lunes, 10 de abril de 2017

LA CAÍDA


 (versión ampliada de la disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

     Albert Camus trazó en su obra un camino moral que han transitado después muchos otros: el paso que va del célebre El extranjero (1942) al menos leído La caída (1956). Al inicio de esa trayectoria, aseguraba Camus que no llorar en el funeral de la madre puede acarrearle a uno la condena a muerte. Olvidando un pequeño detalle: la condena a Meursault es ocasionada por el asesinato de una persona. Pero, en su empeño por condenar a los jueces (condenar a los condenadores) y deslegitimar su función, escenificaba un implícito doble juego, “una forma más compleja de fariseísmo” (René Girard).
Más perspicaz que El extranjero es La caída, donde dio un salto categorial con un personaje más complejo, el exitoso abogado Jean Baptiste Clamence, entregado defensor de “los de abajo” frente al poder ilegítimo. Ahí ya autocrítico con la figura del pontífice laico que se consagra a la liquidación sistemática de todo lo relacionado con la autoridad (que sería una figura de la alteridad, la otredad excluida, aunque sea discursivamente), y en consecuencia se abstiene de fiscalizar sus propios actos e intenciones, Camus presenta la historia de un impostor que, en su declive, y tras rememorar el suicidio de una chica en el Sena, hace examen de conciencia y desvela así una naturaleza menos amable: su interesada superioridad moral y su simplificador absolutismo. Tras su viraje, Clamence descubre que detestaba a los magistrados porque los veía como usurpadores: sólo él merecía ser el verdadero Juez Supremo.
Con esta historia que reflejaba su propia evolución personal, Camus pone sobre la mesa la paradoja del que prospera en el establishment satanizándolo hasta el tuétano, pues más que acarrearle graves riesgos personales al rebelde principalmente lo propulsa hacia el éxito social. No sucede siempre, pero sí que es una tendencia bastante generalizada. Como detalle curioso, al parecer fue Juan Carlos Onetti el que le sugirió el meollo de la historia en una carta que le remitió.
La mayor parte de nuestra vida se basa en automatismos. Inercias físicas (cuando uno va paseando por la calle, no se dedica a pensar cómo articula su zancada, qué pie va delante del otro. Y si lo hace, se frena, se detiene la acción o, al menos, pierde agilidad) y también mentales. Estamos programados, en pro de nuestro bienestar psicológico, para ser espejos de tópicos, fábricas de lugares comunes, vientres de homogeneidad. Pero el hábito mengua el aprendizaje producido por el contraste con lo real. Una autofiscalización honrada es imprescindible, como diría el recientemente fallecido Salvador Pániker, para dejar de ser un títere y convertirse en un ente concreto.
Pero no todas las caídas suponen un descenso del caballo, un replanteamiento lúcido y desinteresado. Al permanecer más apegados a una dimensión de creencia que de experiencia, muchas veces sucede que la caída, en su crispación, blinda todavía más el esquema paranoico, la clausura sobre lo propio, la prolongación del victimismo. Los Camus no abundan.

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