jueves, 13 de abril de 2017

QUIERO SER VERIFICADOR

 (versión ampliada de la disección publicada hoy en El Mundo-El Día del Mundo)

Cuando se está en el paro demasiado tiempo no queda otra, si no deseas ensuciarte las manos liquidando a competidores directos, que interesarse por actividades curiosas que, por lo que sea, carecen de excesiva demanda. A ver, lo ideal desde un punto de vista lucrativo sería meterse a agente de futbolistas o a gurú de Més, pero detesto el fútbol y dudo mucho que los pesemeros aprecien demasiado mi depurado autoodi y mi cabal constitucionalismo.
Tendrás que seguir penando, me dije, hasta que esta semana se me ha encendido la bombilla: seré verificador. Pero no verificador de boberías de medio pelo, sino de acontecimientos impactantes como el terrorismo, que siempre transpira cierta épica. Quiero ser certificador de entregas de armas, con posibilidades de negociar algún atractivo cese de hostilidades, se trate de ETA, del sanchismo vs susanismo o de Luis Enrique contra el mundo.
Otra ventaja es que se trata de una labor muy bien remunerada y que, al realizarse en múltiples ocasiones, permite recaudar de forma prolongada. Porque ya he perdido la cuenta de cuántos desarmes ha anunciado ETA. Y los que quedan, pues en esta ocasión sólo ha entregado un tercio de su arsenal. Estamos ante una generosa donación de material bélico, un bello gesto ¡además reiterado! La cortesía es incontestable.


Vamos, que ser verificador se antoja un trabajo ideal. Y poco estresante. De hecho, no hay que hacer nada, sólo comprobar que otros hayan realizado lo suyo. Siguiendo el Manikkalingam style, bastaría con teñirse un poco la piel, raparse el cráneo y adoptar un cacofónico apellido ceilanés. Y a cobrar. Un jugoso dolce far niente con pedigrí buenrollista, además de benefactor de ancestrales causas tribales, y eso nunca está de más cuando uno viene de determinados vapuleos, demandas incluidas.
Tampoco parece que las compañías a frecuentar, los propios etarras, sean tan mala gente como aseguran algunos resentidos. Si un pederasta o un asesino de menores, como Miguel Ricart (condenado en el caso de las niñas de Alcàsser), ha tenido que esconderse en el agujero más profundo tras salir de la cárcel, pues su delito carecía de coartada ideológica, no sucede lo mismo con los ex-presos de ETA, que lucen orgullosos a la luz del día y son fogosamente agasajados por decenas de miles de amigos. Yo en la vida tendré tantos amigos como Inés del Río o Josu Zabarte, el carnicero de Mondragón, así que como verificador me conviene andar cerca de sus pasos, a ver si se me pega algo de ese don de gentes que les caracteriza.
Además, si se fijan un poco esto del crimen en masa tampoco es tan feo como lo pintan. Zabarte ejecutó a 17 personas, y por ello ha pasado 30 años en la cárcel. Poco más de un año por fiambre. La Del Río a 24; también 30 años. Valoremos en su justa medida la enorme generosidad de su comportamiento, porque, puestos a cumplir la misma pena, podrían haber liquidado a 50 o a 100, incluso a 200. Pero no lo hicieron, ni mucho menos. Porque son virtuosos artesanos de la paz. Es de justicia aplaudir su majestuosa mesura, su infinita moderación.

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