lunes, 4 de junio de 2007

ORIGEN, ESCISIÓN, DESARRAIGO


El origen del hombre es la escisión. Lo inicial es ya carencia (no carencia de algo, sino el carecer mismo), un faltar esencial que no puede definirse en objeto de ningún deseo, lo que implica que nuestra naturaleza se asienta sobre un estado de permanente necesidad, angustiosa en su insatisfacción fundamental.

Este vacío esencial nos impele a buscar, a movernos en dirección a un algo que por sí mismo no puede colmar nuestro desear. Aquello que buscamos y la manera que manifestemos a la hora de obtenerlo es algo que ya escapa a ese momento primero, a esa negatividad originaria (dice una letra de Javier Corcobado, que “lo que nos mueve es el hambre, no el alimento”, y aquí está clave del desear humano).

No se trata sólo de que el hombre intente encontrar una respuesta a esa necesidad esencial, sino que, más importante, su proyecto principal consiste en plantear la concreción de ese estado de necesidad, esto es, de formular ‘la pregunta’ que intente expresar y encauzar el caudal incontrolable que eclosiona en/con la escisión originaria.

Se busca el arraigo y una idea de totalidad precisamente porque partimos del más esencial desarraigo y de la ruptura más medular. De la cosa separada y concreta en su particularidad se remite a la totalidad, que daría sentido a cada una de esas cosas concretas (con esta operación las cosas concretas quedan ‘desarraigadas’ de su esencia particular para adquirir otra más general). Para que pueda haber arraigo, es necesaria la clausura; es más, entre ambos, entre clausura y arraigo, existe un vínculo ontológico. Lo que se busca es el final de toda búsqueda, un anclaje en un punto determinado que se pretende distinto (por necesario) a cualquier otro punto del trayecto, cuando en realidad todo punto es igualmente contingente. Huimos del buscar esencial, como nos negamos a considerar la heideggeriana pregunta por el Ser.

La única manera posible de asumir verdaderamente la escisión, es decir, no siendo devorados por ella (en la forma indirecta de la proyección desviadora), es reconociendo que esa sutura no puede cerrarse, porque su ‘darse’ es algo ya siempre superado, siempre previo a cualquier momento en el que deseemos instalarnos. Hay una distancia (que no es una distancia concreta o cuantitativa entre dos puntos, A y B, pues eso estaría abocado a lo contingente y arbitrario, lo que haría intercambiables los elementos de la operación distanciadora. Se trataría, en realidad, de una distancia esencial) que nunca podrá superarse, pues es la posibilidad misma de que dicha separación se dé y que no podemos hacer algo respecto a ella.

viernes, 1 de junio de 2007

VOCABULARIO: 10. TRASCENDENCIA


La trascendencia es un concepto plenamente ‘metafísico’ (entendiendo metafísica no en su sentido meramente vinculado a la disciplina filosófica del mismo nombre, sino al operar del saber occidental, no sólo filosófico), es decir, propio de los sistemas nihilistas o expiatorios que han analizado Heidegger o Girard; parte de una concepción fija de la esencia humana determinada como subiectum normativo. En su elevación de un ente a una dimensión superior (que no pertenece al Ser, aunque se pretenda), es decir, en su concepción de un ente supremo como principio superior, implica un no escapar a la dimensión óntica que se pretende superar, ya que el movimiento del trascender mismo no es más que una voluntad de asegurar lo propio, mediante el feedback (‘retroacción’) o vuelta atrás que genera implícitamente. Como apunta Heidegger, el trascender es un sobrepasar que vuelve sobre lo ente. Lo importante no es tanto el punto hacia el que señala el impulso de la trascendencia, sino el impulso mismo que la determina. Entender que esta ‘necesidad metafísica’ (como lo que es, huida del Ser) es algo propio de la trascendencia misma, eso es lo decisivo.

La figura máxima de la trascendencia es el círculo: como sucede con el término 'revolución' (según su etimología originaria, es decir, astronómica), parece que implica un avance y una progresión, cuando en realidad su movimiento se caracteriza por una inmovilidad esencial, un volver siempre al punto de partida, un cierre del y en el movimiento circular, que es lo que se trata de justificar y consolidar. Se produce un ocultamiento esencial bajo la apariencia del desvelamiento. Por tanto, en la trascendencia no hay ‘paso más allá’, sino que ni siquiera hay paso, no se avanza; todo se articula a partir de una dialéctica que no se mueve de lo propio, la esfera del sujeto. Esta concepción metafísica de la trascendencia no sólo implica a la filosofía, sino que también ha dirigido la dinámica religiosa de nuestra era.

