miércoles, 31 de enero de 2007

LA MIRADA INFERNAL (y 3)


Dogville: las identidades sacrificiales

La tercera y última película de esta serie de artículos no es otra que Dogville, dirigida en 2003 por el danés Lars von Trier. Aquí me voy a ocupar de su versión ‘extendida’ (171 minutos), pues la ‘editada’ elimina del metraje 30 minutos que tienen una importancia determinante para lo que pretendo analizar. El film ilustra un tercer aspecto de nuestra naturaleza más oscura y antagónica, la más estrictamente vinculada a lo sacrificial, y lo hace a partir de los elementos narrativos que le proporciona un pequeño pueblo estadounidense perdido en las Montañas Rocosas y una mujer que llega allí desde la gran ciudad. Si el tema principal de Crash era la naturaleza imitativa y conflictiva que posee todo deseo, y el de Irreversible la violencia misma cuando asume su papel devastador de sujeto omnipotente, en Dogville la identidad de lo individual y de lo colectivo es el asunto primordial. Este tema de lo identitario en la conformación de la psique individual y de los sistemas sociales ha sido estudiado profundamente por autores como René Girard, Cornelius Castoriadis o Mary Douglas. Podríamos adelantar que todo ente (individual o colectivo) para constituirse como tal requiere de una identidad excluyente, cerrada en un sistema de diferencias. Todo ente existe gracias a un opuesto (la dimensión de lo ente es la de la oposición), y este mismo en un sistema social acostumbra a ser un chivo expiatorio cuyo sacrificio permite la clausura del sistema, la unanimidad social y, por consiguiente, la identidad.

El discurso de Trier tiene un profundo alcance nihilista y antirousseauniano, pues es el ‘buenismo’ lo que peor parado sale de la película y la unidad ontológica de todo ser humano lo que se revela. La obra se narra siguiendo las directrices básicas de un cuento moral, con una manifiesta voluntad didáctica, que no edificante. Grace (Nicole Kidman) es una mujer que, huyendo de unos gángsteres en la primera mitad del siglo XX, llega al remoto pueblecito de Dogville, donde pasa a convertirse en su habitante número dieciséis. El joven intelectual y aspirante a escritor Tom (Paul Bettany), auténtico referente moral de la comunidad, es el que introduce a Grace en la misma, convenciéndola a ella y a sus vecinos para llevar a cabo una ilustración edificante que mejore el nivel espiritual del pueblo, que vive momentos de crisis. Pero todo lo que en un principio es convivencia idílica se transmuta lentamente en un escenario de humillaciones, abusos y violencias que tiene a la dulce y entregada Grace como objetivo polarizador. El cambio de comportamiento de la comunidad de Dogville con respecto a ella es espectacular, pero Trier se preocupa (y lo consigue, con su estudio casi entomológico) de garantizar su verosimilitud a partir de unas alteraciones lentas y graduales, con un registro atento a las reacciones de todos los personajes. Si al principio estos se muestran acogedores y generosos con la misteriosa fugitiva, a medida que avanza el film la cara que adoptan es la más abyecta y depredadora posible, y eso lo hacen todos, desde el joven retrasado (Jeremy Davies) hasta el líder espiritual de la comunidad (Bettany), con el que Grace mantiene una relación de amor llamémosle ‘platónico’ (acepción discutible pero que aquí nos sirve para entendernos). De acogerla como una más de la comunidad pasan a torturarla, violarla y humillarla sin contemplaciones. Convertida en un auténtico chivo expiatorio, la sociedad de Dogville decide entregarla a los gángsteres que la perseguían. Pero la historia no se acaba aquí, pues en despiadada pirueta final, Grace resulta ser la hija del líder de la banda (James Caan), que no quiere matarla sino recuperar a su rebelde heredera. Al serle entregado todo el poder en esta insólita reconciliación familiar, la primera decisión de la dulce Grace no es otra que exterminar a toda la población de Dogville (salvo al perro Moisés, detalle que revela mucho sobre el supuesto humanismo de la protagonista) y reducir el lugar a cenizas. Ella misma se encarga de ajusticiar (al estilo de la iconografía ‘auschwitziana’) a Tom, cuya traición la había herido profundamente. Pero replanteemos algunos puntos para tratar de entender lo que subyace en esta obra tan sorprendente y estimulante.

