lunes, 22 de enero de 2007

LA MIRADA INFERNAL (1)


Crash: el abismo del deseo

Se acaban de cumplir 10 años del estreno de Crash, la polémica película dirigida por el canadiense David Cronenberg, que adapta la no menos controvertida novela de James G. Ballard publicada en 1973 con el mismo título. El estreno en el Festival de Cannes fue motivo de un gran escándalo, debido al tipo de sexualidad que esta obra trata de explorar. Pero la polémica mundial no se limitó únicamente a su contenido erótico, sino que también alcanzó a la perturbadora psicología que sustenta los actos de sus personajes. Cronenberg logra entregarnos un despiadado pero lúcido informe desde el centro del huracán de un tema que pocas veces puede verse cifrado de esta manera tan apabullante en una pantalla.Crash es una película que desde un primer momento trasciende su naturaleza como ficción para adentrarse en el ámbito del ensayo fílmico, pues plantea una arriesgada propuesta de análisis de los límites de la psicología y el comportamiento humano. La problemática que trata y la voluntad de llegar hasta las últimas consecuencias la convierten en un ejemplo de lucidez y riesgo a partes iguales. Cronenberg opta decididamente por enfrentarse al reto de adaptar una novela cuya lectura lo había conmocionado, y lo hace con la pretensión de contagiar al espectador ese fértil desconcierto, esa posibilidad abierta de lecturas.

Con Crash sucede como con otras películas que comparten sus mismas características radicales (‘radical’ en su sentido etimológico de “ir a la raíz” del problema) y que yo quiero encuadrar aquí bajo el título de ‘La mirada infernal’, por lo que ésta tiene de visión dirigida hacia el abismo. Estas otras películas que comparten con Crash su naturaleza abisal son: Irreversible (2002) de Gaspar Noé y Dogville (2003) de Lars Von Trier. Mi interpretación es que en cada una de estas tres obras se percibe el compromiso de analizar la parte más insondable del ‘homo sapiens desde el mismo vórtice de su espiral’. Ninguna de ellas procura dar respuesta a causas contingentes, pues las dirige algo más profundo, un intento de reflejar y reproducir la esencial ambivalencia sobre la que está constituida nuestra propia condición. Para ello sus directores adoptan un enfoque microscópico y descontextualizador, casi abstracto, para poder observar claramente casos concretos sin que en ellos incidan apriorismos ideológicos, morales o religiosos. En esa independencia se demuestra la verdadera autonomía de la obra de arte total.

En su depurado grado de abstracción y en la elección del signo interrogador por delante del significado blindado, el contenido de estas obras no toma, por sí mismo, partido por alguna interpretación determinada de lo que muestra. Hay un enfoque claro, pero no se trata de una interpretación. La complejidad del conjunto es un reflejo de la profunda ambivalencia de la realidad, que en su grado más puro no es catalogable con criterios esencialistas. La multiplicidad es la norma de lo real y clausurar su verdad en un único sentido, dogmático y excluyente, significa su mutilación. Estas películas tratan de hacer justicia a esa ambivalencia fundamental y por ello resulta imposible tomar partido sobre su contenido sin descubrirse uno mismo. Es decir: otra característica decisiva común a las tres es su condición de espejo en el que el espectador proyecta sus deseos, teorías o miedos, de manera que muchas de las opiniones que tratan de interpretar estas obras no sirven para otra cosa mas que para retratar la mentalidad del que las ha proferido.

En este artículo me voy a servir de estas películas para intentar ilustrar tres aspectos diferentes de la condición humana más esencial, esa que, por su propia naturaleza abisal, se construye sobre fundamentos no aprehensibles racionalmente. Estos elementos originarios que posibilitan todo grado de existencia sólo pueden sugerirse en celuloide de manera extremadamente elíptica a partir de los efectos que generan. Esta operación representativa resulta imposible a partir de dichos fundamentos, pues su naturaleza es irrepresentable e incluso impensable. Empezaré con el film citado en primer lugar.

La obra de David Cronenberg, centrada en las sorprendentes peripecias del matrimonio Ballard, explora durante 95 impactantes minutos una manifestación de la sexualidad que a simple vista puede parecer patológica: la fusión de la carne con la tecnología. En la película, los accidentes de coche funcionan como estimuladores de un deseo sexual adormecido y que busca mayores retos para desplegarse. Pero estas conductas no son tan patológicas como puede parecer en un principio, pues en realidad implican a todo ser humano aparentemente normal. La diferencia entre lo considerado normal y lo calificado como anormal en este caso es únicamente de grado, no de esencia; el potencial patológico lo tenemos todos en nuestro interior, pero no en todos los casos se despliega, pues requiere para ello de unas circunstancias determinadas. Todo esto se puede entender perfectamente a partir de la teoría del ‘deseo mimético’ del pensador francés René Girard.