Para Heidegger, este ‘sobrepasar’ del movimiento de la trascendencia sería incluso la metafísica misma, pues su idea básica es la del 'superar algo', es un ir más allá de este algo tomando a este como referencia fija e incuestionada; por tanto, lo que se pretende superar se da por supuesto, como algo incuestionado e incuestionable. Tampoco hay que olvidar que la dinámica metafísica es, por otra parte, puramente antagónica, siempre representándose a partir de aquello que enfrenta y de aquello que es enfrentado. La metafísica se despliega como ‘voluntad de sobrepasar’ que olvida el camino que permite el despliegue. Pero sólo gracias a ese olvido podemos conocer la esencia nihilista de la Metafísica. Dice Heidegger: “sólo porque la pregunta ‘¿Qué es metafísica?’ piensa de antemano en el sobrepasar, en el trascendens, en el Ser del ente, puede pensarse el No del ente, aquella Nada que con igual originariedad es lo mismo que el Ser” (Hacia la pregunta del ser, en Acerca del nihilismo, ed. Paidós).

Antes que intentar superar el nihilismo, deberíamos penetrar en su esencia, en cuestionar aquello que la metafísica da por cierto y, por tanto, como punto de partida. De ahí que Heidegger, en oposición al ‘más allá de la línea’ de Jünger, opte por el ‘sobre la línea’ en su enfoque de la problemática nihilista.

martes, 29 de mayo de 2007

LA MOMIA IRT-HOR-RU


Primer plano del rostro envuelto en pergaminos del joven egipcio Irt-Hor-Ru, convertido prematura y anacrónicamente en momia hace unos 2.000 años y que descansa en el antiguo recinto del Seminario de Palma. La muerte velada por el cristal y por el pergamino. La muerte como presencia (una presencia macabra). Me ha sucedido en diversas ocasiones que me impresiona más ver la figura cubierta y opaca de un cuerpo muerto que los rasgos concretos y definidos del cadáver. Es como si lo simbólico tuviera un mayor alcance para mí, un poder intimidante más profundo. Y como lo simbólico tiene una esencia sustitutoria (también proyectiva), tal vez perciba en el despersonalizado cadáver un asomo del Yo, que ve abrirse ante sí el hueco insondable de lo tragado por aquello que no podemos nombrar. Como si el cristal no fuera otra cosa que un espejo. Algo así.

(Para quien tenga ganas de regodearse en lo macabro, la imagen también puede ampliarse notablemente si se 'clicka' sobre ella)

