domingo, 16 de enero de 2011

SOBRE LA RELACIÓN CON EL OTRO (Y ETA)


Perdiendo un poco el tiempo en el Focoforo, concretamente en un hilo dedicado a la tregua de ETA, me dedico a desviar la cuestión hacia un punto que me parece decisivo e importante si se pretende normalizar la situación en el País Vasco: ¿Qué sucede con los exiliados que tuvieron que marcharse debido a la violencia etarra y a la presión nacionalista? Eso, curiosamente, encrespa los ánimos en el foro (¿Qué problema hay en 'el país de la discriminación positiva' para que aquellas víctimas de ETA que se vieron obligados a abandonar su tierra tenga facilidades para volver una vez que la banda armada haya desaparecido como tal?).

Al final de la discusión con varios foreros cabreados, aplicados apóstoles de la falsa equidistancia (en este caso entre la democracia española y la propia ETA), se plantea la relación con el otro, la necesidad imperiosa de mantener con ese otro una relación de generosidad y de apertura. Uno de ellos pretende llevar el 'respeto al otro' (en este caso el otro es ETA y el nacionalismo vasco en general) a un extremo casi reverencial, de entrega suicida (casi diría que al más puro estilo de Simone Weil con su interpretación radical del cristianismo como entrega incondicional al otro, si no fuera porque entre el energumenismo que practica este sujeto y la finura intelectual de Weil no hay relación alguna). Pero no acabo de verlo claro, primero por cierto escrúpulo moral (no me parece que claudicar ante ETA y conceder al nacionalismo vasco la hegemonía ideológica en Euskadi sean soluciones dignas y responsables), y después mediante una reflexión más teórica, de principios. Porque una cosa es respetar al otro (requisito indispensable en un sistema democrático, pues todo sistema dictatorial se plantea a sí mismo como proyecto de apuntalamiento y aseguramiento de lo propio, y eso implica necesariamente la negación del otro, la prohibición del pluralismo. Pero, ¿qué sucede cuando ese otro, como es el caso etarra, niega toda reciprocidad y pluralismo? ¿Qué pasa cuando el otro tiene como finalidad principal a su respectiva otredad?), y otra cosa muy distinta es adorarlo como si éste, en su posición de exterioridad, poseyera la verdad absoluta. Además, sin exigirle a ese otro reciprocidad ninguna. Me recuerda a lo que escribió Ghandi en la prensa europea, con Hitler ya en el poder persiguiendo a los judíos, justo antes del inicio de la guerra; Ghandi no se dirigía a Hitler exigiéndole respeto al otro, sino a los perseguidos, los judíos, para conminarles a no enfrentarse a los nazis y más o menos dejarse sacrificar, porque así, supuestamente, conseguirían 'aplacar el corazón de la bestia'.

La cuestión, filosóficamente hablando, es ésta: siendo la experiencia humana una continua y múltiple relación de dualidades y una contienda entre oposiciones, una cosa sería el otro como aquella exterioridad que queda fuera de nuestra configuración de identidad propia (con sus correspondientes criterios esencialistas de verdad como certeza, el establecimiento de la clausura que blinda al yo de toda alteridad, etc.), y otra cosa es la otredad legal en la que se sitúa un asesino (o aquel que lo ayuda a realizar su labor, porque recordemos que, en jurisprudencia sentada por el juez Garzón hace unos años, ETA no está formada únicamente por los comandos que ponen las bombas o dan tiros en la nuca, sino por todo el entramado que lo sustenta y le permite realizar su labor, desde el chivato hasta el que consigue dinero, etc.). En estos casos la relación pierde toda ingenuidad de principios y tiende a rebajarse a una actitud puramente defensiva; la reciprocidad directa, en este caso, mientras la máquina del terror siga en funcionamiento, es abrir ingenuamente la puerta al exterminio, no únicamente del yo sino también de toda posibilidad de pluralismo.

Este tipo de relación-con-el-otro es la que caracteriza, por ejemplo, a una gran parte del pacifismo contemporáneo, aquel que tiene a Ghandi como modelo. Ya he indicado lo que entendía Ghandi por relación-con-el-otro: particularizar el foco moral sólo en una de las partes (curiosamente la victimizada), olvidándose de la otra, a la que no se considera sujeto ético y, por tanto, nada se le exige. Eso en el fondo es exactamente el mismo modelo del etnocentrismo de toda la vida, solo que intercambiando la jerarquía de los roles, pero entendiendo que la verdad está únicamente anclada en uno de los dos lados. Gran parte de la izquierda occidental (la tercermundista y proárabe, básicamente) bebe de esta idea que fundamenta una gran parte de sus posicionamientos.

Pero podría darse otro tipo de relación-con-el-otro que llevara más lejos la experiencia del fracaso de ambas vías (la del yo y la del otro), y que en consecuencia entendiera que la verdad no pertenece exclusivamente al yo ni tampoco al otro, sino que es algo que se juega en la misma relación entre opuestos. Y digo que se 'juega' porque es inherente a la movilidad de la propia relación y al sentido de la verdad (como aquello que no puede ser completamente apropiado), no se fija totalmente porque no le es dado fijarse. Aunque eso no signifique que una parte y la otra estén siempre a la misma distancia, es decir, que sean simétricas, equidistantes. Eso depende de cada caso, de cada puesta en juego de la relación misma, de cada planteamiento determinado de la relación en marcha. Los elementos que entran en juego en cada fase son muy numerosos, y eso implica que toda pretensión de esencializar un momento concreto como si fuera la categoría que define todo el proceso está condenado al error. 