La característica principal de la tesis de Girard (autor poco conocido en España pero de consolidado prestigio internacional), la que la hace tan particularmente reveladora, es la introducción de un tercer elemento en la dupla del deseo clásico, formada por el sujeto y el objeto del deseo. Según esta interpretación asumida mayoritariamente, todo deseo individual surge de la propia personalidad definida y diferente del sujeto, es decir, de una identidad primigenia e inmutable. De esta manera, todo sujeto sólo desearía lo que su específico interior le señala espontáneamente. Pero Girard rompe con este simple esquema dualista cuando introduce el tercer elemento citado: el modelo (figura del deseo ‘triangular’). El modelo funciona como el verdadero mediador del deseo del sujeto, revelándose de esta forma la naturaleza mimética del hombre y la volubilidad de sus deseos más profundos. Por tanto, en cada uno de nosotros existe la necesidad interna de desear (necesidad que funciona como vehículo identitario), pero no por ello esos deseos concretos son espontáneos, sino un reflejo de la conflictiva dialéctica sujeto-modelo. La gran mayoría de los deseos humanos, y sus posteriores conflictos, surgen de la ‘mímesis de apropiación’, es decir, de la voluntad de apoderarse de lo que confiere a determinados sujetos un estatus diferente y de dominio. El criterio del otro se convierte en nuestro criterio a la hora de definir nuestra personalidad, con lo que el proceso pierde en objetividad. Todo ello teniendo en cuenta, para mayor complejidad, que un sujeto puede funcionar al mismo tiempo como modelo y también como esclavo de otro sujeto que es su mediador. En esta espiral mimética enloquecedora nadie es capaz de alcanzar una verdadera autonomía y su existencia se limita a la vana persecución de ilusiones de dominio y a una lucha constante.

René Girard, como Denis de Rougemont en El amor y Occidente, define el deseo como un deseo del obstáculo. Ambos entienden que toda pasión se alimenta de los obstáculos que se le oponen y muere ante su ausencia. El sujeto pretende la autonomía a través del obstáculo que le supone el mediador, pero la paradoja es que esta voluntad de autonomía engendra una realidad esclava y dependiente de la que ya no se puede escapar una vez se entra en ella. Toda esta espiral delirante transfigura la realidad psicológica de las personas implicadas hasta el punto de que para ellas lo más destructivo acaba pareciendo lo más verdadero.

En definitiva, la ‘maldad’ humana, nuestra agresividad más conflictiva, según la tesis girardiana, surge básicamente de nuestro propio interior y es común a toda la especie, no respetando su verdad ninguna diferencia cultural. Toda violencia de aniquilación se articula a partir de nuestra conflictiva naturaleza mimética. Este pesimismo antropológico distancia a la obra de Girard de creencias rousseaunianas que predican la bondad individual y la culpabilidad social, sentir mayoritario en el pensamiento contemporáneo occidental. Pero leyendo a Girard se comprende que el simple desvincularse de la servidumbre que representa la norma social no conduce a un mayor grado de libertad, sino a una servidumbre todavía más opresiva: la que imponen los imperativos elementales de la condición humana, su ‘polemos’ esencial, su innato sentido de la agresión, su inherente masoquismo y sadismo. Como nos recuerda la polémica ensayista norteamericana, Camille Paglia, todo postulado ilusorio y angélico sobre la condición humana consigue potenciar lo que en principio pretende condenar: “todos los caminos que salen de Rousseau conducen a Sade” (Sexual Personae, pág. 43).

El universo de Crash es netamente ‘girardiano’. Es un mundo en el que los individuos, con la caída de las jerarquías clásicas, ya no tienen referencias de orden heredadas a partir de las que dirigir su existencia y la búsqueda de nuevos modelos enloquece sus vidas, presididas por la angustia y una constante persecución. El matrimonio Ballard (James Spader y Deborah Unger) tiene dificultades para alcanzar el orgasmo y no se siente lo suficientemente motivado en su deseo. Ante el acecho del sinsentido de su nada particular, desean desear (como afirma Nietzsche en La genealogía de la moral, “el hombre prefiere querer la nada a no querer”. Antes desear algo, aunque sea destructivo para uno mismo, que el simple no desear. Resumiendo: el sentido por encima de la simple existencia). Ambos personajes se encuentran en un nivel de evolución de su deseo a partir del cual ya sólo la muerte puede satisfacerlos.

