lunes, 11 de noviembre de 2013

PASADO MÍTICO

                                (artículo de hoy aparecido en El Mundo-El Día de Baleares)

Uno de los tópicos más recurrentes de nuestro tiempo acostumbra a sentenciar que “todo pasado siempre fue mejor”. No suele nacer de un cierto espíritu crítico sobre la situación presente, sino que tiene más de aquel sentir que se entrega a una nostalgia exagerada, llegando al caso incluso de divinizar aquello que no se ha vivido. ¿En qué sentido el pasado siempre fue mejor? Probablemente en ninguno, ni siquiera en estupidez. Cuando decimos cosas de este estilo lo que hacemos es seleccionar de otras épocas aquellos concretos elementos que nos interesan, los aislamos de su contexto y nos inventamos a su alrededor un mundo a la medida de nuestros deseos y limitaciones. Pero esa visión del pasado no es más que el reflejo del ideal: todo está en potencia, nada se ha desarrollado. Realmente es una experiencia adolescente, porque no se consideran los costes que implica toda decisión, el desencanto ineludible de cada momento vital y que algo siempre queda por el camino.
Sin embargo, pocas cosas son mejores que las de hoy: la tecnología, el alcance de la cultura, las posibilidades de viajar a cualquier rincón del planeta, la eficiencia sanitaria, la riqueza de la gastronomía, etc. Hace un tiempo se lo pregunté al enólogo Mauricio Wiesenthal, en un curso sobre el vino: nunca en el pasado pudieron disfrutarse caldos tan fascinantes y complejos como los que se pueden hacer hoy en día. Lo mismo podríamos decir de whiskies, coñacs, oportos o habanos. Por no hablar de las posibilidades que nos aporta internet. Nunca tanta gente vivió mejor que ahora, incluso si tenemos en cuenta la Crisis. Y no hay complacencia en ello sino constatación comparativa, porque eso no implica que se pierda el sentido crítico con el presente, pero sin caer en la simplona angelización de lo pretérito, fruto de una especie de pensamiento mágico que idealiza resentidamente aquello que escapa al ahora.
La mirada reverencial hacia el pasado también está en la base de toda forma de nacionalismo, que por algo nunca ha sido un movimiento modernizador. El nacionalismo sacraliza el origen, el suyo propio que puso en marcha (en la realidad o en la ficción) el proyecto en el que se halla inmerso. Su versión de lo originario es un momento de pureza absoluta que trata de abrirse paso entre la despreciable competencia de los otros; una forma de resolver la complejidad del mundo reduciéndolo a unos pocos principios inatacables. Así, se vive en el pasado para adecuar el futuro a su influjo jibarizador. Porque la idealización del pasado, cuando no es fruto de la tontería, lleva dentro de sí el huevo de la serpiente.

2 comentarios:

Phil Blakeway dijo...

No sé si llamar (solo) enólogo a Wiesenthal esconde algún ánimo avieso. Por lo demás es algo que me ha ocupado más de una conversación con Tsevarabtan, lo del aforismo comentado.

Johannes A. Von Horrach dijo...

Ni mucho menos, Phil, hay "ánimo avieso". Pero es que si tengo que poner todas las cosas que ha hecho o ha sido don Mauricio... se me iría medio artículo, y tengo un tope, claro.

un abrazo

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