sábado, 26 de mayo de 2007

EL MUSEO BÍBLICO


El Museo Bíblico, seguramente el más misterioso de Mallorca y sin duda uno de los menos conocidos, está a punto de cumplir un siglo de historia. La poca gente que sabe de su existencia lo conoce como 'el museo de la momia', por la momia egipcia que alberga (foto, que se amplía al clickarla), aunque muchos de ellos no lo han visitado nunca, lo que es una pena, porque no tiene nada que envidiar a otros más conocidos. El padre Paco Ramis, el principal responsable del lugar, es quien, con su enorme erudición, se encarga de guiar a los visitantes mostrándoles los misterios y hallazgos que alberga este museo que sólo abre sus puertas a las visitas concertadas con antelación.
El enclave para este recinto resulta muy adecuado, en pleno barrio antiguo de Palma, en el edificio del Seminari Vell, rodeado de las angostas y centenarias calles que formaron parte del Call (barrio) judío de la ciudad. Me enteré hace un tiempo que el Museo Bíblico fue creado en 1913 por el obispo Pere Campins y por el rector del seminario, el padre Bartolomé Pascual Marroig, y la idea que lo puso en marcha fue muy clara: dar a conocer el entorno cultural e histórico en el que surgió la Biblia. En esta labor fueron estimulados por el Papa Pío X, cuya carta de apoyo a la idea forma parte de las piezas de la colección. El museo no sólo tiene una función divulgativa para el público en general, sino que también es un ámbito de estudio de la Biblia por parte de los nuevos seminaristas y un centro de investigación en el cual se traducen y analizan los restos arqueológicos albergados en el lugar y se publican los resultados en revistas especializadas. El material que alberga el lugar alcanza a 11 idiomas diferentes, algunos de ellos completamente olvidados ya hace siglos: latín, griego, hebreo, arameo, egipcio, ugarítico, siríaco, hierático, demótico, jeroglífico, acádico y neosumerio. Todos ellos han sido descifrados y traducidos por Paco Ramis.
El centenario museo alberga 750 piezas originales y se divide en cinco secciones diferentes, aunque todas están reunidas conjuntamente en la misma sala:
1. La parte de ciencias naturales, donde se exhibe una muestra de un herbario de Palestina, junto a una colección de minerales de la misma región.
2. La de egiptología, que consta de la momia, colecciones de sellos, ungüentarios y papiros.
3. La de asiriología (es decir, de la antigua Asiria): maquetas y tablas cuneiformes.
4. Israel: historia del antiguo Israel, vitrina de la Biblia, maquetas de ciudades de la época, etc.
5. Iglesia antigua de Mallorca: con piezas de iglesias de los siglos III y IV.
El objeto estrella de este museo tan especial es, sin duda alguna, la momia egipcia del siglo I a.C., regalada por el Mandato Británico, y que pertenece a la última Dinastía. Su cuerpo, vendado con páginas del Libro de los Muertos, se exhibe dentro de una vitrina de cristal junto al sarcófago que lo albergaba. Conocemos detalles de la vida del hombre momificado gracias a los jeroglíficos del citado sarcófago, descifrados por el propio personal del museo, con Paco Ramis a la cabeza: se trata de un joven de 16 años, de nombre IRT-HOR-RU, cuya momificación debió ser una especie de premio honorífico, dado que en esa época estos rituales eran una costumbre decadente. Frente a la vitrina de la momia se ofrecen a la vista una colección de papiros egipcios de la época del Imperio Romano (Imperio Medio), pertenecientes al Libro de los Muertos, que son los más antiguos que hay en España.
Justo en el centro del recinto museístico puede verse una vitrina en pared de considerables dimensiones dedicada a la Biblia, en varios formatos: una Torah (el Pentateuco de la Biblia) en pergamino de la Edad Media, donada por el pueblo judío en 1946. También podemos observar en la misma vitrina varias Torah en tamaños mucho más reducidos, unas biblias políglotas (en latín, griego, arameo, hebreo y siríaco) y un facsímil del ‘Códice Vaticanus’, el Nuevo Testamento en griego cuya copia original del siglo IV, la más antigua del mundo, se guarda en el Vaticano. A un lado tenemos también una ‘mennorah’, el candelabro judío cuyos siete brazos deben estar encendidos cuando se lee el texto sagrado.
La pieza más importante para Ramis, arqueológicamente hablando, es una de cerámica que data nada más y nada menos que del 6500 a.C., es decir, de la época del Neolítico Cerámico. Junto a esta joya que es anterior al torno, se sitúa otra pieza de cerámica milenaria, concretamente del 3500 a.C., perteneciente a la época del Bronce Superior. En una vitrina cercana podemos ver otra pieza milenaria, concretamente una punta de flecha de hueso de animal que data del Bronce Antiguo, del 4500 a.C. Estos tres objetos son con mucha diferencia los más antiguos de todo el museo. Otros objetos muy valiosos que pueden ver todos los visitantes son, entre otros, el único fragmento que queda en Mallorca de la iglesia de Cas Frares de Santa María, basílica paleocristiana descubierta a inicios del siglo XX y que es la más antigua de Mallorca (siglo IV). También hay que destacar unas tablas cuneiformes egipcias, que datan del 2300 a.C., que llevan inscritas oraciones y plegarias en las que se pide la ayuda de los dioses. Pertenecen a la época neosumeria, es decir, a la III Dinastía de Ur, ciudad mítica de la Biblia por ser la cuna del patriarca Abraham.

miércoles, 23 de mayo de 2007

TEORÍA MIMÉTICA (7)