Una de los elementos más perturbadores de la película de Cronenberg es la naturaleza del grupo de desarraigados que exploran su sexualidad y buscan un sentido a sus vidas a partir de las catástrofes automovilísticas. En realidad se trata de un auténtico culto sacrificial organizado alrededor de los accidentes de coche, en el que los oficiantes son las propias víctimas. Una de sus actividades, por ejemplo, consiste en recrear accidentes en los que fallecieron estrellas de los medios de comunicación, como es el caso de James Dean, Jayne Mansfield, Albert Camus o Grace Kelly. La mayoría de estas celebridades accedieron al status de ‘estrella inmortal’ paradójicamente al matarse con sus coches, es decir, gracias al poder sagrado que la muerte ha tenido siempre en todas las sociedades humanas. Con cada accidente nuestros personajes tratan de conjurar la muerte con la intención de extraer de ella la fuerza necesaria para volver a poner en marcha un deseo paralizado y unas vidas rotas y desconectadas de todo. Este grupo de desarraigados necesita sentirse vivo de nuevo y de acuerdo a su lógica un accidente, tanto los ritualizados como los provocados en la carretera, no son acontecimientos destructivos sino creadores y liberadores de energía. Pero la muerte es el fin buscado, más tarde o más temprano, por esta forma de vivir la sexualidad. Como nos recuerda la citada Paglia, llevar hasta las últimas consecuencias el deseo sexual conduce al sadomasoquismo y es pura invocación a ‘thánatos’. El deseo, sin el control moderador de una ratio, tiene por único desenlace posible la destrucción.

El culto sacrificial funciona en Crash como una secta que no está unida por sus creencias, sino por pulsiones y necesidades urgentes, por el sexo y por la llamada infernal de la muerte; no por normas, sino por una obsesión imparable, una profunda y elemental interpelación. Pero como he dicho anteriormente, la evidencia de que no va a perdurar el grupo, pues su fin irremisible es la muerte violenta de todos y cada uno de sus miembros, se palpa a cada instante, tanto en la mente del espectador como en la de los protagonistas de esta tragedia. La finalidad, lo que los une, es la aniquilación, la autodestrucción como punto final de su experiencia vital. Y todo ello lo llevan a cabo con una frialdad alucinada e impactante, como si respondieran en realidad a una voluntad superior y no a la suya propia.

El grupo suicida está liderado por Vaughan (Elías Koteas), y de él forman parte: el piloto de carreras retirado Colin Seagrave; la doctora Helen Remington (cuyo marido muere en el accidente con Ballard); Gabrielle, chica multiaccidentada, que se mantiene en pie gracias a unas aparatosas prótesis metálicas y que en la parte trasera del muslo tiene una enorme cicatriz abierta de la que extrae insólitas posibilidades eróticas; y el matrimonio Ballard, James y Catherine.

Vaughan, que conduce un Lincoln del 63, negro y descapotable (el mismo modelo que dio sepultura a JFK en las calles de Dallas), es el personaje clave de toda la trama, pues su tenebroso carisma dirige los actos del resto de protagonistas. Vaughan posee las dotes de una divinidad infernal, semejantes a las del Dioniso de las ‘Bacantes’ de Eurípides, pues observa y se abisma en todo lo que la conciencia humana desea desplazar de sí misma, lo fija en fotografías y recopila éstas en un álbum perturbador, eje de su proyecto de reconstrucción del cuerpo humano mediante la tecnología. Maestro de ceremonias de los cultos fetichistas (la reedición del accidente mortal de James Dean, por ejemplo) y líder iniciático de los nuevos miembros del grupo, pone en marcha las pulsiones más elementales y las dirige contra sí mismas. Revela la verdad del deseo humano. Su citado proyecto en realidad no es otro que el del deseo mimético, del que él es una lograda figura, el modelo-obstáculo, el mediador enloquecido que también busca un modelo trascendente e inalcanzable con el que colmar su delirio.

