sábado, 7 de julio de 2007

PUNTO DE PARTIDA


“Pretendes que no existe un punto de partida determinado (...). Estamos ya en cualquier cosa, ya todo se ha jugado y se ha perdido, adiós a la claridad y el sentido, nunca vamos a comprender nada, por otro lado, no hay nada que comprender, ése es tu único secreto.

Volvamos a empezar. Afirmar que nunca estamos seguros en un punto de partida no es decir que se empieza en cualquier lugar. Se empieza siempre en algún lugar, pero ese lugar nunca es cualquiera. La acusación o incluso la reivindicación del cualquier lugar viene impuesta por la exigencia filosófica: no se puede identificar el cualquier lugar (ni, por tanto, el cualquier cosa) sino desde la garantía, al menos prometida, de un verdadero fundamento, el único que puede hacer creer en la libertad o en la irresponsabilidad de un cualquier lugar. El lugar cualquiera desde el que se empieza siempre está superdeterminado por estructuras históricas, políticas, filosóficas, fantasmales que, por principio, no se pueden nunca explicar ni controlar completamente. El punto de partida es, en cierto modo, radicalmente contingente, y es una necesidad que lo sea. Esta necesidad (de lo contingente) es la del ya que hace que el punto de partida esté siempre dado, que se responda al ‘ven’ que se recibe y se experimenta como verdadera necesidad. Se impone, pero no cesa de componerse con el azar y, por tanto, se aventura: ahí está su suerte”.

Geoffrey Bennington, Jacques Derrida.

miércoles, 4 de julio de 2007

EL CEMENTERIO JUDÍO DE MALLORCA


Este mes de julio se cumplen 32 años de la existencia del único cementerio judío que hay en Mallorca (y creo que también en el conjunto de las Baleares), situado en el pueblo de Santa Eugenia (a 22 kms. de Palma), cuyo nuevo alcalde fue compañero mío en el instituto (¡enhorabona, Guillem!). Fue aprobado el 9 de julio de 1975 por el Gobierno y la Dirección General de Sanidad y podemos encontrarlo junto al cementerio católico de la citada localidad. La primera lápida pertenece a Enrique Davids y data del año 1977. A pesar de que la religión judía es la más antigua de las que todavía existen en Mallorca (hay que recordar que según algunas versiones históricas los primeros judíos que llegaron a la isla pudieron hacerlo antes de la época de Cristo), la existencia de este cementerio y de otras realidades vinculadas con el judaísmo es un misterio para la mayoría de los mallorquines.

La discreción caracteriza los rasgos externos del recinto. Sólo si uno se detiene a las puertas del cementerio y observa con atención los detalles puede apreciar en los barrotes de la entrada dos estrellas de David en cada uno de los extremos y un candelabro. En la parte superior puede leerse una frase escrita en hebreo, reproducción de un salmo sobre la acogida que debe dispensarse a los muertos. Una vez dentro, y ya superada la capilla, llama la atención lo vasto del terreno que engloba todo el recinto; hay más tierra esperando a sus muertos que lápidas sobre las piedras. Aún así, son unas 80 las tumbas que existen a día de hoy (ninguna pertenece a la comunidad ‘chueta’). Y es que éste es un cementerio mucho más internacional que, por ejemplo, el de Deià: aquí hay enterrados alemanes, franceses, norteamericanos, españoles, ingleses, austriacos, húngaros, canadienses, etc. Es decir, cualquier judío (aunque no sea ortodoxo) que viva en Mallorca y que tenga voluntad de ser enterrado en este lugar.

Quiero detenerme en el poder evocador de los apellidos de los difuntos. Uno tras otro forman una lista exótica: Mendlebaum, Levy, Berman, Denoff, Korn, Blume, Almasy, Papo, Mordechai, Singer, Steinberg, Boardman, Duman, Robertstein, Manning, etc. Infinidad de historias sepultadas, infinidad de novelas que difícilmente llegarán a escribirse.

Un detalle importante tiene que ver con la homogeneidad que se desprende del conjunto de las lápidas, representación consciente de la igualdad esencial del ser humano que podemos encontrar en pasajes de la Torah o del Talmud (“todos somos iguales ante Dios”). Ninguna tumba destaca del resto, si exceptuamos dos casos excepcionales: uno, el de un judío francés, Jack Sergio Benhaïm, que también era masón y jugador de cartas (en su enorme lápida podemos ver los tres símbolos que guiaron su vida: la estrella de David, el símbolo masónico y una carta de baraja); el otro caso es el de Arnold Levy, que prefirió no poner lápida alguna sobre su tumba para sembrar la tierra con semillas que, años después, ya han florecido espectacularmente, elevándose un árbol varios metros sobre el suelo.

