lunes, 26 de diciembre de 2016

EL BOLETO SAGRADO


  (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Llegan las fiestas de Navidad, y en mis alrededores no dejan de poner huevos. Digo, de parir bebés. Como los niños me gustan todavía menos que los gatos, que ya es decir, cuando alguien cercano me comunica, exultante de enigmática alegría, que va a ser padre/madre, lo primero que me viene a la cabeza es un misericordioso “te acompaño en el sentimiento”. Pero salvo casos puntuales de necesaria crueldad, no suelo expresar esta idea en voz alta. Más que nada porque no veo demasiado conveniente ofender a la poca gente que todavía me dirige la palabra.
Tengo una tía medio bruja que en cada cena de Navidad se monta un rollo parapsicológico con unas velas y unas tiras de tela. Soy el único de los Miralles que jamás ha querido recoger un trozo de estas tiras para acarrearlas todo el año en la cartera. Se supone que dan buena suerte. A mi familia materna no le ha ido nada mal estos años, la verdad. El caso es que este 2016 me apetecía quedármelas, porque ya no sé qué pensar sobre el maleficio que me circunda. Pero, ahora que me decido a estrenarme, este año no había... Habrá que seguir espectralmente envuelto en claves kafkianas: “Todo lo que toco se derrumba”.
Tampoco he jugado nunca a la lotería ni derivados. Tras una infancia en la que me chiflaba y una adolescencia y primera juventud en que me repugnaba, creo que ya estoy sintéticamente en paz con la Navidad. Sólo detesto el insufrible pifostio de la Nochevieja, y me sigue llamando la atención el ritual lotero. Julio Camba decía que nuestra pasión generalizada por los sorteos tiene mucho que ver con el catolicismo que de alguna manera nos sigue explicando. Al contrario que los protestantes, no entendemos nuestro futuro como algo que exija trabajarse día a día, sino como el épico fiestorro que nos pegaremos el día que el azar selle el boleto que ya llevamos bajo el brazo al nacer. Nuestro dios es la gracia (pecuniaria, no teológica) que sopla donde quiere y cuya retribución es más casual que meritoria.
Lo cierto es que no puedo sacar pecho sermoneador precisamente, ya que muy aplicado a la ética protestante del trabajo nunca he sido. Pero como tampoco me empacho de creencias, no concibo el don sagrado del numerito redentor. Seguramente la esperanza enturbie el cálculo, y si nos ponemos a sumar lo que cada uno se ha jugado en loterías y sorteos tal vez podría haber para pagar toda la deuda pública española. Al menos seguimos siendo el puto amo en consumo de cocaína y videojuegos. Que nos quiten lo bailao.

lunes, 19 de diciembre de 2016

ANORMALIZACIÓN LINGÜÍSTICA


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Se han cumplido 30 años de la Ley de Normalización Lingüística. Aprobada por unanimidad en el Parlament, esa coincidencia fue engañosa pues la sociedad no ha seguido el camino dictado por los políticos. Y eso porque la promoción del catalán no se ha hecho en sentido positivo sino crispadamente contra el castellano y las modalidades insulares, como armamento para una maximalista batalla política. Cuando algo requiere señalar y atacar chivos expiatorios al final acaba sometido al principio de acción-reacción.
Como indican los últimos datos, el porcentaje de hablantes va reculando. ¿Nadie ha pensado entre nuestras eminentísimas autoridades que eso se debe a la antipatía que genera la forma megaestandarizada y antagónica de aplicar el modelo de lengua? Josep Melià avisaba en 1992 que era un error usar el catalán para “fer patriotes” porque generaba rechazo y, en consecuencia, un retroceso en el uso de la lengua, como estamos viendo.
Ya en la época de la pre-autonomía, un Jeroni Albertí acomplejado al ser el castellano su lengua familiar entregó la cuestión lingüística en manos de intransigentes como Carod-Rovira, Bernat Joan o Aina Moll. Luego Cañellas consumó la rendición dejando el campo abierto para que una OCB liderada por el submarino pujolista Antoni Mir, apartado el culto y respetuoso Bartomeu Fiol, fuera aplicando el rodillo allá donde ponía la pata.
Uno de los grandes errores de Cañellas fue pensar que con esta ley (y otros gestos) el catalanismo se amansaría. Xisco Gilet, conseller del ramo en 1986, especificaba que unidad no implica uniformismo. Pero ingenuamente se dejó hacer a un nacionalismo que fue copando la educación y la administración para imponer un modelo de lengua, gobernara quien gobernara, que no tenía (ni tiene) seguimiento mayoritario por parte de la ciudadanía balear. De hecho, la Comisión Técnica de la ley quedó en manos de gente como Janer Manila o Joan Miralles.
La Fundació Jaume III, tan odiada como eficiente, lleva 3 años trabajando por una mayor identificación del hablante con su lengua materna. No se trata, como expelen ciertas víboras, de comulgar con castellanismos y formas coloquiales, sino de aplicar aquello que normativamente permite el DIEC95, aunque muchos se dediquen en cuerpo y alma a timar al ciudadano haciéndole creer que esos casos no son preceptivos.
La obsesión con este ultrafabrismo cerril, más ideológico que filológico, está provocando la deserción de los hablantes, hartos de ser reconvenidos sobre sus supuestos errores. El catalán, igual que el castellano, no tiene por qué someterse a un único estándar. Si en Argentina usan sin complejos un castellano que no es el de España, no se entiende que en Baleares no se pueda hacer lo mismo con las modalidades.

