lunes, 10 de marzo de 2014

VEREDICTOS CONFUSOS

  (artículo publicado hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

La mañana del pasado miércoles nos despertamos con una noticia terrible y sorprendente: Europa es una ciénaga de machismo. Un estudio de la Agencia de los Derechos Fundamentales de la UE afirmaba que nada menos un tercio de las mujeres europeas ha experimentado algún tipo de violencia física, sexual o psicológica. Sin embargo, los responsables del estudio ponen sobre la mesa una paradoja que deja caer un serio interrogante sobre la totalidad del mismo: desconcertados porque haya más machismo en el norte (los Estados de tradición más igualitaria del mundo) que en los países del sur mediterráneo, interpretan que las mujeres escandinavas tienen una tolerancia menor (entienden más severamente lo que es una agresión), fruto de su adaptación a una sociedad donde rige la exigencia igualitaria.
Con este trabajo nos encontramos de nuevo con la vieja historia de no atender a la letra pequeña del contrato, porque casi todos han sacralizado sus resultados sin apreciar que no estamos hablando tanto de hechos probados como de declaraciones subjetivas (encuestas). Encadenados, como dije hace poco, a la pura declaratividad enunciativa, otorgamos el mismo valor a una percepción que a un hecho. Y no pretendo relativizar la violencia que siguen padeciendo muchas mujeres en Europa, pero sí poner en duda la dimensión del problema planteada en este estudio. Esto tiene que ver con nuestra hipersensibilidad contemporánea. Nuestros lamentos muchas veces se desgajan del bagaje de la historia y de la realidad de otras regiones actuales, y por eso nos parece que vivimos en un mundo infernal, cuando el confort europeo es el más alto de la historia, a la vez que los índices de violencia son los más bajos. Cuanto más ha evolucionado una sociedad, su modelo de exigencia se idealiza y deja fuera de foco el pasado o nuestros vecinos para enfrentarse a un ideal inmaculado por debajo del cual todo es miseria. A falta de verdaderos desastres generalizados, nos aflige más no alcanzar el culmen de nuestros sueños rusonianos.
Hace poco apareció un estudio similar que afirmaba que los homosexuales siguen siendo perseguidos en Europa. De nuevo, considerando sólo la susceptibilidad de los encuestados. No hay que infravalorar estas paradojas: en una dictadura nadie se queja, porque no puede, y un observador externo podría deducir erróneamente que reina en su seno una soberbia paz social. Pero en esos casos todo permanece ahogado por el miedo, y el machismo no se percibe. En cambio, una democracia es una explícita tensión continua, con roces y discusiones, enfrentamientos y recelos. Somos más sensibles y suspicaces, todo nos parece una ofensa. Entonces, todo es machismo y los hombres quedan en bloque bajo sospecha.

2 comentarios:

Aina Llucia Clar dijo...

Ciertamente, en una dictadura pocos perciben y tienen el valor de afrontar y enfrentar. Lo sabemos por nuestra historia casi reciente. Pero nuestro referente deben ser los derechos humanos, sostengo, y no las percepciones que se puedan tener o no tener en los regímenes dictatoriales. Considero que hay que mirar hacia adelante y hacia arriba, en cuanto a inspiración se refiere. Más derechos, más democracia, ergo menos machismo y violencia, sin atenuantes.

Johannes A. Von Horrach dijo...

Bienvenida al blo, Aina Llucia.

En cuanto a su comentario, estoy de acuerdo, pero añadiría un matiz: habrá más justicia cuando tengamos menos machismo criminal, pero también hay que decir, en la línea de mi artículo, que en ciertas ocasiones exasperamos la definición de machismo, montando una caza de brujas contra todo aquello que nos suene, aunque sea levemente, a ello. Y eso también lesiona la justicia y la democracia.

un saludo

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