(artículo publicado hoy en El Mundo-El Día de Baleares)
La
semana pasada mi abuela Marcela, matriarca de la familia (la otra, la
inquisitorial pero entrañable Jacoba, nos dejó hace casi una
década), cumplió 91 años. Aunque hoy en día estas cifras son más
asequibles que nunca, a mí me parecen cotas imposibles, puntos
perdidos en el horizonte. Siempre pensé, algo absurdo pero que me
agobiaba, que no llegaría a los 30. De hecho, la noche que los
cumplí tuve algún espasmo, psicosomático seguramente. Los 40, ya
tan cercanos, de nuevo me parecen una frontera complicada y
escurridiza.
Y
eso que soy un twice born, así que no puedo quejarme. El mes
que viene se cumplirán 15 años de mi renacimiento. Trabajaba de
repartidor de pizzas, sin saberlo le llevaba una a mi primo Víctor y
un coche se cruzó sin mirar en mi trayectoria. Salí escupido por
encima y su baca me seccionó la femoral. Sobreviví por escasos
minutos gracias a que una ambulancia pasaba por allí. Esa noche mi
primo no cenó, pero la falta de hambre estimuló la cháchara con
sus acompañantes y así conoció a la que ahora es su mujer.
A
veces fantaseo sobre lo que sería de mi entorno inmediato, amigos y
familiares, si hubiera muerto esa noche veraniega del 2000. ¿Se
acordaría a diario mi familia de que existí junto a ellos durante
22 años? ¿O sólo muy de vez en cuando? Y mis amigos, ¿brindarían
en mi honor algún fin de semana o me habrían sepultado lejos de la
conciencia mientras ligaban con alemanas en el Arenal?
Hace
unos días falleció Javier Methol, uno de los milagrosos
supervivientes del famoso accidente de avión en los Andes que
retrató la película Viven. Methol era el más veterano y
dejó en la cordillera nevada a su mujer Liliana, sepultada por un
alud. Seguro que conocen la historia de la tragedia atenuada por la
resurrección de 16 chicos uruguayos. Lo mejor del caso es un
documental de la BBC, Stranded!, que retrata la experiencia
con gran intensidad más de 30 años después. Me reconozco mucho en
esa sensación de renacido, de escapar por los pelos de la fosa. La
insuperable droga de sentirse vivo cuando arañas unos días, unos
años, a la soga.
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