lunes, 12 de diciembre de 2016

LA GRAN ESTAFA


 (versión ampliada de la disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Enric Marco se hizo famoso recorriendo escuelas, medios de comunicación e incluso el Congreso de los Diputados, donde recreaba con efectivo detalle sus penalidades en el campo de concentración nazi de Flossenbürg. Durante años fue, como presidente de la Amical Mauthausen, el estandarte de las víctimas españolas de Hitler, un héroe de la dignidad. Luego el historiador Benito Bermejo descubrió que no había pisado nunca un campo, sino que incluso había estado en el puerto de Kiel ayudando a los alemanes como voluntario del franquismo.
Jean-Claude Romand fue durante 18 años investigador de la Organización Mundial de la Salud. Era un médico prestigioso que se codeaba con los vips del mundillo. Pero resultó no ser ni licenciado: no pasó de segundo de medicina. Había vivido todo ese tiempo saqueando las cuentas bancarias de todos sus allegados. Justo antes de que se descubriera el fraude, asesinó a su mujer, a sus hijos y también a sus padres. Sus tortuosas andanzas fueron retratadas por Emmanuel Carrère en el fascinante El adversario.
A diferencia de Romand, hombre insípido que se valió de su anonimato para perpetrar su restringida ficción, el pucelano Fernando Blanco ha escenificado su interpretación en la jeta de todo un país: en los platós de televisión, en los periódicos, en las radios, en las ferias (yo lo traté en la de Sencelles en 2010). Bajo el foco de manera permanente, camelando a un auditorio de 46 millones de asistentes. Coinciden Romand y Blanco en inventarse un cáncer como recurso in extremis para diluir cualquier exótica incredulidad.
Marco instaló su farsa en circunstancias de un pasado tremebundo y lejano que no era tan fácil poder constatar. Lo de Blanco es mucho más comprometedor para todo el periodismo español, incluidos algunos que ahora se pavonean por un acierto tras lustros de bochorno. Porque el ‘caso Nadia’ no empezó hace dos semanas con el calamitoso reportaje de Pedro Simón, sino que han sido 8 largos años donde ha fallado todo, básicamente la profesionalidad periodística, pero también la letal sensiblería, ese untuoso mandamiento del buenismo que es de obligada observancia a todas horas.
En nuestra época lo verdadero no se construye con argumentos aquilatados sino con emotividad cruda y victimismo. Tiene la razón, y por tanto mayor éxito social, aquel que consiga quedar como más víctima que el otro. Para esta operación es indispensable algún escudo humano en forma de niño, mejor si está enfermo, o de superviviente de una catástrofe natural o terrorista. Blanco ha demostrado ser un farsante muy habilidoso, o tal vez simplemente se ha beneficiado de los no sé si numerosos pero desde luego profundos puntos ciegos del periodismo. Tuvo que aparecer en escena el mayor desfacedor de entuertos de nuestra prensa, Josu Mezo (www.malaprensa.com), para que tantos años de farsa y memez comenzaran a desmoronarse.
Todos los medios, baleares y nacionales, han fallado estrepitosamente. Este es uno de los comatosos achaques generados por su metamorfosis en prensa rosa-amarilla, en la asunción devota de lo lacrimógeno como distorsionador precepto de su tarea. Extraviados en su afán normativo de decirle al mundo cómo tiene que ser y lo que debe pensar, elevando la trivialidad a la categoría de acontecimiento, triturando a una clase política que no es mejor pero tampoco peor, han olvidado cuál es su función antes que aleccionar y conmover: informar.

lunes, 5 de diciembre de 2016

FIDELANDIA


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Desolado me ha dejado la muerte de Fidel. Desde que una profesora del parvulario en La Soledad me arrebatara alevosamente una banderita del Real Mallorca que me había hecho mi padre no estaba tan afectado. Me gusta la gente perfeccionista, aquellos idealistas que son capaces de enhebrar filigranas minuciosas. Fidel era uno de ellos, un tipo exquisito y riguroso: prometió elecciones libres en 1959. Es cierto que hasta ahora no las pudo aplicar, pero sólo porque se consagró fulltime a engrasar el delicado mecanismo. Hay que hacerlo bien.
Lo admiro tanto que en homenaje a su memoria estos días he intentado imitar sus quilométricos discursos. No se trata de perorar horas de forma mecánica sino hacerlo con su intensidad imperial y hondo calado. Pero he fracasado: al poco rato tuve que abandonar, por laringitis. Mis cuerdas vocales quedaron en el intento más destruidas que Alepo tras un bombardeo ruso.
Por estos andurriales, los trasuntos de Fidel son fieles a sí mismos: ante la duda, suba los impuestos. El terrible neoliberalismo… La neolengua mediático-política asegura que se aumentan impuestos a tabaco y alcohol, pero ni cigarrillos ni licores pagan tasas: ¡Las pagas tú, pardal! No se tocan diputaciones, la plétora de ayuntamientos o las opacas fundaciones de los partidos. Mejor depuremos deleites, comparemos, como hace la OMS, a la carne roja con el plutonio. Cada día hacemos más contentos al Estado Islámico, asumiendo, aunque sea por afán recaudatorio, sus antediluvianos criterios de pureza. Da igual si somos imbéciles, pero al menos que sea una imbecilidad sana y limpia. Como decía Cansinos Assens sobre el fetichismo del políglota: ser tontos en siete idiomas.
Si en otros países emigran los menos preparados, aquí se va lo mejor y se quedan los peores al mando, que nos tienen como rehenes. Lo que de verdad perjudica nuestra maltrecha salud son ellos. Nos degradan sus teatrillos indigestos y sus discursos tumorales, su mediocridad absoluta y sectarismo profundo.
Mientras, Cort alcanza ya el estado de ciclogénesis política, no sólo por su burda gestión cultural. Parecen quintacolumnistas del PP poniendo las bases para la mayoría absoluta azul en 2019. Por su parte, Fina Santiago ha ido rebajando tanto los mínimos para recibir una ayuda social que en casa de los March fijo que también caerá algo estas fiestas. Y qué decir del grotesco lío de Podem, que ya parece una de esas reyertas etílicas a la puerta de un tugurio. Jarabo, cercado por los suyos, a lo mejor recuerda algo que le señalé en su momento en el plató de Canal 4: ganaste las primarias con sólo el 36 % de los votos. Tus rivales sumaban el 64 %.