Analicemos a Dogville, concretamente las pautas de su en apariencia sorprendente cambio de registro con respecto a Grace. El pueblo, pobre y apartado del mundo, no pasa por su mejor momento y por ello Tom trata de rearmarlo moralmente. La inesperada llegada de Grace le permite llevar a cabo su proyecto altruista de entrega al prójimo. A él no le basta la simple convivencia comunitaria, sino que necesita darle a ésta un sentido que promueva una unidad edificante. Pero su altruismo, como demuestra Trier, parte de principios equivocados sobre la naturaleza humana, motivo por el cual todo su plan idealista acaba naufragando en el desastre más absoluto. Tom es un ejemplo del intelectual occidental que tiene a Rousseau por sumo sacerdote, que defiende la bondad esencial del hombre mientras culpabiliza a las circunstancias sociales y políticas de su violencia. Es un idealista y un convencido humanista, pero también es un fariseo, pues todos sus planteamientos altruistas no tienen otro objetivo que su propia arrogancia; el objeto de los mismos no es el bien de Dogville (ni de la humanidad), sino el de sí mismo, alrededor del cual fantasea con establecer un auténtico culto. Tom es un ‘aprendiz de brujo’ que se desentiende de su creación cuando las cosas se tuercen, y no duda en entregar a su amada Grace cuando siente en peligro el futuro de su carrera literaria y la máscara de su identidad personal. Su proyecto se resuelve positivamente en un principio, es decir, con la aceptación plena de Grace en Dogville (después de estar dos semanas a prueba), donde todos adoran a la recién llegada, valorando lo que de bueno ha traído al pueblo. La sensación de poder que experimenta Tom al conseguir integrar a la mujer en la comunidad es tremenda y su vanidad se dispara. La comunión integradora se escenifica en la cena conmemorativa del 4 de julio, y lo hace como una verdadera ceremonia de la unanimidad en la que todo es armonía y felicidad: Dogville resurge, Tom y Grace se declaran su amor y “hasta Chuck sonríe” (Chuck, interpretado por Stellan Skarsgard, es la persona más malencarada del pueblo). Pero esa misma noche todo empieza a torcerse. Las regulares visitas de la policía buscando a la fugitiva intranquilizan a la comunidad que, poco a poco, le va imponiendo unas condiciones más duras (trabajar más cobrando menos). Como es inevitable en estas situaciones, los abusos empiezan a sucederse y el respeto y el agradecimiento se transforman en desconfianza y en rencor. No hay planteamiento racional alguno en estas decisiones, pues Dogville no estará más segura aumentando el volumen de trabajo de Grace. La verdadera causa debe rastrearse a otro nivel. El miedo implica siempre un endurecimiento de la conducta, un aumento del caudal de violencia que, lenta pero implacablemente, se va volcando sobre la persona más indefensa: la recién llegada, la extranjera. Tras varios equívocos y situaciones incómodas, los peores abusos llegan en cadena: acusaciones falsas, agresiones, violaciones, humillaciones. La divinizada Grace es sometida a una culpabilización absoluta que libera a los acusadores de su mala conciencia; de ser una figura angelizada se pasa a la más absoluta demonización, y en ambos casos Dogville alcanza la unanimidad.

Sobre el tema de la unanimidad, cabe decir que existe en el Talmud un principio de justicia (citado frecuentemente por autores como Levinas, Girard o André Neher) por el cual todo acusado de forma unánime por un colectivo debe ser inmediatamente liberado. Es decir, la unanimidad acusadora en cuanto tal se pone sistemáticamente bajo sospecha, pues la falta de debate y la ausencia de pluralidad sugieren la inocencia del acusado. Lo que subyace a este aspecto del judaísmo es una concepción de lo humano como algo radicalmente plural, hasta el punto de entender que una homogeneidad absoluta sólo puede conseguirse gracias a la utilización coactiva de la fuerza o del mimetismo recíproco.

