viernes, 5 de agosto de 2016

INMERSIONES LETALES


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Sin darnos cuenta, tradiciones ancestrales están mutando a velocidad de vértigo dejándonos a la intemperie con una tristeza infinita. Entretenidos o ya carbonizados irreversiblemente con el insufrible vodevil de la(s) investidura(s), no percibimos que la sagrada costumbre del balconning ha sido desterrada por nuestros queridos guiris. Seguramente ha muerto de éxito esta práctica, tan veraniega como el posado real en Marivent. Cuántas noticias se consagraron a este arraigado ritual, cuántos informativos se regocijaban con las caídas al vacío de turistas ebrios en nuestros hoteles. Cuántas columnas advirtiendo de la llegada del Apocalipsis ante este autogenocidio guiril, la pérdida de la dignidad, blablabla. Todo eso se ha disuelto como lágrimas en la lluvia, que diría el replicante.
O, más bien, lágrimas en el mar. Porque este año ya no está de moda romper la barrera del sonido cayendo de un quinto, como un Baumgartner sin paracaídas pero con un gintonic en la mano, pues pega con fuerza la inmersión extática en el mar: refocilarse con la Pachamama y quedarse absorto en su salino líquido amniótico hasta el fin de los tiempos. Desconozco si la buena nueva se ha extendido por hoteles y apartamentos, pero la multiplicación de casos está alcanzado cotas bíblicas, el ejemplo cunde para pasmo de incrédulos y distraídos. Hay días de esos que convocan la práctica epidémica de la inmersión encadenando varios ahogamientos. Incluso puede que entre la escritura y la publicación de este texto ya haya más víctimas.
Según datos oficiales, en lo que llevamos de 2016 han sido nada menos que 20 los ahogados en Baleares, y casi el 90 % son extranjeros. En Galicia directamente lo petan con 46, seguida de cerca por Andalucía con 42. Pero fíjense en el detalle, meritorio para nuestros intereses, de que esas comunidades cuentan con un mar tan embravecido como el océano Atlántico, mientras que nosotros tenemos que conformarnos con el manso y domesticado Mediterráneo, dato que otorga mayor relevancia a la calidad intrínseca de nuestras inmersiones letales.
Es tal la furia anti-turística que se ha despertado entre nuestra virtuosa autoctonía, que en mi propensión a la paranoia he llegado a sopesar si no estarán los más lanzados de este entusiasta sector aniquilando uno a uno a nuestros visitantes, desprevenidos y relajados en aguas mediterráneas. ¿Qué papel jugarían en dicho plan esos emisarios fecales que la Emaya de Truyol no es capaz de arreglar, ocupada como está nuestra estelar concejala en delatar falsamente a borbones de tercera división para después decir que ella no ha sido?

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