lunes, 13 de febrero de 2017

SIENTO, LUEGO EXISTO


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Este mes el profesor Manuel Arias Maldonado presentó en Palma su minucioso y reflexivo ensayo La democracia sentimental. Una obra especialmente recomendable en épocas vampirizadas por la emotividad estéril. En el turno de preguntas, me animé a lanzar una de las cuestiones que más perplejo me dejan: ¿Cómo puede ser que en un contexto cada día más complejo, con conocimientos sobre la mesa que nos obligan a ser más sofisticados y sutiles que nunca, lo que proliferan son las simplificaciones tajantes, cuanto más burdas más efectivas? Las trivializaciones dogmáticas se han adueñado no ya de las motivaciones de la ciudadanía sino de los grandes centros de poder.
Soy consciente que no se trata de algo exclusivamente moderno, pues nos acompaña no sabría decir muy bien desde qué momento pero en cualquier caso es muy lejano. Es una desgracia que estando en el momento de la historia en que el conocimiento es menos costoso, manifestemos disparates tan orgullosos y atropellados. Que siendo la época con más información a mano, estemos tan sobradamente desinformados. Aunque obligados a la complejidad, gana terreno el asilvestramiento, hasta el punto de desear y promover decisiones irreversibles. Como el golpe de mano del Brexit, un caso crucial que se estudiará en los libros de texto.
A veces lo que nos mata es el éxito, o ciertas consecuencias del mismo. El caso es que los individuos no están al nivel de los grandes hallazgos que han sedimentado históricamente. Tal vez por la idea de que todo nos vendrá dado desde fuera, síntoma de que el principio de autonomía individual cotiza más a la baja que el pellejo de Errejón.
Una de las cosas más simplificadoras de nuestro debate social consiste en liquidar la política. O jibarizarla al máximo. Unos se consagran a la tarea, como es el caso del PP, anestesiándola, vaciándola de contenido, convertida en decisiones supuestamente mecánicas. Este enfriamiento del proceso es ideal para que luego uno pueda dedicarse tranquilamente a tareas más satisfactorias, como la rapiña. Ya sea a la manera legal de Montoro, o a la de su compadre Rato y los chicos de la Gürtel.
Otros son más divertidos, como Podemos. Estos salivan por una relación directa con las cosas que desde Kant, incluso desde Platón, sabemos que no es posible. De ahí su empeño pueril por manejar los asuntos sin mediaciones, distanciamientos o instituciones, inspirados en una suerte de dudosa idea de autenticidad. Por eso necesitan dictarnos cada paso de nuestras vidas. Como el Consell y su fatwa contra el día de San Valentín. El tripartito ha sancionado las “relaciones tóxicas”, y sin duda saben mucho del tema: su ponzoñoso ménage à troi es el mejor exponente de ello.
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