Pero, a la luz de lo expuesto a partir de la teoría mimética de Girard, debe quedar claro que estos perturbadores personajes de Cronenberg no son en realidad diferentes a cualquiera de nosotros. Ellos simplemente han llevado las características que todos poseemos demasiado lejos, dirigidos por circunstancias contigentes, que son las que disparan la anormalidad final y espectacular de sus conductas. No hay, por tanto, en la película de Cronenberg el retrato de una anormalidad chocante, de una realidad ajena a nuestra naturaleza, sino su plasmación más extrema e incondicional. La estampa más fidedigna de nuestra parte más oscura, esa que no queremos ver ni mucho menos entender.

(publicado en Kiliedro)

25 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno. ¿Porqué no preparas uno sobre el cine de tavernier y techine? Chueta

Horrach dijo...

Hola chueta. Gracias, pero Tavernier no es santo de mis oraciones. Techiné me interesa más, sobre todo 'Los juncos salvajes', película que como ya dije me traumatizó la primera vez que la vi, a finales de los 90. De esta magnífica obra sí que me gustaría escribir algo, pero ahora estoy en una honda como más hardcore, más encaminada hacia obras más epatantes. Ya veremos. ¿Qué te interesa más de estos autores?

Otras de Techiné que me gustaron, aunque no tanto como la citada, es el caso de 'Los ladrones' y 'Mi estación preferida'. 'Alice y Martin' me parece muy floja, y la del camionero que pasa de Marruecos a España sólo la recuerdo por la chica judía que aparece, una monada (Azabal creo que se apellida).
Shalom!

Dianoia dijo...

Por fin recordé el título de la película israelí que te comenté: Las tragedias de Nina. El director es Savi Gabizon, y la protagonista Ayelet July Zurer (también salía en Munich. Un enlace:
http://www.filmaffinity.com/es/film213512.html

Shalom.

Horrach dijo...

Gracias, maestro.
Me suena el título, pero definitivamente no la he visto, aunque lo intentaré al confirmar que aparece la maravillosa Ayelet July Zurer, lo mejor de largo de 'Munich'. Ya decía Joe Sacco que las israelís tienen algo especial.
Shalom!

(por cierto: conozco a un Gabizón palmesano)

El Pez Martillo dijo...

Ah! La belleza semítica! La extendería también a la mujer árabe. Personalmente encuentro perturbadores esos rostros morenos, algo angulosos, con esas narices destacando. Será el atractivo de lo que nos resulta exótico, pero a veces uno presiente que guardan alguna sorpresa en la entrepierna (y no en forma de vagina dentata, precisamente).

Anónimo dijo...

Me refería a Los juncos salvajes y a los ladrones. También me interesa un pelicula china, 2046, creo que era, muy posmo. Chueta

procopio dijo...

no puedo seguir su ritmo, horrach. me quedé en el absoluto...

saludos.

estos días viene juaristi a alicante en una semana dedicada a los "judíos valencianos".

c´est la mode.

he leido que la revista Antrhopos tiene un número dedicado a Girard.

Horrach dijo...

Pez Martillo,

no me hable de bellezas exóticas, que me trae recuerdos algo complejos, como el de una a la que conocí hace dos años, una brasileña que era una fascinante mezcla física de brasileño y de mujer árabe. Mezcle en su imaginación a una belleza de las 1001 noches y a una garota de Copacabana y a ver qué sale.
Saludos.

Horrach dijo...

Chueta, de Wong Kar Wai mi favorita de largo es 'In the mood for love', que hoy presentaba JC Llop en Sa Nostra (mis obligaciones 'rabínicas' me han impedido asistir, una pena). La pega que tiene Wai es que apenas hay nada bajo su esteticismo recargado.

Procopio, no se preocupe, que no tenemos prisa ninguna en este blog, que no somos ni toreros ni ladrones.
¡Y muchas gracias por lo de Anthropos! Ni me había enterado de que le dedicaran un especial a Girard. Intentaré conseguirlo lo antes posible. Gracias de nuevo y saludos.

J. A. Montano dijo...

Tavernier? Por favor! Mantengamos un poquito el nivel! Nada de Tavernier ni de Michel Piccoli por aquí! Un respeto para el Subsuelo!

El Pez Martillo dijo...

Me encantó "In the mood for love". Tiene usted razón, muy esteticista, pero emocionalmente intensa. ¿Ha visto Chungking Express, también de Wai? Si no, se la recomiendo, aunque por lo que sé de sus gustos, no debe ser muy de su agrado.