De esta manera los habitantes del pueblo, incapaces de asumir lo peor de sí mismos, desplazan sus culpas hacia la entregada Grace, cuya aceptación del martirio alcanza cotas crísticas (“nunca odiaré a nadie, hagan lo que hagan”). Y ante esta espiral de violencia contagiosa ni siquiera Tom la defiende, al contrario: el que se postulaba como referente moral de la comunidad tampoco asume sus responsabilidades y culpas, convirtiéndose al final en el principal acusador de su amada. Él es el que la utiliza para blindar la unanimidad espiritual de Dogville y el que decide entregarla en sacrificio a los gángsteres (todos saben, o al menos lo creen, que la entrega significa su muerte segura). Dogville se rearma moralmente, no gracias a Grace, sino en contra de ella.

Debo volver en este instante a lo inicialmente esbozado sobre la constitución de lo ente, individual y colectivo, siempre al servicio de la identidad. A Dogville, como a cualquier otra sociedad antes y después de ella, no le basta con satisfacer la necesidades primarias (materiales) para sobrevivir, sino que necesita un sentido y unas significaciones propias interpretadas de forma esencialista. Todo sistema humano se instituye en un orden que trata de alejar la incertidumbre de lo real, suturando la escisión originaria (escisión del Ser, representada míticamente como un Paraíso Perdido al que ya no tenemos acceso) que dio origen a la separación de sujeto y objeto. Todo sistema se clausura en certidumbres identitarias que no proporcionan conocimiento objetivo, sino consolación psicológica. La unanimidad es el mejor de los consuelos para una sociedad sacrificial, pues representa la certeza del creyente, la vuelta a la permanencia y a la supuesta eternidad de lo propio. Para ello la autocrítica debe ser erradicada, identificándose cada individuo con la totalidad del sistema al que pertenece. Hasta este preciso instante de la película Dogville parece ese sistema que va a re-fundarse en la armonía a través del sacrificio de un elemento ajeno; es decir, la película de Trier parece una reedición moderna de la Pasión de Cristo en la que el personaje de Kidman sería el cordero expiatorio que, por su bondad, debe ser conducido al matadero para el sacrificio que purificará a la comunidad de sus pecados. Pero el católico Trier va más allá y da una vuelta de tuerca a este modelo sacrificial que ya practicara con anterioridad en Bailar en la oscuridad y Rompiendo las olas. Al contrario que en estas dos películas previas (más ingenuas e idealistas), aquí la víctima ya no es inocente, al contrario: es peor incluso que sus verdugos. Grace no es una figura divina ni redentora, sino un ser humano como otro cualquiera, pero su máscara angélica no cae hasta la apocalíptica escena final, cuando decreta la aniquilación de Dogville. Durante toda la obra, como ya hiciera en las dos películas citadas, Trier se sirve de la identificación con la sufriente protagonista, recurso fácil si lo que uno pretende es ganarse emocionalmente al espectador: como todos nos consideramos ‘buenos’, vemos las cosas a través de la mirada del personaje más positivo de la película y por ello condenamos a los ‘malos’, que son, faltaría más, ajenos a nuestra naturaleza. Pero esta obra nos dice que todo el mundo, por brutales que sean sus actos, se ve a sí mismo de una forma positiva y complaciente. Todos los personajes parecen buenas personas al principio y de ninguno de ellos, en ese momento, se puede esperar los atropellos que van a acabar cometiendo después. Pero todos caen, ninguno soporta el abrumador peso de su humanidad, que consiste en la ambivalencia y en el polemos (elementos estos que el humanismo progresista expulsa de su idealizada concepción de lo humano). Como sucede en los Oficios de Tinieblas, todos se van hundiendo en la infamia, uno tras otro, casi por contagio. En el rito cristiano sólo Cristo aguanta, pero aquí no hay Cristo alguno, sólo humanos normales y corrientes, totalmente intercambiables, como también Dogville podría ser cualquier otro lugar del planeta. Poco a poco, en la medida en que pueden aprovecharse de una situación de superioridad, todos los individuos abusan del débil, sin excepción. Todos se sirven del poder para atacar al más desprotegido e indefenso. Los personajes de Bettany y de Kidman parecen ser los únicos que consiguen controlar su cara más tumultuosa, pero también caen. Él lo hace casi al final y con estrépito, pues sirviéndose de su liderazgo entrega a Grace a los que seguramente la matarán; Tom la sacrifica por “el bien de la comunidad” y lo hace con untuosidad y regodeo. Como todo Dogville, se enorgullece de su bondad, pero su comportamiento es repulsivo.