HOMOSEXUALIDAD

La teoría mimética girardiana tiene diversas prolongaciones, algunas de ellas sorprendentes en un primer momento. Una se refiere a la homosexualidad, al menos la que se manifiesta al margen de causas 'biológicas', pues Girard no pretende en este caso analizar la esencia de la homosexualidad (en la teoría mimética no hay esencias de ningún tipo; todo son determinaciones provocadas por el efecto que la escisión provoca en el sapiens/demens), ni tampoco una supuesta identidad sexual, sino determinadas manifestaciones del homoerotismo.
La lucha que el sujeto lleva a cabo con su modelo-obstáculo, el amor/odio que experimenta por éste, lo introduce en una dinámica agónica, en la que, como ya se ha dicho, el objeto deseado (en teoría, lo que determina la pugna entre sujeto y modelo) se deja de lado en privilegio de la pugna misma entre uno y otro contendiente. El verdadero objeto de deseo es el modelo, y como el mismo modelo, para sujetos masculinos, suele ser un hombre (ya que se busca en el otro a un ‘igual’ al que se desea suplantar), y como esta pugna mimética implica inevitables derivas sexuales, la relación homosexual puede desarrollarse en cualquier momento. Del deseo de suplantación se pasa fácilmente al deseo de posesión:
“El modelo-rival, en el terreno sexual, es normalmente un individuo del mismo sexo por el hecho de que el objeto es heterosexual. Así pues, toda rivalidad sexual es estructuralmente homosexual. Lo que nosotros llamamos homosexualidad es la subordinación completa, en esta ocasión, del apetito sexual a efectos de un juego mimético que concentra todas las fuerzas de atención y de absorción del sujeto en el individuo responsable del double bind [‘doble vínculo contradictorio’, por ejemplo, el amor/odio es un double bind], el modelo en cuanto rival, el rival en cuanto modelo”.
La fuerza del mimetismo humano (como ya se ha dicho, es distinto del mimetismo de otras especies) nos conduce a terrenos diversos. Uno de los más frecuentados es el de la sexualidad, pues en toda dinámica deseante (aunque el objeto no tenga connotaciones sexuales) hay elementos estructurales eróticos. La emulación tiene mucho de seducción y erotismo, el desear también. Por tanto, si Girard tiene razón y lo que más deseamos es el modelo de nuestros deseos, un ser concreto y material, no es difícil entender que la dinámica mimética nos puede conducir en ocasiones a situaciones de contenido homosexual.
En el mundo del arte (teatro, literatura, poesía, ...), caracterizado por la emulación de modelos de los que siempre se niega la dependencia (se da lo que Harold Bloom llama la “ansiedad de la influencia”) podemos ver con cierta frecuencia este tipo de homosexualidad provocada por el particular mimetismo humano. Por ejemplo, en la Grecia clásica la homosexualidad se producía en este contexto de cercanía y mimetismo de las grandes personalidades del pensamiento (ya se ha referido George Steiner, por ejemplo, al vínculo entre educación y erotismo, pues en ambos está presente la seducción).
En los simios, cuando un macho abandona la pugna por una hembra, parece como si el derrotado se insinuara a su rival. Pero nunca se llega hasta el final, como si sucede o puede suceder con el hombre. Dice Girard que “si no hay ‘verdadera’ homosexualidad en los animales es porque en ellos el mimetismo no es bastante intenso para dominar de forma duradera el apetito sexual inclinándolo hacia el rival. Sin embargo, es ya lo bastante intenso, en el paroxismo de las rivalidades miméticas, para esbozar esta inclinación”.
También encontramos pistas en las formas rituales: “la homosexualidad ritual es un fenómeno bastante frecuente; se sitúa en el paroxismo de la crisis mimética y la encontramos en ciertas culturas que, al parecer, no dejan ningún lugar a la homosexualidad fuera de los ritos religiosos”.
También sucede a veces con el canibalismo, que se practica sólo dentro del espacio ritual. En este caso el contexto sería ‘alimenticio’; en el otro, ‘sexual’. Todo es parte de un único y mismo proceso, el mimético-sacrificial.
Imagen: pertenece a una película del director gay Bruce LaBruce. En realidad pretendía colgar esta otra imagen, también de una obra de LaBruce, pero no quiero pasarme. En cualquier caso, en ambas vemos la misma situación: una devota felación practicada a un hombre con el rostro cubierto, retrato de ese fantasmal mundo nuestro que es el del deseo mimético. Estampas de veneración llevada hasta el extremo descrito por la tesis girardiana.
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