Pasando a otras cosas, usted que sabe un poco de apellidos: ¿sabe si hay alguna relación entre los apellidos Girard y Ginard? A ver si al final Girard tendrá alguna clase de raíz mallorquina.

Horrach dijo...

Pez Martillo, de Wong Kar Wai lo he visto todo, incluida 'Chungking express', que no me desagrada, aunque creo que wai está sobrevalorado. De todas maneras, como dije ayer, 'In the mood for love' lo salvará para generaciones posteriores.

Sobre los apellidos que cita, no tengo ni idea de si Girard procede de Ginard, pero lo dudo, pues Girard es un apellido francés desde hace siglos.
(por cierto, para los futboleros: René Girard es también el nombre del capitán del Girondins de Burdeos en los 80)

Anónimo dijo...

Montano, no entiendo por qué te ries de mi. Si me gusta tavernier, ¿pasa algo? Chueta

J. A. Montano dijo...

Chueta, Tavernier es muy flojito, ¿no? Si le gusta, disfrútelo: pero sabiendo que es flojito. Aunque podría haber sido peor que le gustara Alain Tanner... ¿o es que también le gusta?

yi dijo...

Paso de Crash como pase de Noe. No insisto.

Pero si me llamo mucho la atencion lo que lei de Rene Girard, tu manera de describir lo que entendes que el dice.
Yo creo tener una idea bastante distinta del asunto. me parece excelente Girard pero creo que decia otra cosa. El domingo, con tiempo, me pongo a estudiar, y te comento lo que vi.

Un saludo,

yi

Anónimo dijo...

Paso de ti Montano. No sé quien te crees con tu soberbia. Chueta

Horrach dijo...

Yi,

tengo curiosidad por conocer tu interpretación de Girard. Soy todo oídos (ojos, en este caso), adelante. Saludos.

yi dijo...

Gracias Chueta. Muy Girardiano tu comentario., muy ilustrativo. Saludos.

Horrach dijo...

Chueta, no se enfade por favor, que Montano le está vacilando.

Si supiera las circunstancias en las que conocí al ahora amigo Montano... :=)

Saludos a ambos.

Horrach dijo...

(quería poner un guión entre los dos puntos y el final de paréntesis, pero el teclado ha enloquecido)

Anónimo dijo...

He tenido poca cintura, Horrach, pero acepto tu mediación. Aquí me siento cómodo y aprendo con lo que leo. No me gusta la sensación de que sobro ni que me tomen por tonto. Agradezco tus palabras. Chueta

Horrach dijo...

Hola chueta, me alegro que no se lo haya tomado a mal. Montano y yo venimos del blog de Arcadi y allí adquirimos unos vicios que incluyen de vez en cuando vacilar al personal, pero no hay mala fe en ello. De modo que celebro que siga con nosotros, es un placer por mi parte. Shalom!

yi dijo...

(Encuentro elementos similares a los metalogos de Bateson en esta exposicion. Lo cual espero condimenten mejor el mismo. Ojala.)

Primero que nada me considero al margen de la polemica que hubiere generado en su momento Crash. Ademas de aburrida me parecio... aburrida. Otro exito del marketing "crash", del choque a unos supuestos prejuicios, una vez mas sin talento.
Si como usted dice, aborda lo mas insondable del homo sapiens, es por el camino del sueño del espectador.
A mi gusto, para abordar lo insondable del ser humano, nada mejor que los archivos de la justicia, o mas a mano, las paginas de policiales, o ms amano, cualquier libro de historia, manual de medicina forese, etc. O el arte, algo a que Cronenberg no consiguio en este film.

No veo la supuesta ambivalencia en encontrar placer en el disfrute con la "maquina". Esa supuesta (falsa)normalidad, me parece mal sino poco explorada en la pelicula.
Quizas a mi me resulte ajena tambien esa distincion de patologico. Me resulta claro que es una cuestion de grados y agregaria que, fundamentalmente. es de contextos,
Tenemos usted y yo busquedas esteticas diferentes. Asi me disculpo por no encontrar ni teoria ni miedo ni chachara sobre estos bodrios chatos. Para mi el pecado mas pecado del arte es cuando aburre por su falta de talento, esa incapacidad de generar en el espectador una disolucion del yo conciente en lo que el autor pretende que crea.
Es algo que excede a la tematica. Es una funcion mas bien del narrador, del artista, del que cuenta, del que crea.
Exagerando mi posicion con un ejemplo, hay chistes que son excelentes, pero si quien lo cuenta es malo, no causa gracia. En cine, por ser un lenguaje, funciona igual. no son (solo) las tematicas sino como cuenta quien cuenta.