El pensador francés Edgar Morin nos permite comprender este tipo de conductas en apariencia contradictorias con su teoría del homo sapiens demens. Morin considera al hombre un ser tanto racional como irracional; razón y locura, sabiduría y demencia, son inseparables ontológicamente desde el momento en que el pensar humano se articula a partir de la dialéctica orden/desorden. El hombre es fruto de una esencia compleja y ambivalente, fruto del pánico que provoca la certeza objetiva de la muerte, y en ella el delirio caótico y la locura destructiva no pueden ser circunscritos únicamente a un período evolutivo previo al ‘civilizado’, teóricamente superado. El demens del hombre es el reverso del sapiens, y la dialéctica de opuestos no puede resolverse por ninguno de los dos extremos. No hay punto final a la incertidumbre potencial que caracteriza a lo humano, y el conflicto (el polemos) seguirá existiendo en la medida en que sobreviva la especie humana.

Como ya he dicho, parece que en este momento de la película nos encontramos con el típico caso, en el cine de Trier, de la víctima perseguida por la comunidad despiadada, que la trata como a un chivo expiatorio. Pero justo ahí se produce un cambio decisivo: la conversación de Grace con su padre (James Caan) en el coche, que es, a mi juicio, la clave de la película y de su discurso, pues es ahí cuando se descubre del todo a la verdadera Grace, que no es la persona irreprochable de bondad incondicional y de entrega absoluta que hemos visto hasta ese momento (el 90 % de la película). Para conocerla en su totalidad debemos descubrir su Sombra, lo que su yo reprime minuciosamente (y lo que Trier oculta durante el metraje, creo yo que para engañar al espectador provocándole una reacción emocional determinada). En esa escena vemos a una mujer resentida con su padre y lo que él representa, y en oposición a todo ello ha construido su personalidad. Su bondad era una pura pose cargada de segundas intenciones y su ‘gracia’ impostada, puro orgullo y arrogancia (“me educaron en la arrogancia”, recuerda casi al principio del film). La persona que parecía más pura resulta ser una bestia sin escrúpulos, una auténtica genocida. Ingenuamente podría pensarse que la drástica reacción de Grace no se corresponde con las características psicológicas de su personaje, pero yo creo que no es así, al contrario: su respuesta puede deducirse en parte por su enfermiza entrega masoquista que parece propiciar en muchas ocasiones los abusos de Dogville (masoquismo y sadismo son dos caras de la misma moneda). Esto la diferencia de Cristo, su modelo aparente, pues éste no buscaba el sacrificio como algo apriorístico y metafísico (recordar su “Padre mío, si es posible, aparta de mí este cáliz”), sino como un desvelamiento histórico de la ceguera que caracteriza al homo sapiens demens (ceguera lúcidamente retratada en Dogville). El sacrificio de Cristo puede ser interpretado, al contrario que la doctrina católica tradicional, como El Último (Jesús en los propios Evangelios: “no quiero sacrificios, sino misericordia”), el que consigue desvelar nuestra condición sacrificial. Por su parte, Grace no se opone a los abusos y nunca se defiende, ni siquiera verbalmente (Jesús se enfrenta a los linchadores de la supuesta adúltera que va a ser lapidada). Ella no pertenece en realidad a la estirpe de Cristo, sino a la de Rousseau y a la de Ghandi, el cual en 1938 conminó a los judíos europeos a abrazar una conducta sacrificial y expiatoria como única manera de enfrentarse al nazismo (es decir: les exigió que se dejaran masacrar). Como Ghandi, Grace parece una persona contraria a toda violencia pero en realidad es una auténtica apologista del sacrificialismo. Entregarse voluntariamente como víctima no erradica la violencia, al contrario, significa que uno está inmerso en el mismo esquema expiatorio del agresor, pues acepta la existencia de dos roles: el del verdugo ajeno a toda consideración moral y el de la víctima cuya única realidad es la de la aniquilación. No hay término medio, y pasar de un extremo al otro es mucho más consecuente de lo que pueda parecer. A la verdadera personalidad de Grace la percibimos ya claramente gracias al parlamento con su padre, que es cuando queda definida y marcada, demostrándose que su brutal actuación final es adecuada a su carácter y no ‘a pesar’ del mismo. Es cierto que mucho tiene que ver el exterior que la ha humillado, pero lo decisivo de su actuación es el interior que ha reprimido durante toda la historia. Por tanto, Trier es consecuente en su giro final. La actitud de todos y de cada uno de los miembros de Dogville es despreciable y criminal, pero Grace los iguala e incluso supera. Ella comete sus crímenes convencida de que ha actuado correctamente; como todos los habitantes de Dogville, como todos los humanos, se engaña a sí misma, y lo hace con más intensidad cuanto más brutales son sus acciones. Ella sigue creyendo que la humanidad es bondadosa y que, eliminando a Dogville, se le hace un favor (“quiero que este mundo sea un poco mejor” y “el mundo sería mejor sin este pueblo”); por tanto, sigue siendo una idealista, y como tal, defiende y promueve actuaciones sacrificiales. Pero Dogville es todo el mundo y el mundo está lleno de Dogvilles y de Graces. De hecho, ambos son lo mismo, cosa que se demuestra en que repiten la operación expiatoria: lo divinizado (Grace por Dogville y Dogville por Grace) es posteriormente demonizado. Para el pueblo la expulsión de Grace es algo catártico y lo mismo le sucede a ella al destruir Dogville.