lunes, 28 de noviembre de 2016

NOVIEMBRE Y LA MUERTE


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Se va muriendo el mes de los difuntos, la decadencia y la melancolía. Aunque late todavía la belleza extrema de los atardeceres otoñales. Siempre digo que seríamos una sociedad más digna y provechosa si noviembre, momento de gozo donde el chisporroteo postveraniego se apaga del todo, cuando la turba se deprime y en consecuencia calla un poco, permitendo así la epifanía de los misántropos, durara 50 o 60 días.
Aunque macabrólogo, no me chiflan los rituales del día 1, porque se trata de un tráfago vacío, automatismos que si para algo sirven, bajo una escenografía aparentemente funeraria, es para no pensar en la muerte. Mucho menos para pensar la muerte, éxtasis de la otredad. Se sigue el mismo patrón del que llora: al expulsar sus emociones, ya no padece; llora para no sufrir, se libera del sentir. Porque emotividad y sensibilidad no son sinónimos.
No espero a noviembre para promover el insistente debate entre mis sufridos allegados: ¿Preferís moriros de golpe o saber cuánto os queda? Me sigue pasmando que la inmensa mayoría se decante por fallecer súbitamente. Morirse sin saberlo, ese homenaje a la deserción, al espanto.
Hace poco mi cuñada me contaba el terrible caso de un ex-compañero de trabajo que falleció por un cáncer a los 40 años. Cuando dijo que hasta una semana antes del deceso el pobre hombre no supo que se moría, porque La Famiglia había decidido no informarle de la minucia, me escandalicé como pocas veces. Siempre me ha repugnado que los demás, sobre todo si son grupo organizado, decidan paternalistamente por uno mismo. Al parecer no hay que sufrir. No hay que vivir.
Siempre aplazamos cosas, sobre todo las más importantes. Ya habrá tiempo, calculamos. Pero saber que no te queda margen extrema el sentido de lo imprescindible, de lo que no son simples inversiones de futuro. Lo inmediato cobra así una urgencia máxima. A lo mejor muchos de los que prefieren el desconocimiento mortuorio no tienen nada que finiquitar, carecen de asuntos pendientes. Aunque se trate de pragmáticos temas personales, como el testamento, qué sé yo.
Gracias a que sabían que les quedaba poco, Bowie y Cohen nos han podido regalar dos discos sensacionales. Más el segundo que el primero. El propio Cohen tocaba la médula de la cuestión: “La condición que más nos eleva es la que más nos aniquila”. La cercanía de la muerte, o simplemente la idea de la misma, potencia el deseo vital.
Al fin y al cabo, no es tan trágico: ya hemos estado muertos antes. Durante 13.800 millones de años, antes de nuestra fugaz evasión del útero. “Piensa que de algún modo ya estás muerto” (Borges).

lunes, 21 de noviembre de 2016

REINO DE LA GRIETA


 (versión ampliada de la disección que aparece hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