Atendiendo a lo que pareciera ser lo central en su analisis del film, y planteandolo en terminos girardianos, mi diferencia con su vision de la pelicula seria: "Si los protagonistas de la pelicula no tienen NADA que yo desee ¿donde esta la mimesis?".

Creo que esa es basicamente la cuestion que no entendi de su analisis. Por eso es que, no tanto que no entendi que la teoria de Girard era como la presentaba, sino que no termino de encontrar donde el espectador pueda desear tal situacion. Pueda aspirar a. Eso es lo que no entiendo, eso es lo que no me pasó.

Segun Girard, Quijote tiene su intento de apropiarse del modelo caballerezco, en su querer lo que Amadis de Gaula.Me pregunto por cuales elementos consigue Cervantes que el lector logre sumergirse en la historia, quedarse en ellos, incluso identificarse con el manchego.
En Crash no veo tal efecto, pero ademas, entiendo que es lo que le pasa a los protagonistas, pero me es ajeno. No me pasa. No encuentro mimesis.
Lo encuentro en "9 semanas y media". Como "futurible" es tan valido Crash, Amelie, Hijo del Hobre, o Melody. O "Mujer bonita" (se de un caso que es casi identico a tal pelicula).

1)"Cronenberg logra entregarnos un despiadado pero lúcido informe"(...)"Crash es una película que desde un primer momento trasciende su naturaleza como ficción para adentrarse en el ámbito del ensayo fílmico, pues plantea una arriesgada propuesta de análisis de los límites de la psicología y el comportamiento humano." Como ensayo me parece una pesima ficcion, si me permite ser menos eliptico.

2)"...sus directores adoptan un enfoque microscópico y descontextualizador, casi abstracto, para poder observar claramente casos concretos sin que en ellos incidan apriorismos ideológicos, morales o religiosos. En esa independencia se demuestra la verdadera autonomía de la obra de arte total...(...)...estos perturbadores personajes de Cronenberg no son en realidad diferentes a cualquiera de nosotros. Ellos simplemente han llevado las características que todos poseemos demasiado lejos, dirigidos por circunstancias contigentes, que son las que disparan la anormalidad final y espectacular de sus conductas. No hay, por tanto, en la película de Cronenberg el retrato de una anormalidad chocante, de una realidad ajena a nuestra naturaleza, sino su plasmación más extrema e incondicional. La estampa más fidedigna de nuestra parte más oscura, esa que no queremos ver ni mucho menos entender."

Lo de "obra de arte" es un eufemismo, segun mi parecer - y el suyo en "1)" -
¿Que tendria de deseable "ver el abismo"?. ¿Para que querria saber eso? Es una pregunta que ya dije que me hago. (en otro comm, sobre "Salo")

Si una pelicula no motiva, perdio a su espectador. Cervantes (tambien Erasmo) muestra mas claramente, es decir mas talentosamente, es decir, ganandose el interes del espectador, com quien sabe contar historias puede hacer, como Kubrick, la delgada cinta de la locura de la cordura.
¿Qu hay de deseable, que modelo mimetico en Crash ?Ahi es donde no encuentro el punto "girardiano".
"La estampa más fidedigna de nuestra parte más oscura, esa que no queremos ver ni mucho menos entender." Justamente, esa falta de deseo mimetico creo que es lo que principalmente desactiva la aplicacion del modelo girardiano a la pelicula y la que me habia provocado cierta perplejidad que deje expresada en el comentario anterior. Por eso crei que habia usted entendido mal la teoria y en realidad era que yo no entendia como se aplicaba. ahora que la pude leer con tiempo.

Saludos,
yi

J. A. Montano dijo...

Jajaja, Chueta: acabo de ver su última respuesta. Y la verdad es que tiene razón el anfitrion Horrach: venimos muy mal enseñados. Le pido disculpas si le he ofendido... aunque insisto que *por el bien de todos* (empezando por el de usted mismo) debe dejar de ver películas de Michel Piccoli.

koolauleproso dijo...

Me gustó la película, pero aún más la novela de Ballard en la que se inspira. Aunque se que comparar una novela y una película no deja de resultar un ejercicio bastante estéril: Comparar dos lenguajes distintos no conduce a nada.

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