mi infecta naturaleza me sentencia a priori. Bien está.
Miércoles. El Día de Baleares, ¡todos a cubierto, la identidad acecha! No queda más remedio que convivir con las identidades colectivas, pero no sé si es buena idea eso de hacerles homenajes. Aunque la identidad balear tiene algo que la hace especial: nadie se la cree. Pero también en estos casos espectrales sigue vivo el culto alienante a la autoctonía, la tierra baldía que sólo deja “imágenes rotas donde el sol golpea” (Eliot).
Jueves. Síntoma del cachondeo de nuestros tiempos, la poco democrática Cámara de los Lores le da una lección de fair play, inteligencia y dignidad a la supuestamente democrática Cámara de los Comunes. Los Lores al final podrían ser el último dique del saludable elitismo británico, ahora que los hooligans han asaltado los cielos y consolidan disparates irreversibles, demostrando que los plebiscitos no solucionan los problemas sino que incluso los agravan.
Viernes. Días después de su inimaginable detención (tengo que escribirlo dos veces para creerlo: ¡Detención!), Cursach entra en la cárcel. Quién sabe si al final tendremos que redefinir nuestro lema “islas de corruptos” en favor de un “islas de fiscales y jueces que trincan a los corruptos”. No me acabo de fiar de que esto acabe bien, pero ahí tenemos el milagro de retener ya casi 4 años a Munar en la jaula. Como Planas Bennásar, nunca he pisado Territorio Cursach. Ligero consuelo de habitar el subsuelo: no contribuyes ni con medio euro al triunfo de lo que Cursach representa.
Sábado. La raza de los titanes antisistema ya no es lo que fue. El fiero Valtonyc que desea liquidar a alguien para justificar su pena judicial tiene sus cuartos, además de una hipoteca (¡con sólo 23 años!), nada menos que en el Deutsche Bank, el epicentro neurálgico del statu quo. Juraría que en el Manual del Buen Revolucionario a estas actividades no se las llamaba revolucionarias sino pequeñoburguesas. Pero seguramente me equivoco.

jueves, 2 de marzo de 2017

TIPOS DE SUICIDIOS


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Decía Camus que el único problema en verdad serio es el suicidio. En parte por lo que supone de autocrítica llevada al extremo, pues los fanáticos no se matan. Sólo los yihadistas, pero si antes se llevan por delante al mayor número posible de individuos. En Baleares se suicidaron 93 personas en 2015, según los últimos datos publicados, y 3.602 en toda España. Piénsenlo: de media, cada día se suicida una decena. Así a pelo parecen muchos, ¿verdad? Pues realmente son pocos si los comparamos con otros países europeos, ya que estamos bastante por debajo de la media de nuestro entorno.
También se produce este equívoco en el caso de los asesinatos de mujeres a manos de sus parejas o ex-parejas. Es cierto que 2017 ha comenzado fatal en este sentido, pero la prensa apenas ha recordado que el pasado 2016 padecimos las cifras más bajas en una década. Más aún, y en eso también el silencio de los medios es notorio, resulta que no somos el peor país de Europa en este tema, como podría parecer, sino que incluso estamos entre los que soportan menos asesinatos de mujeres. Nos superan con creces Alemania, Francia, Italia o Reino Unido. No es un consuelo, obviamente, pero contextualiza nuestra verdadera situación.
Y hablando de suicidios, no quisiera dejar de lado las denodadas tentativas autolíticas del PSOE nacional y el PP balear. En ambos casos tenemos a un walking dead que regresa al circuito para vengarse de sus verdugos, y un enfrentamiento desprovisto de ideas pero que revigoriza el gen cainita que nos caracteriza.
En el PSOE en concreto está pasando lo peor que podía sucederles. Tras el terrible pero divertidísimo aquelarre de Ferraz en octubre, lo que no debía producirse de ninguna manera es que se presentaran a las primarias el fracasado Sánchez y la quemada Susana Díaz. Pero justamente es eso lo que está sucediendo, en una dinámica de combate que llegará a ser tan brutal, cuando se acerque el día de las votaciones, que gane quien gane el partido quedará roto en dos. O al menos muy tocado de cara a unas nuevas elecciones, que el artero Rajoy podría convocar poco después del colapso de su rival.
Lo de los psocialistas fascina como cuando ves embobado el derrumbe con dinamita de un edificio. Desde que llegó ZP, no han dejado de tomar las decisiones más autodestructivas posibles, salvo algún puntual acierto. Y en esa línea promocionando a lo peor que tenían en plantilla, en una selección infalible de mediocridades que no podía depararles un futuro saludable. Esperemos que el suyo no sea un “suicidio ampliado” y se lleven con ellos al país entero.