El reino de la grieta podría ser España, pero es todo. Hablo de Leonard Norman Cohen, conocido como Jikan (el silencioso) en su vida de retiro zen en el monasterio Mount Baldy de California, donde residió varios años. Pero nunca abandonó el judaísmo. Nacido en Montreal el 12 del mes Tishri del año 5695 (calendario judío), falleció hace dos semanas, el 6 del mes Kheshvan, año 5777, y fue sepultado en el cementerio quebequés de Shaar Hashomayim.
Todo lo que ha sido Cohen, protagonista de diversas y sorprendentes reencarnaciones en su vida creativa, se vio refrendado, pocas semanas antes de su muerte, por un disco excelente. Asombroso si tenemos en cuenta que lo grabó a los 82 años, con un cuerpo destruido a punto de claudicar. Incluye una de las tres canciones publicadas este año, la misma You want it darker, que directamente han pasado a formar parte de mi Sancta Sanctorum musical. Las otras son The cloud of unknowing de Michael Gira (Swans) y Magneto de Nick Cave.
Más sombrío que nadie (“Un pesimista es alguien que espera que llueva, pero yo ya estoy empapado”), e inspirado en el profetismo de Isaías, al que estudiaba de niño con su abuelo rabino, Cohen nunca dejó que la gravedad sometiera al sentido del humor. Basta echar un vistazo a la portada del I’m your man (1988), en la que aparece comiéndose un plátano. Sobre ese equilibrio de extremos asentaba Cohen su modus vivendi: “Un traje negro te sirve para una fiesta y para un entierro”. En realidad lo veía todo semejante al hecho de pelar una cebolla, que carece de hueso o semilla, de modo que sólo nos quedan unas infinitas “capas de terrible angustia formando círculos alrededor de la nada”.
Sus versos más recordados, síntesis de su forma de ver el mundo, pertenecen a la canción Anthem (The future, 1992): “Hay una grieta en todas las cosas. Así es cómo entra la luz”, rememorando la brecha originaria de Hesíodo y Hölderlin, el Xáos que no es caos sino hendidura o escisión. Vivimos en “el Reino de la Grieta”, del desencanto, del fracaso. Todo proyecto se frustra; toda tentativa está condenada a descarrilar. Tratamos de suturar la herida primigenia, gracias a cuya hemorragia caótica somos, pero todo remedio es fútil, incluso contraproducente. Habitar la grieta como lo que es, de eso se trata. Disolver nuestro ego en la inevitable tragedia. Porque los otros caminos conducen a la catástrofe; cerrar la grieta es acabar con la vida. Como decía Alvy Singer en Annie Hall, la vida se divide exclusivamente entre lo horrible y lo miserable, siendo este último el estado normal y mayoritario.
Vivimos determinados por doctrinas estériles que responden más al pasado que a la actualidad. Vemos con los ojos de otros, ciegos que guían. Según Cohen, necesitaríamos una nueva visión, no aquella que nos ate a certezas consoladoras sino la que apunte a una poliédrica “nueva complejidad”, la que se sostiene en la perpetua interrogación. Un bregar que no espera una redentora una última palabra.
Pero sí, de alguna manera también España es el reino de la grieta, un terreno propicio para la demencia. Se trata en este caso de una grieta más generadora de opacidad que de luz, más pachanguera que originaria. Una brecha conceptual nos atraviesa, dándole la vuelta a todo: haciendo que la igualitaria izquierda defienda la desigualdad fiscal de los Conciertos económicos, que el liberalismo esté a favor de la redistribución de la riqueza, que se consideren abominablemente parciales la custodia compartida y el bilingüismo, que se pontifique sobre el proletariado como si estuviéramos en la época de Marx, que se acuse de centralismo a uno de los Estados menos centralistas del mundo, etc. En suma, que se impongan percepciones opuestas a lo que señalan los datos reales.
Una de las ideas más agrietadas que siguen teniendo resonancia pública se refiere a las monarquías. Esta semana a cuenta de Felipe VI, con el inicio de la legislatura en el Congreso, y el video de Adolfo Suárez. Al margen de que uno sea fan de la monarquía y los Bourbones (no es mi caso. Ni con esta Casa Real ni con el whisky, pues prefiero el escocés mil veces), hay dos puntos esenciales en este asunto: 1) Sí se votó la Corona, con la Constitución de 1978. De forma implícita, es cierto, pero la gran participación y el enorme respaldo le otorgan una legitimidad; 2) No se puede asociar necesariamente monarquía a democracia de segunda, y no digamos ya a dictadura. Porque, entonces: ¿Qué hacemos con las socialdemocracias nórdicas (cuatro de las cinco son monarquías: Dinamarca, Holanda, Noruega y Suecia), ejemplo mundial de sistemas igualitarios y prósperos?
Recapitulando, la grieta coheniana pluraliza lo real, lo vuelve (o desvela lo que ya es así) todo complejo, variable, incierto, ambiguo, confuso. Aplicar a ese sustrato una clave esencialista (orden, sentido, dogma) nos hará psíquicamente la vida más fácil (el fanatismo es un estado mental muy cómodo), pero nos desmantela a todos los niveles a medio y a largo plazo.

lunes, 14 de noviembre de 2016

DE ROUSSEAU A SADE


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

¿Cómo no hablar de Trump? Vivimos tiempos de excepcionalidad o, simplemente, aquello que pensábamos que era lo normal realmente no lo es tanto. Veremos si es pasajero o dirige nuestra historia a medio plazo.
Por una parte, el tan sobado pero genuino populismo, que se caracteriza básicamente por jibarizar la realidad. Si hoy en día el mundo cada vez es más complejo, cobran un especial atractivo las recetas sencillas pero adulteradas que a la precariedad de sus argumentos añaden una histérica voluntad de cerrar (en falso) todos los interrogantes. Cuando precisamente tratar de ahogar toda incertidumbre incentiva la tergiversación de las apresuradas respuestas.
Más que nunca nos hacen falta políticos que sepan divulgar ideas complejas para la mayor parte de la sociedad, que es incapaz de hilar fino en nada. Alguien que acerque lo complejo a la mayoría; sin simplificar, pero permitiendo una comprensión generalizada. A excepción tal vez del canadiense Trudeau, esa figura indispensable no se ve por ninguna parte.
En el caso de Trump, ha resultado llamativo un mecanismo psicológico que saca partido de la saturación. Quiero decir que si en principio penalizamos proferir salvajadas de forma aislada, luego resulta que nos entregamos incondicionalmente al que las suelta orgulloso una tras otra, sin freno. Así se percibe a Trump, en su furia, como auténtico, convencido. El enésimo flautista de Hamelín.
Pero, ¿por qué los medios y los encuestadores no entienden la realidad actual? En parte porque la capa de buenismo imperante lo impregna y deforma todo. La bruma de lo políticamente correcto es tan opresiva que, además de impedir debates abiertos sobre algunos temas, hace que la sociedad oculte, y así de alguna manera inflame, sus verdaderas intenciones. Pues, el cansancio del buenismo es algo natural pero a la vez siniestro.
Pongo un ejemplo: la inmigración. En el Brexit fue clave, y parece que en lo de Trump también. Ahí se ve una escisión enorme entre la opinión pública y la opinión publicada. El debate migratorio se ha convertido en un tabú, e incluso en Alemania han satanizado a filósofos prestigiosos como Sloterdijk y Safranski por argumentar contra el discurso oficial. Esa línea aséptica, forzada desde medios y partidos políticos, está provocando lo que estamos viendo: un rechazo que genera respuestas absurdas y enfáticas.
El problema de fondo consiste en no entender que el idealismo, siendo un referente necesario, no puede encarnarse como un programa a imponer de forma maximalista. Buscar su total aplicación conlleva que, por exceso de celo, pueda acabar desintegrándose por completo. De este modo el ‘macarthismo’ buenista nos lleva a la histeria del populismo. Como dice la intempestiva Paglia, “los caminos que salen de Rousseau conducen a Sade”.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