Curiosamente, el único personaje que no se engaña es el de James Caan (también un poco el de Skarsgard). Él parece ser el único consciente de la radical ambivalencia de la naturaleza humana y no se sirve de dos baremos distintos para evaluar las acciones de los hombres (recrimina a su hija: “perdonas a los demás mediante excusas que nunca te concederías a ti misma”). Pero esa conciencia, por sí misma, no le hace mejor que los demás; simplemente, como gangster ve las cosas desde el centro de la espiral de la violencia y eso le da una gran lucidez. Pero esa perspicacia no le sirve para ser mejor persona. Complacido por el cambio repentino de Grace le dice: “me temo que has aprendido mucho”. Pero nadie ha aprendido nada en esta historia, todos siguen presos de ilusiones edificantes. Como también le sucede a tantos espectadores que se ponen emocionalmente del lado de Grace al considerar como ‘justa’ la venganza final. Sentirse mejor tras contemplar (y disfrutar) la aniquilación de Dogville delata que tampoco nosotros somos mejores que ellos (“Quien esté libre de pecado...”). El narrador de la historia propone un interrogante final: ¿quién se separa de quién? ¿Grace de Dogville o Dogville de Grace? Pero en realidad no hay separación, sino la más indestructible de las uniones. Grace, Dogville y los espectadores, todos somos parte del mismo cuerpo. Se revela la unidad ontológica del ser humano. Nadie escapa. No hay diferencias. Todo es Uno.

(publicado en Kiliedro)

8 comentarios:

yi dijo...

De la triada infernal, esta es la unica que no vi. Pero ya contas parte del argumento!!! Y si no entendi mal el final!? Cuando la vea me voy a enterar si esto era importante o no, pero si lo era, hubiera estado bueno avisar al principio del articulo, como hace imdb, filmaffinity no?
Lo digo porque aparentemente publicas esto en una revista.