PD: me he dejado un detalle importante en el tintero. Para que pueda relativizarse el anclaje tanto del yo como del otro, es necesario que se tome en consideración una otredad más amplia, no la del puro otro como prójimo, sino la de una otredad radical, absoluta, en el sentido de que nunca puede dejar de serlo. Es por tanto, una otredad inasimilable a ninguno de los dos extremos de la oposición, aunque debe siempre ser considerada para evitar el deslizamiento fatal hacia uno de los lados. Esta otredad superior es la que, en realidad, posibilita la propia relación entre yo y otro-prójimo.

4 comentarios:

Al59 dijo...

Va todo el texto claro y convincente y al final se embarulla (con perdón) un tanto. Precisamente el problema aquí es que no nos queda más remedio que tomar partido, por pura supervivencia, y en consecuencia dar por 'bueno' uno de los sectores en conflicto y declarar errado y criminal al otro. La teoría, claro, acude a sugerirnos, muy cabrona ella, que obrando así estamos diabolizando al adversario y divinizándonos a nosotros mismos (no hay lo uno sin lo otro); y sin duda es cautela que conviene tener (debemos conservar, y darle cierto peso, el punto de vista que podría tener un observador completamente externo), pero no excusa para abandonar sin más el campo al enemigo. Probablemente venga a cuento aquello de Nietzsche pasado por Savater: es posible aventurarse más allá del bien y del mal (de la toma de partido, pues), pero imposible vivir al margen de lo bueno y lo malo. Y tanto el nazismo como estos otros nacionalismos extremos o cómplices con los extremos son malos. Sin medias tintas ni zarandajas.

Horrach dijo...

La parte final tiene que ver con cosas que estoy trabajando de cara a la tesis, y que en principio son clave para replantear el trabajo de Girard. Reflexionaba sobre esta cuestión cuando tuve la enganchada con estos 'simpáticos' foreros y se me mezclaron dimensiones.

El caso es que estoy bastante en sintonía con tu apreciación, Alejandro. La relación de apertura con el otro no es apta para llevarla a cabo hasta el final en determinadas circunstancias especiales, por supervivencia propia y también para mantener la tensión de su posibilidad abierta, pues evidentemente ceder totalmente ante nazis o etarras implica, con su triunfo, que toda posibilidad de mantener una apertura con la otredad se disuelve del todo.

Pero, aunque se deba rebajar un tanto esta necesidad de apertura, debe mantenerse el referente de la otredad como algo posible, aunque se desplace hacia un futuro más normalizado. Olvidar ese horizonte, abandonar ese referente esencial, sí que puede provocar un endurecimiento en la propia dimensión de identidad hasta el punto de esencializarla.

Un problema, como analiza Girard, es que en el enfrentamiento uno pueda llegar a parecerse a su oponente, adoptar mimetizándolos sus principios antagónicos, y ese peligro se ha llevado a la practica en no pocas ocasiones durante la historia. Aquí tuvimos el episodio de los GAL, aunque se rectificó de alguna manera. Falta, eso sí, como digo al principio, algún tipo de apoyo y ayuda a los exiliados que tuvieron que marcharse de Euskadi, un colectivo muy torturado y al que la sociedad española ha dejado bastante de lado (en Mallorca hay algún exiliado, y concretamente conozco el caso de uno de ellos, y puedo decir que su experiencia ha sido brutal y terrible).

saludos

Sonja dijo...

"Porque una cosa es respetar al otro [...] y otra cosa muy distinta es adorarlo como si éste, en su posición de exterioridad, poseyera la verdad absoluta."

Yo creo que ahí está la cuestión, a veces se confunde lo que es comprender con compartir una idea o una actitud.

Es ese proceso psicológico por el que tras una fase donde se demoniza al contrario se pasa a comprenderlo, entonces curiosamente al descubrir algún resquicio de legitimidad en su comportamiento se asume fervorosamente la premisa opuesta a la del principio, o sea "el antes enemigo tiene buenas razones, tiene derechos" y eso da lugar a una conclusión perversa que es que "por tanto mis razones no son buenas, no tengo derechos", y de ahí esa manía masoquista de algunos, deriva de una forma equivocada de comprender las cosas.

Todo "yo" tiene derecho a la existencia y todo "otro" también, la cuestión es que ambos derechos son legítimos pero las leyes de la vida exigen que uno termine prevalenciendo, donde se pierde la razón es al elegir los medios.

Todo eso implica, o debería, un respeto reverencial al "otro".

Horrach dijo...

Me ha faltado matizarlo en la entrada, pero ya que estamos lo haré aquí: para que pueda relativizarse el enclaje tanto del yo como del otro, es necesario que se tome en consideración una otredad más amplia, no la del puro otro como prójimo. Sería una otredad radical, en el sentido de que nunca puede dejar de serlo. Es por tanto, inasimilable a ninguno de los dos extremos de la oposición, aunque debe siempre ser considerada para evitar el deslizamiento hacia uno de los lados.

De todas maneras, Sonja, es algo bastante más habitual de lo que se suele tener en cuenta esta especie de identificación final con el adversario. El dogmatismo hace que los dos contendientes se vayan pareciendo progresivamente, hasta el punto de que sus posturas son intercambiables.

saludos

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