lunes, 27 de febrero de 2017

TRAFICANTES DE MALESTAR


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Hoy en día, presos de la esquizofrenia que lleva desde los medios y los partidos a sepultar mejoras objetivas, generándose la extraviada percepción social de que vivimos peor que nunca y vamos directos hacia la catástrofe, lo mejor es encerrarse el mayor número posible de horas al día en una acogedora torre de marfil. Pero no tanto para olvidarse del mundo como para entenderlo mejor.
Si hace poco les recomendaba La democracia sentimental de Arias Maldonado, no quiero olvidarme de la minuciosa trilogía sobre el comunismo, Los enemigos del comercio, recién finiquitada por el gran Antonio Escohotado. Aunque hoy hablaré principalmente de otro magnífico filósofo español, José Luis Pardo, que nos ha regalado un Estudios del malestar que desentraña fenómenos fundamentales de nuestra realidad actual.
Todo el mundo entiende las corruptelas del partido en el poder, o los tratos de favor a ex-jugadores de balonmano blaugrana y pícaros mahoneses (cuyo origen nunca se especifica en los medios de Baleares), pero son más difíciles de describir ardores como los de la entrañable panda de Més, al parecer un colectivo dadá, sentenciando campanudamente que aplicar la legalidad democrática implica “judicializar la política” y, ojo al dato, “vulnerar los principios democráticos”. ¿Nos estará animando el finísimo jurista David Abril a que, para ser verdaderos demócratas en Baleares, nos pasemos por la entrepierna las leyes del Pacte? Quién sabe qué se cuece en el interior de mentes tan evolucionadas. Si dejamos fuera de foco por un momento a la siempre útil psiquiatría, sobre todo en una era tan paranoica como la actual, la filosofía de Pardo puede ayudarnos bastante.
Orbitamos alrededor del malestar y la autenticidad. Entendiendo malestar como aquello que los más interesados (“conflictivistas”, abonados al antagonismo persistente) cultivan y exportan, pero ofreciéndose después para su superación, cual enémisa reencarnación de la figura del bombero pirómano. Teniendo en cuenta que la solución siempre vendrá, barriendo para casa, de una vuelta a la supuesta autenticidad, aquel estado originario que no hace buenas migas con los complejos inventos de la civilización, esos mecanismos que nos alejan de nuestra esencia elemental, la que elude todo refinamiento en beneficio del pendular duelo entre “amiguetes y enemiguetes” (Sánchez Ferlosio).
De ahí parten los caminos de ruptura con lo general, el pretender que lo nuestro, como pueblo sagrado, está por encima de consensos y mayorías. Lo unilateral como atributo de esa autenticidad que se salta la ley si conviene, pero que la aplica sin clemencia cuando es preciso. Y es que el principal problema del sectarismo, como recuerda Pardo, es su incapacidad para expresarse en términos universales. Sus normas no pueden generalizarse porque conllevarían un generoso ámbito de igualdad que no están dispuestos a tolerar.