Como vi que mas adelante ahondas mas y mas en detalles, opte por dejar la lectura del articulo (que me parecio mas interesante de los tres) para despues de verla.

Yo pense que Trier tenia un mambo particular con las minas, hasta que vi 5 obstrucciones (que me gusto mucho). Ahi lo termine de confirmar.

Muy interesante el dato de la tradicion talmúdica.

Horrach dijo...

Hola Yi. Lo de contar el argumento es algo que debatí conmigo mismo y preferí al final destripar algunas cosas del argumento a los lectores antes que lastrar el análisis dejando de lado aspectos esenciales del film. Pensé que gente que no hubiera visto la película tampoco se decantaría por leer este artículo.

El dato de la tradición talmúdica (interesantísimo, sí) lo saqué de un libro de Girard, el traducido como 'El misterio de nuestro mundo'.

Y que conste que a mí Trier no me gusta como cineasta (me interesa más su personalidad), de hecho detesto 'Bailar en la oscuridad' y 'Rompiendo las olas', pero 'Dogville' es otra cosa, incluso parece rodada por una persona distinta a la de este enloquecido católico danés (como diría Carlos Pumares, "la debió rodar un primo suyo que pasaba por allí").

Saludos.

Horrach dijo...

Más aportaciones sobre la consideración de la unanimidad en el Talmud, por parte de la amiga Neguev (¡con blog nuevo!), que me dejó esto ayer en otra entrada de días pasados:


"Amigo Horrach, sobre el tema del Talmud y el principio de justicia, cuando un tribunal emitia una sentencia de muerte, quedaba inhabilitado para seguir impartiendo justicia, y sus integrantes debían dedicarse a otros menesteres sociales, entre los que se cita la enseñanza. Supongo,que el Talmud dictamina 5 formas de morir ajusticiado, la medida prentende impedir la aparición de "jueces estrellas" . Jueces sí, pero no justicieros.
Uno de los pares de las "Sefirot"es precisamente la diada: "Justicia_benevolencia"

Saludos cordiales".

J. A. Montano dijo...

Acabo de dejar esto para el amigo chueta en la entrada de "Crash", pero lo cuelgo aquí también:

Jajaja, Chueta: acabo de ver su última respuesta. Y la verdad es que tiene razón el anfitrion Horrach: venimos muy mal enseñados. Le pido disculpas si le he ofendido... aunque insisto que *por el bien de todos* (empezando por el de usted mismo) debe dejar de ver películas de Michel Piccoli

Anónimo dijo...

Quedas disculpado montano, es que como chueta las hemos visto de todos los colores... ontológicamente. Chueta

yi dijo...

Esta perfecto el analisis completo y abundante,Horrach. Solo propuse poner un cartelito que avise al desprevenido (los habemos).
A mi me gusta el gran manejo del lenguaje visual que tiene Trier. Resuelve magnificamente sus experimentos. Quizas su personalidad es lo que mas me cuesta digerir.

No conozco a Neguev ¿su blog donde queda?

Me sorprende esa forma de autorregulacion talmudica. Totalmente razonable, por otra parte. He de estudiar mas. Gracias por los datos.
Saludos cordiales,
yi

Horrach dijo...

Hola Yi. El blog de Neguev se titula 'Neguev & me', pero no recuerdo su dirección. Con darle a su nick se le debería abrir el blog.

Lo del Talmud es curioso y muy significativo. Demuestra de donde, en parte, ha salido la sensibilidad jurídica de las democracias occidentales, que no sólo de la fascinante Grecia.

Saludos.

viejecita dijo...

Don Horrach
Por fin he leído su comentario sobre Dogville. Que me gusta mil veces más que la película.
Porque la película, ya siento, y a pesar de estar interpretada por esos actores, con lo del decorado inexistente, se convierte en una tesis, o un sermón, pero una tesis o un sermón inaguantables.
Si no hubiese visto la película, con este texto suyo haría todo por verla, pero ¡ Ay ! la he visto. Y la idea sería buena, pero lo que es, el resultado
¡ No era esto... !
Y, por si lee esto, que no creo.
Ya siento

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