SA NORMA NO DESCANSA


 (tribuna publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Passa es temps, i no mos movem gens. S’escenari està configurat per mantenir s’estatus quo intocable, fent que qualsevol novetat que atempti contra es principis sagrats de sa Norma no pugui tocar ni una coma de sa seva lletra. Per això quan apareix un llibre valent i rigorós com Sa norma sagrada se tanquen portes, se neguen audiències i se furten debats. Però, clar, precisament es contingut d’aquest llibre publicat fa uns mesos per sa Fundació Jaume III toca de rel tots es dogmes des catalanisme oficial, aporta dades i reflexions pertinents per posar en qüestió coses que s’han assimilat com a ‘normals’ per una part de sa societat, inclús per part d’aquells que no són nacionalistes.
A Balears es catalanistes conren s’unanimitat i es dogmatisme. Però ja deia es prestigiós intel·lectual nord-americà Walter Lippmann que “quan tots pensen igual, és perquè ningú està pensant” realment. Però no lis preocupa gens aquest fet, saben lo que fan, d’aquí sa seva fal·làcia habitual d’emprar s’etiqueta de ‘científic’ en es sentit més contrari possible, és a dir, com a dogma que no permet discussions. Norma i anatema, d’aquesta dinàmica bipolar no en surten ni, en es pas que anam, en sortiràn ja mai.
Per això, un des mantres des catalanisme a ses nostres illes consisteix en considerar com a 'col·loquial' o 'castellanisme' qualsevol variant que se faci de sa seva interpretació absolutista de sa normativa fabriana. En realitat es seu maximalisme sempre cova dins es desconeixement: pretenen fer creure an aquells que no dominen bé es tema que és il·legítim dur-lis sa contrària. Per això, confonen dialectal amb col·loquial, com ja denunciava Lluís Aracil, sacerdot des catalanisme durant sa Transició que després, ben igual que Mossèn Alcover dècades abans, va esser condemnat a s’ostracisme en baixar-se des carro. Així mateix, s’interpreta es concepte de diglòssia només en es sentit que lis convé, fent parts i quarts, quan realment es sentit originari des terme anava just en sa direcció contrària, és a dir, donaria lloc a sa defensa de ses modalitats balears.
Es problema per ells és que sa realitat és molt més complexa que lo que dicta sa seva Norma sagrada. I dins aquesta multiplicitat hi entren situacions per ells inimaginables com que filòlegs catalanistes defensin tesis de sa Fundació Jaume III. ¡Vade retro! Xerr sobretot d’en Albert Pla Nualart i es seu excel·lent Canvi d’agulles. Per un català més àgil, més ric i senzill (RBA 2015). Se tracta d’una obra col·lectiva de sa qual Pla Nualart, que també és es responsable lingüístic des diari Ara, ha estat s’artífex junt amb s’editor Enric Gomà. És molt simptomàtic que aquest llibre hagi tengut bastant més ressò a Catalunya que a Balears, senyal de que aquí encara romanem més enfonyats dins sa doctrina. Per qualque cosa contam probablement amb es Departament de Filologia Catalana més ortodox de tot s'àmbit lingüístic.
Es cas és que Pla Nualart és independentista, però, com deia, defensa unes idees sobre es català que són en gran part ses mateixes que sa Jaume III aplica a Balears. I precisament per sa seva orientació ideològica a n’en Pla Nualart, com tampoc a qualcuns dets seus col·laboradors (Màrius Serra, Ricard Fité, etc.), se les pot inhabilitar filològicament amb s’habitual ‘sambenito’ d’espanyolista.
¿I què diu aquest llibre? Si una cosa fa és criticar una interpretació dogmàtica i restrictiva d’en Fabra, un ‘ultrafabrisme’ que hauria deixat astorat an es mateix Pompeu. Bàsicament ses seves propostes se podrien resumir en 6 punts:
1) És preferible partir de s’intuició, lo que suposa assumir que una llengua és sa que és, i no sa que voldríem que fos. Per tant, en lloc de sancionar es parlants en nom d’una ultracorrecció robòtica, lo normal seria reconèixer sa llengua viva que parlen. Aquest requisit deixaria de costat un element decisiu des catalanisme com és s’enginyeria social.
2) S’ha d’assumir s’evolució de sa llengua, ses herències des passat. Una cosa és s’interferència des castellà (o de qualsevol altre idioma) i una altra molt diferent és sa pròpia evolució de s’idioma. S’idea de puresa molts de pics té intencionalitats polítiques, i quan són filològiques pequen d’arcaïsme.
3) Com que s’estàndar ja no és sinònim de formalitat, com reconeix es DIEC2, sa norma s’ha de flexibilisar i obrir-se. Per tant, ses formes col·loquials genuïnes no haurien d’esser considerades incorrectes.
4) S’hauria d’eixamplar es concepte de correcció, flexibilitzant es nucli dur de sa sintaxi fabriana, acostant-se així norma i ús. D’aquesta manera, per exemple, s’ús de s’article baleàric admetria una presència més enllà de lo col·loquial.
5) Com que un excés de lògica aplicada a sa llengua (pensem, per exemple, en ses combinacions des pronoms febles) la converteix en contrintuïtiva i, per tant, mala d'assimilar pes parlants, s’haurien de tolerar ambigüitats. Sa llengua no és un mecanisme fred que seguesqui només paràmetres lògics.
i 6) Lo ideal seria no mesclar dialectes, que cadascun tengui es seu propi estàndar, cosa que cumpleixen a València i en es Principat de Catalunya, però no encara a Balears. Segons Nualart, podria emprar-se un supraestàndar per situacions molt generals, però sempre combinant-lo amb sos estàndars regionals. No té sentit, i aquest treball hi estaria bàsicamente d’acord, que un medi públic de Balears com IB3 no aprofiti sa riquesa que permeten ses nostres modalitats. Es mateix Joan Veny ha reconegut que un estàndar general és “un estat patològic de la llengua” que coarta sa seva diversitat.
Resumint, sa Norma se basa amb ses normes ortogràfiques de 1913 i sa gramàtica de Fabra, que té ja un segle de vida, i aquesta aplicació estricta i de caire doctrinari que se n'ha fet ha perjudicat s’ús social i cultural de sa llengua. Xerram d’autèntiques Taules de sa Llei que ningú pot qüestionar, quan lo que fa falta, com diu Pla Nualart, és una bona dosi de realisme i de deixar s’ideologia a un costat perquè sa llengua sigui vertaderament útil, próxima i fluida.
En qualsevol cas, Canvi d'agulles defensa una visió oberta i plural de sa llengua, i aplicar aquí lo que funciona a altres bandes amb tota naturalitat. Per exemple, a l'Argentina, on empren un castellà que no és ni de bon tros es mateix que es d’Espanya, i ningú se posa ses mans en es cap. En cap cas s’entén que se pugui recòrrer a un Fabra sacralisat i estret per tancar boques i generar mites, com ja alertava Aracil a començaments des 80, abans de botar des barco nacionalista.