lunes, 20 de febrero de 2017

REBAJAS JUDICIALES


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Poco que añadir al espectáculo de Nóos, ya sólo quedan los despojos. Ninguna sentencia judicial tiene como fin contentar a los ciudadanos, pero sin duda estamos ante una resolución bastante amable con los acusados. Sobre todo con uno de ellos, que además de ni pagar costas se ha visto claramente favorecid@ por elásticas decisiones de Hacienda, ya saben, la apisonadora de Montoro que flagela al común de los mortales pero que en ocasiones especiales como ésta se convierte en exquisito balneario que incluye masajes, jacuzzi y otros servicios igual de estimulantes.
Parece que vivimos un momento de especial flexibilidad judicial en Baleares (no en Valencia). Ahí está el caso, menos mediático, de El Prestamista, al que le acaba de salir gratis (de 19 años que se pedían, a una multita) extorsionar, secuestrar y demás entrañables ocurrencias. Mejor que siga libre, ¿no?, todo sea para que no decaiga la fiesta.
Visto así, si están pensando en delinquir mejor háganlo ahora mismo, no lo aplacen. Sus señorías están especialmente empáticas, y sería de torpes no aprovechar. Sobre todo con la fabulosa oferta del 2x1 que supone tener como fiscal a Pedro Horrach, porque se contará entonces con ¡dos abogados defensores por el precio de uno! La pega es que en breve deja el cargo mi insustituible tocayo, con el que, lo reitero, no me une el más mínimo parentesco.
Luego está lo de su señoría Balti. De todo lo comentado, que ha sido mucho, me quedo con el voluble modus operandi de los de Jarabo: el mismo hecho (defender el convenio de Bachiller) que acabó en la defenestración, con satanización añadida, de Seijas y Huertas, ha aupado al escuálido Picornell hasta convertirse en la segunda autoridad de las Baleares. ¿No habría sido mejor escoger a Morrás? Así al menos no se perdería peso político.
También está lo del atuendo, esos hábitos podemitas elegidos con tanto cuidado (tiene razón mi compañero y amigo Miró: sólo a ellos les importan estos detalles triviales), se supone que para humanizar las instituciones. Pero luego se descuelga Iglesias con un impecable esmoquin en la gala de los Goya. Dirán que los del cine son gente más respetable que los políticos, pero no lo tengo tan claro. Se habla poco del habitual fraude en las subvenciones que se manejan (ahí está lo denunciado, entre otros, por Tinieblas González. ¡Quién pillara ese nombre!). Y desde luego no saben contar, o nos toman por cretinos, cuando en lo que aportan a las arcas del Estado suman no sólo lo del cine patrio sino todo el internacional, pero como si fuera exclusivamente autóctono. Cuando en 2016 no se han abonado 23 millones, sino dilapidado 54.

lunes, 13 de febrero de 2017

SIENTO, LUEGO EXISTO


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Este mes el profesor Manuel Arias Maldonado presentó en Palma su minucioso y reflexivo ensayo La democracia sentimental. Una obra especialmente recomendable en épocas vampirizadas por la emotividad estéril. En el turno de preguntas, me animé a lanzar una de las cuestiones que más perplejo me dejan: ¿Cómo puede ser que en un contexto cada día más complejo, con conocimientos sobre la mesa que nos obligan a ser más sofisticados y sutiles que nunca, lo que proliferan son las simplificaciones tajantes, cuanto más burdas más efectivas? Las trivializaciones dogmáticas se han adueñado no ya de las motivaciones de la ciudadanía sino de los grandes centros de poder.
Soy consciente que no se trata de algo exclusivamente moderno, pues nos acompaña no sabría decir muy bien desde qué momento pero en cualquier caso es muy lejano. Es una desgracia que estando en el momento de la historia en que el conocimiento es menos costoso, manifestemos disparates tan orgullosos y atropellados. Que siendo la época con más información a mano, estemos tan sobradamente desinformados. Aunque obligados a la complejidad, gana terreno el asilvestramiento, hasta el punto de desear y promover decisiones irreversibles. Como el golpe de mano del Brexit, un caso crucial que se estudiará en los libros de texto.
A veces lo que nos mata es el éxito, o ciertas consecuencias del mismo. El caso es que los individuos no están al nivel de los grandes hallazgos que han sedimentado históricamente. Tal vez por la idea de que todo nos vendrá dado desde fuera, síntoma de que el principio de autonomía individual cotiza más a la baja que el pellejo de Errejón.
Una de las cosas más simplificadoras de nuestro debate social consiste en liquidar la política. O jibarizarla al máximo. Unos se consagran a la tarea, como es el caso del PP, anestesiándola, vaciándola de contenido, convertida en decisiones supuestamente mecánicas. Este enfriamiento del proceso es ideal para que luego uno pueda dedicarse tranquilamente a tareas más satisfactorias, como la rapiña. Ya sea a la manera legal de Montoro, o a la de su compadre Rato y los chicos de la Gürtel.
Otros son más divertidos, como Podemos. Estos salivan por una relación directa con las cosas que desde Kant, incluso desde Platón, sabemos que no es posible. De ahí su empeño pueril por manejar los asuntos sin mediaciones, distanciamientos o instituciones, inspirados en una suerte de dudosa idea de autenticidad. Por eso necesitan dictarnos cada paso de nuestras vidas. Como el Consell y su fatwa contra el día de San Valentín. El tripartito ha sancionado las “relaciones tóxicas”, y sin duda saben mucho del tema: su ponzoñoso ménage à troi es el mejor exponente de ello.

lunes, 6 de febrero de 2017

¡SE VAN A ENTERAR EN WASHINGTON!


