jueves, 1 de agosto de 2013

VERANO MORTAL


[Dan comienzo hoy mis colaboraciones para El Mundo este agosto, a razón de un artículo por semana, cada jueves]


Detesto el verano mediterráneo. Opresivo y envilecedor, “el calor favorece el desarreglo, la suciedad y los populismos” (Arcadi Espada). Por eso, en estas fechas necesito evadirme, aunque la vía de escape adopte formas sombrías. En verano, el protector velo de lo cotidiano desaparece para dejarte a la intemperie. Todo lo que ya de por sí era dificultoso, en esta época se agrava: la soledad es más punzante, el hastío imposible de soportar, la agresividad más crispada. Todo pesa más.
Acabo el mes de julio leyendo en una cafetería de Pòrtol los nuevos números de la revista Adiós, un caso extraordinario de atención a la muerte, en tiempos tan huidizos y frágilmente hedonistas. Cada cierto tiempo, por obligación o no, me paso por el tanatorio del Bon Sosec para hacerme con los últimos ejemplares en papel, y recordar que somos mortales.
Sí, acostumbro a pensar en la muerte. En los fallecidos que he conocido, en lo que harían o pensarían en este momento presente. Siete meses después de la muerte de mi tío, el pintor Tomàs Horrach Bibiloni, lo veo huyendo de este calor infernal, refugiándose en su querido Saint-Malo. Tomàs subía cada mes de julio a su Citroen Picasso, y prefería conducir desde Barcelona hasta la Bretaña francesa antes de que estas temperaturas redujeran su humanidad a la de un superviviente de Auschwitz. Lo imagino ahora cerca del castillo de Saint-Malo, pintando la subida de la marea.
También imagino al poeta Jaume Pomar, a quien traté unos meses sirviéndole copas en la barra de una librería-cafetería palmesana. Jaume tenía un encanto especial, a medio camino entre la fina ternura y un sarcasmo demoledor. Tras dejar el whisky (prescripción médica), consagraba su paladar a descubrir las virtudes del buen vino. Tal vez hoy estaría saboreando de nuevo esa colección de tintos dedicados a su admirado Cesare Pavese. No le preocupaba morirse; decía que, al no tener hijos, nadie dependía de él. Era libre de seguir su camino epicúreo.
En medio de este sopor canicular, también imagino otras muertes recientes: la vegetación y la fauna de la Tramuntana aniquiladas por el fuego esta semana. En mi último paseo entre Andratx y Estellencs, no pude evitar deterner el coche en varios recodos del camino, para fotografiar esa magnífica frondosidad tan cercana a la ambientación de Twin Peaks. La ventaja de la muerte vegetal es que resurgirá de sus cenizas, aunque pasen años o décadas; sin embargo, de la muerte humana sólo queda el recuerdo de los vivos, y eso no es precisamente un atributo de la eternidad.

4 comentarios:

Pirene dijo...

Me ha gustado!

Nada que comentar, pero que sepas que por aquí ando.

Salud Dr.!

Johannes A. Von Horrach dijo...

Gracias Pirene por su atención y presencia. saludos

Phil Blakeway dijo...

Le leeré también allí.

Johannes A. Von Horrach dijo...

Gracias Phil, un placer y un honor, ya lo sabe. abrazos

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