lunes, 7 de noviembre de 2016

EPÍSTOLA A LOS BALEARENSES


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Queridos hermanos, bienaventurados seáis. Os habla vuestra amada lideresa, na Francina. Atended. Corren malos tiempos para la bendita Coherencia. Sed fuertes, no sucumbáis a las asechanzas del Belcebú conservador. Como dice Pedro 2, 14: “El Ibex te tentará mil veces, pero si dices ‘no es no’ tu alma saldrá pura del trance”.
Aquí tenéis el Santo Presupuesto: tomad y bebed todos de él. No hay subida de impuestos, sino un ligero aumento de la presión fiscal, sólo a los filisteos del mercadeo. Hay que alimentar a las tropas de la OCB, centinelas de nuestra dignidad y espíritu científico. Sube la deuda, pero Dios proveerá. No somos los primeros, más bien casi los últimos, en pagar a proveedores, pero, ¿no es cierto que los últimos serán los primeros? Además, la espera es hija de un gozo superior, y así no cunde la concupiscencia monetaria en nuestros impacientes acreedores.
En verdad os digo que me encontré el viernes en Barcinosis con el condiscípulo Iceta y otros apóstoles del Noísmo. Aunque nuestra coherencia no coseche votos, sino todo lo contrario, hay que reconocer que en pleno 2016, ya cerca de la parusía, valoraciones cuantitativas de las urnas deben superarse en favor de una sana teoría del valor añadido. Y el que yo promuevo es un voto de calidad, coqueto, minoritario. Estoy muy lejos del electoralismo barato de esa derecha que ya no sabe qué hacer para confundirnos.
El sábado estuve en el cementerio de Porreris, homenajeando a los caídos por la justicia, la libertad y la democracia. Nunca olvidemos los crímenes de ese franquismo que en realidad sigue entre nosotros para liquidarnos. Conservemos la memoria de los vencidos. El mismo día detenían en Francia al jefe de ETA, pero hay que decir, queridos hermanos, que la vía policial es un error. Debemos ser compasivos y no odiar. No se han resuelto 300 asesinatos de la banda, pero ese es el precio que hay que pagar por la paz. Ni vencedores ni vencidos.
También os digo que en el ágora de Hispania debe haber libertad de voto. No dudéis que en Balearia también la hay, pues si todos siguen el camino que les señala mi infalible dedo es porque se trata de la mejor opción. Puede que os esté confundiendo, pero mi clarividencia no es de este mundo y sopla donde quiere.
Finalmente, alejad de vuestras vidas los estériles galimatías. Por eso mejor que Sa Nostra no sea cosa vuestra sino mía. Dejadme con esta carga, apuraré este cáliz en privado. Os ahorraré molestias, será mi humilde sacrificio.
Siempre os tengo presentes en mis oraciones. En nombre de Francina, del Pacte y de la Coherencia. Amén. Podéis ir en paz.

lunes, 31 de octubre de 2016

‘REAL DATA’