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Por todos conocida es la reflexión de Marx “la historia se repite primero como tragedia y después como farsa”. Así, si en los años 70 se debía subir hasta Perpiñán para poder disfrutar del acogedor cine edificante, o simplemente interesante, hoy es preciso acercarse a Madrid para obtener el salvoconducto de catalán. Como publicaba hace unos días este periódico, el Institut Ramón Llull de nuestra Capital City da más facilidades (menos dureza y sólo un día de pruebas) a las sufridas víctimas de nuestra excelentísima, más en tortura china que en otra cosa, Direcció General de Política Lingüística. Se repite el panorama de nuestro también egregio departamento de catalán, el más berroqueño de todas las tierras de esta lengua. Qué suerte tenemos…
Eso sí, los exámenes en Madrid salen algo más caros, a lo que se debe sumar el billete de avión. Lo más interesante, que no sorprendente, es que en la capital sean más tolerantes con las modalidades insulares. Aquí seguimos desterrando, basta escuchar IB3, el léxico balear en beneficio de la monolítica uniformidad.
Claro, estos títulos son muy preciados para desenvolverse en ciertos ámbitos de nuestra valleinclanesca realidad. Catalan first! Por ejemplo, para asuntos esenciales como la cartelería de las playas de Palma, y para que los socorristas se comuniquen, megafonía incluida, con alemanes e ingleses en tanga, entonando las delicadezas del Blanquerna de Ramon Llull. O con materiales más expeditivos y despiadados, como las glosas de Mateu Xurí, puro fist-fucking mental. Ahora ya sí sabemos en qué consisten las intimidantes medidas del tripartito para vaciar nuestras playas lo antes posible. Turismo sostenible.
Pero ante tanto caviar informativo esta semana se lleva la guinda una delicatessen excelsa: Més quiere que Cort declare a un tal Trump, no sé si les suena, persona non grata. El caso es que, como recordaba mi compañero Aguiló Obrador el pasado viernes, Més agasajó hace poco en el Consell a un ultraderechista alemán contrario a la llegada de refugiados. Debía ser que Herr Schachtschneider habla catalán (estándard, por supuesto) o que es “máxima autoridad” (pónganse en pie) europea en divorcios kosovares. Yo no les exigiría demasiada coherencia a los Carrió, Ensenyat o Abril, basta ver lo que se esconde (conciertos económicos, independencias unilaterales) bajo su tan manida invocación a la igualdad.
Regresemos a Trump. Este pesemero brindis al sol, cuyo único fin práctico es reunir a una tribu que se ha ido desvertebrando últimamente, no significa otra cosa que un tierno homenaje al falangista Juan Aparicio, que fue director del franquista Arriba. De él se cuenta que, al escribir sus encendidos artículos contra el Kremlin, declaraba exaltadamente a los presentes: “¡Se van a enterar en Moscú!”.

lunes, 30 de enero de 2017

RESILIENCIA DE AUSCHWITZ


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Cada 27 de enero, fecha de la liberación de Auschwitz en 1945, se conmemora mundialmente a las víctimas del Holocausto. A principios de siglo, cuando comencé a pensar en el contenido de mi tesis doctoral, la Shoah era el tema más acuciante y atractivo. Pero en seguida me di cuenta de que estaba demasiado verde para abordarlo, por eso lo aplacé. Las teorías de René Girard, que fue finalmente el elegido, me sirvieron para entender mejor el proceder del nazismo. Así, llamé ‘pathos identitario’ a la pulsión que nos arrastra a ser yo excluyendo toda otredad, asumiendo una idea antagónica de la identidad, ya sea individual o colectiva. La identidad es inevitable, necesitamos darle sentido al mundo para sobrevivir. Pero este proceso de configuración de lo propio suele salirse de madre con bastante facilidad, y el nazismo impuso una manera de ser alemán bestialmente unívoca. Cultivó la cohesión colectiva hasta extremos poco conocidos, depurando todo lo que se diferenciaba de ese Volk ario. Y, en su resentimiento descomunal, sobre todo quiso aniquilar todo lo judío. Estuvo a punto de hacerlo.
El pasado miércoles se proyectó en Palma un recomendable documental sobre el superviviente judeoalemán Siegfried Meir: Después de la niebla, de Luis Ortas. Meir publicó hace unos meses su autobiografía, Mi resiliencia, que también aconsejo. Si mucha gente que ha sobrevivido a puntuales atentados terroristas nunca acabará de recuperarse de esa traumática experiencia, imaginemos lo que supone superar Auschwitz: estar meses, años, en el Infierno, sometidos hasta lo más bajo. No, no somos capaces de imaginarlo.
Meir lleva 50 años viviendo en Ibiza, “único lugar en el que nunca me he sentido extranjero”, y donde ha renacido. Varias veces. Lo que fue Auschwitz, y los otros cinco campos de exterminio, apenas puede expresarse. “¿Cómo decir que la diarrea del que agoniza se derrama sobre el que duerme debajo?”, escribe el psiquiatra Boris Cyrulnik en el prólogo al libro. Como otros supervivientes, Meir ha contado su experiencia en escuelas. Hasta un niño entiende a la primera que la apología explícita de la crueldad puede generar millones de muertes, pero cuesta más explicar, y no sólo a los chavales, que también se pueden apilar tantas montañas de cadáveres, o incluso más, desde la defensa de la bondad e igualdad universal, como ejemplifica el otro totalitarismo del siglo XXI: el comunismo.
Quién sabe si la única manera de sobreponerse a Auschwitz, ese proyecto ultra-identitario, la clausura despiadamente excluyente sobre lo propio, consiste en trocear el yo, multiplicar las personas que nos habitan, ser una plétora de heterónimos pessoanos. Por eso Siegfried Meir tuvo que ser también Luis Navazo, Jean Siegfried o Bacharach para no matarse. Jaume Sisa, otro adicto a la heterogeneidad, resolvió: “Yo no sé quién soy… ¡Ni me importa!”.

lunes, 23 de enero de 2017

PATAFÍSICA LEGAL Y MORAL


(disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

 Luego dirán que en Mallorca no se mima la cultura, cuando acabamos de celebrar un sostenido y enfático homenaje a la liquidez del difunto Zygmunt Bauman, el Gran Diluvio que convertirá lo que nos quede de vida en una actividad exclusivamente acuosa.
Estamos instalados en la bipolaridad. En cuanto al tiempo meteorológico, en el cual pasamos en semanas de la sequía al desbordamiento de los embalses. Pero también hay esquizofrenia política. De todos los colores, pero el que rompe baremos últimamente es Podem. A la par que se cierran carreteras en Mallorca, se clausuran comunicaciones intrapodemitas. Los cuarteles morados, inundados. Y el votante, enclaustrado lejos de la intemperie.
Precisamente nos acaba de visitar Echenique. El que pagaba en negro a su auxiliar personal ha emulado a Philip K. Dick, impartiéndonos un fascinante simposio sobre precrimen, amparando depuraciones preventivas “antes de que se cometiesen los ilícitos” para el caso de Seijas y Huertas.
Luego está el parlanchín Ribot y sus compinches “tontos y vagos” que ponen pegas a la contratación de una mujer si quería quedarse embarazada. ¿Cómo valorará este asunto su señoría Echenique? ¿Qué código manejará para su dictamen? ¿El Penal, el Civil, el ético-podemita o directamente el patafísico-dadaísta?
Esta pasada semana se produjo otra encarnación de nuestra neurosis que ve la paja en el ojo ajeno y descuida la viga del propio. Me refiero al ataque brutal de Marisol Ramírez contra un catedrático de la UIB. Todavía estoy esperando a que PSIB, Més, Podem o el presidente de Ben Amics digan algo al respecto, más que nada porque me lapidaron a mí hace unos meses por una minucia que escribí bastante menos punible que la barbaridad que publicó Ramírez.
La diputada Margalida Capellà, entre otros, exigió jactanciosamente que se estrenara en mis carnes la nueva Ley LGTBI, pero con su amiga Ramírez parece que es menos exigente. ¿Acaso estamos ante una ley que sólo es susceptible de aplicarse a los otros pero nunca a ‘los hunos’? De nuevo, la doble vara de medir que acaba con cualquier credibilidad si sólo se apela a una causa cuando ésta nos permite linchar a un rival, aunque luego los acusadores sean los primeros que se la pasen por el forro.
¿De verdad alguien todavía se cree que estos clérigos laicos defiendan a víctimas reales? Si leyeran a René Girard entenderían que en la sinuosa realidad del siglo XXI el mayor de los talibanes no tiene necesariamente que ser un ultraconservador, sino que puede dedicarse full-time a la cacería de adversarios enarbolando lemas progresistas y supuestamente inclusivos. Igual que el populismo, los inquisidores lucen tanto a la izquierda como a la derecha.
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