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Vivimos en una época muy paradójica, con picos desesperantes. En teoría somos la sociedad más y mejor informada de la historia: nunca ha habido tantos medios y formas de comunicación. Jamás tanta información ha sido tan asequible. Y, sin embargo, la confusión es inmensa. En consecuencia, las manipulaciones están a flor de piel. El rigor está perdiendo a manos del populismo.
Por ejemplo, lo que señalaba la semana pasada sobre nuestro huso horario. Los caprichitos o el pánico a las depresiones otoñales hacen que inventemos teorías que van contra la incuestionabilidad de nuestra posición geográfica. Por eso, tocándonos la hora de Londres, el histérico populismo horario quiere sacarnos de Berlín para entregarnos al tempo moscovita.
También, el tema de la violencia. Fluye por todas partes el lugar común de que tenemos más violencia en las calles que nunca, cuando sucede exactamente lo contrario. O lo de las zonas verdes, que pensamos están de capa caída cuando los datos dicen que el bosque en Baleares ha crecido en los últimos 60 años nada menos que un 57 %.
Pero hay un tema, muy presente en los medios, en el que los datos reales no se adaptan a ciertas percepciones mayoritarias en los medios de comunicación. Me refiero a la violencia doméstica o de género. El CGPJ acaba de publicar los datos al respecto del año 2015, y lo que más llama la atención es cómo se contradicen a sí mismos.
Los números del CGPJ indican que el año pasado 123.725 mujeres fueron víctimas de la violencia doméstica. El problema es que esa conclusión la obtienen sólo atendiendo a las denuncias (ese número de mujeres interpuso una acusación contra su pareja) y no a las condenas judiciales. Es realmente extraordinario que el máximo poder judicial vulnere la presunción de inocencia y, en consecuencia, ¡pase olímpicamente de lo que digan los propios jueces! Porque no tienen en cuenta sus sentencias de cara a dictaminar qué número de mujeres es realmente víctima.
Porque resulta que, de todas esas denuncias, sólo un 22 % acabó en condena del acusado. El resto, nada menos que un 78 % (¡100.323 denuncias!), fueron casos sobreseídos o que acabaron en absolución. ¿Por qué ese detalle trascendente se oculta habitualmente? Ojo, no puede decirse de ninguna manera que esas 100 mil sean denuncias falsas. Por lógica, debe haber de todo. Maltratadores cuya culpabilidad no ha podido ser demostrada. Maltratadas que no denuncian. Pero probablemente también denuncias falsas, que en principio son sólo el 0’4 %, pero, ¿el dato es realista sabiendo que se investigan poco los indicios de este tipo de delito, por otra parte muy común en otras esferas procesales?

PD: el populismo y la estupidez estructural de nuestro país van ganando la batalla. Por ejemplo, con el populismo horario, personificado en ese tal Miquel Pou, flautista de Hamelín que ha embaucado inverosímilmente al personal, maestro Ciruela (ya saben, aquel que no sabe leer y pone escuela) que nos ha endosado su mercancía averiada. Ayer un artículo disparatadísimo de Urko Urbieta en Última Hora no daba pie con bola: además de ofrecer un mapa erróneo de husos horarios europeos, confundía la idea de la propuesta aprobada por el Parlament (que no es regresar a Greenwich, señor Urbieta, sino tener la hora de Moscú o Estambul), y para colmo no entendía que el horario 'artificial' introducido por la UE en los 70 por aquello del ahorro energético es el de verano, no el de invierno (error que, dicho sea de paso, está cometiendo casi todo el mundo). Alexander Cortés en el Diario de Mallorca escribía al menos un artículo más serio sobre el tema (sí era estupefaciente el comentario de Xavier Peris, un delirio asombroso), aunque incluyendo algún error de bulto: si tuviéramos la hora que pide nuestro triste Parlament, no amanecería pasadas las 8 de la mañana, sino a las 9 y pico.

lunes, 24 de octubre de 2016

CONTRA LA REALIDAD


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Quién nos iba a decir que Trump es tan sonrojante y tendencioso que en el fondo parece un populista español. Nos escandalizamos con su afirmación de que reconocerá el resultado de las elecciones americanas sólo si él es el vencedor, cuando resulta que aquí hace tiempo que los podemitas han impuesto esta sectaria lectura de la voluntad popular. Por eso Iglesias prepara de nuevo la lucha callejera.
Por otra parte, tampoco se acatan las leyes. Y cabe recordar que no sólo son corrupción los delitos económicos; que la administración no cumpla la legalidad también lo es. Como nuestro ‘monolítico’ Cort, siempre en vanguardia de todo lo que huela a democracia, dignidad y coherencia. Como no les hace gracia el dictamen del Constitucional sobre la legalidad de la tauromaquia, no quieren cumplirlo. Sobre todo Més y los de Podemos. Perfecto, barra libre. Pero para todos, ¿no? Bien, pues que vayan olvidándose del IBI de aquellos que tengamos presente salidas más seductoras para nuestro dinero. Por no hablar del agua. O del IRPF autonómico.
Y del desacato a la memez. Protagonizada estos días por Més per Menorca, que desconoce o simula desconocer que el problema de nuestro horario no consiste en que retrasemos el reloj el próximo fin de semana, sino que no debería adelantarse en primavera. Olvidamos demasiado a menudo, distraídos con minucias parvularias y obsesiones ombliguistas, que estamos de lleno dentro de la jurisdicción horaria de Greenwich, con lo que nos tocaría el huso inglés: anochecer a eso de las 16:30 en pleno invierno. Pero resulta que nuestro ubicuo y eterno Franco, recién resucitado como Sleepy Hollow barcelonés y siempre recordado pero sólo para lo que nos conviene, trabucó nuestro horario en plena segunda Guerra Mundial para adaptarnos al bélico latido centroeuropeo que marcaba un tal Hitler desde Berlín. Desde estonces, como si fuéramos personajes de Olvídate de mí, ya no recordamos cuál es nuestra hora natural y solar.
Y ahora salen los huestes cachondas de Nel Martí, en su línea wishful thinking de inventarse sentimentalmente la realidad como si fueran adolescentes en pleno botellón, y consiguen que en el Parlament mañana se vote una astracanada que retrata nuestra confusión atávica: exigir al Gobierno de Rajoy que no cambiemos la hora este domingo. Més defiende así profundizar en la anomalía horaria que impuso el franquismo: separarnos una hora más (dos en total) de nuestro tempo solar. O sea, ser más horariamente franquista que nadie, ¡chapeau!
Al final el hecho diferencial era eso, como vemos cada día en Cataluña: desvincularnos a toda velocidad del más mínimo principio de realidad y carbonizar frívolamente el sentido del ridículo.

lunes, 17 de octubre de 2016

DOUBLE BIND


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

El concepto de double bind se lo sacó de la manga Gregory Bateson en 1956, en su artículo Hacia una teoría de la esquizofrenia, y viene a ser un “doble vínculo contradictorio”, es decir, cuando en una misma acción se emiten dos mensajes de sentido opuesto, provocando una situación paradójica difícil de asimilar racionalmente. En su origen, el double bind afecta a un tipo de relación comunicativa generalmente encarnada por la que se da entre una madre y su hijo, en la que ella le envía señales opuestas en dos fases muy cercanas o coincidentes: por una parte, palabras de amor y entrega filial, para después rechazar los acercamientos afectivos del chaval. De esta manera, discurso y praxis se seccionarían en una contradicción que trastorna cualquier equilibrio emocional.
Ejemplos de double bind hay millones, casi tantos como galaxias en el cosmos. Hoy me limitaré a seleccionar algunos por su actualidad o porque me placen:
Oslo le concede el Nobel de la Paz a un presidente que ha perdido su referendum sobre el fin del conflicto. Luego Estocolmo le da el de Literatura a un cantante que ha escrito un poemario de tercera (Tarántula) y unas memorias atiborradas de plagios (Crónicas).
Instituciones públicas que promueven continuas campañas contra el bullying, pero que cuando se agrede a una niña en la escuela hacen todo lo posible para desviar la atención, incluso culpabilizando a la familia de la víctima.
La ínclita (en sentido Supergarcía) Unesco desvincula del judaísmo el Muro de las Lamentaciones, para concederle más legitimidad a un Islam que llegó 1600 años después.
Alerta sobre la elección de Trump el responsable de la ONU en Derechos Humanos, príncipe de uno de los países (Jordania) menos respetuosos con los DDHH.
El partido gobernante que te cruje desde Hacienda pero que supuestamente paga sus sedes de Madrid y Palma en negro.
Iceta y Armengol, que han llevado al PSC y al PSIB a los peores resultados de su historia, presumiendo de “coherencia” y exigiéndosela a la gestora del PSOE.
Un teniente de la Guardia Civil que hace meses salvó de la nieve a varios ex-presos de ETA y que estos días ha sido apaleado por 50 proetarras en un bar de Navarra.
Aquellos que exigen pluralismo a Madrid pero promueven la unanimidad tribal en Cataluña y Baleares.
En fin, la esquizofrenia puede que sea el virus más extendido del siglo XXI, al menos en Occidente. De alguna manera todos somos esquizoides, aunque parece que últimamente, escindidos entre lo que somos y lo que queremos aparentar, estamos mimando el cultivo de la tara. La cuestión es seguir siendo unos bestias pero instrumentalizando discursos más buenistas.

lunes, 10 de octubre de 2016

REGRESO AL CAP BLANC


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

El pasado viernes al fin eché mano a Amarillo, la obra de Félix Romeo dedicada a su amigo suicida Chusé Izuel. Sin darme cuenta, leo el libro justo en el quinto aniversario de la prematura muerte del autor (paro cardíaco). Ese mismo día, y tras un par de años fuera de foco, regresa el Cap Blanc a la actualidad con el proyecto de una plataforma ¡“para saltar al vacío” desde allí! Por asociación de ideas, inmediatamente pienso, como en Futurama había cabinas para suicidas, y teniendo en cuenta el siniestro pasado de nuestro acantilado favorito, que se iba a rehabilitar de cara a nuevas tentativas de autolisis, esta vez a pelo, sin automóvil.
El genius loci del lugar permanece a pesar de todo, aunque hace tiempo que no voy por la zona. Desde que la vallaron, ha perdido atractivo. Si incluso llevaba a amigos o conocidos a darles un garbeo por sus irresistibles balcones al Mediterráneo. Alguno debía pensar que lo estaba invitando malignamente a ya saben qué. No sería la primera vez, ni será la última, que los simples mortales no entienden mis magnas y celestiales ocurrencias.
Pero no, la noticia no iba sobre lanzarse al vacío para fundirse con la Pacha Mama, sino para engañarla lúdicamente con unas tristes cuerdas de goma. Con el potencial que tiene el Cap Blanc... Si fuéramos de verdad visionarios montaríamos allí algo sobre el suicidio, no sé, incluso un parque temático. Lo digo en serio: hay que hablar del tema, visualizarlo para una población que sólo sabe mirar a otra parte. Los mismos psiquiatras recomiendan saltarse una omertà que propicia que se sigan matando unas 11 personas cada día en España. Y eso que tenemos un índice bajo, si lo comparamos con el resto de países desarrollados.
Por tanto, al menos un stand con libros de Jean Améry (sobre todo su suicidológico Levantar la mano sobre uno mismo), Cesare Pavese (su diario El oficio de vivir) o Albert Camus (El mito de Sísifo); un hilo musical con Joy Division, Nick Drake o Nirvana; carteles con obras Rothko y Van Gogh; estampas de Marilyn Monroe y George Sanders. Doy ideas.
Demanda desde luego la hay. Tanta que incluso trascendemos los citados casos individuales para elevarnos a lo institucional: el agónico Estado mismo, áreas como Educación (donde Baleares en la sima más profunda de Europa) o, por supuesto, formaciones políticas. En especial ese partido de partidos, traslación interna del mantra “nación de naciones” que gustaba tanto a uno de sus chamanes, que tiene una inclinación ostensible por el deceso voluntario. Ya saben, los residentes de la 70 Rue Ferraz del Percebe.
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