Más detalles sobre las tumbas: todos los muertos están enterrados bajo tierra, ya que está prohibido el enterramiento en nichos (por estar por encima del suelo) y en panteones (por su carácter ostentoso). También está prohibida la incineración, porque el cuerpo debe ser reintegrado en su totalidad a la tierra de donde dicen las escrituras que procede y no ser aniquilado bajo los efectos del fuego. Las lápidas sólo se colocan sobre la tumba un año después de enterrado el cadáver, porque durante ese tiempo el alma ya ha podido liberarse de la materia completamente.

Sobre la mayoría de las lápidas se encuentran un gran número de piedrecitas. Como recordará cualquiera que haya visto La lista de Schindler, se trata de una costumbre de los judíos askenazíes (de origen europeo, en oposición a los sefardíes, de origen español y mediterráneo) y cada una de ellas la coloca la persona que visita una tumba determinada. Evidentemente, a más visitas más piedras sobre la lápida. Caso curioso es el del barón de Izvor, llamado Nandor Goldstein (1912-1978), cuyas piedras que todavía se mantienen sobre su tumba fueron traídas desde Canadá por un familiar en nombre de él y de todo el conjunto de sus familiares. Otras tumbas no cuentan con ninguna piedra sobre sus lápidas, lo que confiere a su soledad una palpitación todavía más profunda.

Por último, no hay que olvidar la capilla, pequeño edificio situado frente a la entrada y destinado a la celebración de los funerales y al lavado mortuorio de los cadáveres, aunque éste se realiza actualmente en el tanatorio de Bon Sosec en Marratxí.

Imagen: tomada por mi antigua fotógrafa, la dulce Susana G. del Amo.

domingo, 1 de julio de 2007

MATRIMONIO


“Un soldado en la frontera ¿debe casarse? En la frontera del espíritu, ¿puede casarse cuando lucha noche y día como avanzada no contra los tártaros o los escitas, sino contra el orden salvaje de una melancolía esencial? ¿Puede casarse en esa avanzada? Aunque no combata día y noche y goce de treguas bastante largas, nunca se sabe cuándo comenzará la guerra porque no puede verse un armisticio en esta calma”.

Sören Kierkegaard

martes, 26 de junio de 2007

FÚTBOL


Desde hace mucho tiempo el fútbol se ha convertido en algo más importante y decisivo que un simple deporte en la mayor parte del mundo. Es un juego y también un deporte, además de un negocio. Pero hay algo más de fondo, algo que nos compromete en lo más elemental de nuestra naturaleza y que, de cierta manera, la expresa y genera. Siendo esto, según mi opinión, lo más importante que caracteriza al fútbol, se trata en realidad de su aspecto menos comentado. A ello dedico este artículo.

En cierto sentido, la del fútbol es una dimensión paralela a la real, aunque su exterioridad no sea la del theoros, es decir, que no se corresponde con el mundo analítico o desvelador de la cultura, que permite una reflexividad sobre el objeto del análisis. En cambio, el fútbol es un espacio inmerso plenamente dentro de las categorías de lo real, un universo paralelo en el que el mundo refleja sus elementos más importantes, sobre todo los más primarios; es un fiel espejo en el que se proyectan los valores de una comunidad. El fútbol es un cosmos, y la manera de habitar ese espacio totalizado lo vincula claramente con la religión, entendiendo religión en el sentido etimológico de la misma palabra, religare, que significa ‘reunir’, el ejercicio mismo de una unificación o vínculo que busca la homogeneidad. El cierre sobre lo propio y la consolidación de la unanimidad comunitaria son aspectos de los que tenemos un claro ejemplo en el sectarismo del hincha futbolístico, cuya relación con el mundo es puramente maniquea y paranoica, ya que late en su pecho el pathos etnocentrista: los nuestros son siempre los buenos, mientras que los demás no dejan de conspirar contra nosotros y de buscar nuestra perdición. El hincha ve en su equipo una posibilidad de salvación y de redención, y es que en este mundo en el que vivimos, en el cual las grandes certezas metafísicas y religiosas se han venido abajo (al menos en su pretensión de exclusividad absoluta, es decir, en su dominio totalizador), el fútbol se ha convertido en una esfera de salvación y refugio para cientos de millones de personas, un motivo de orgullo identitario, una forma de vida, una auténtica religión...

(artículo completo en KILIEDRO)

jueves, 21 de junio de 2007

LAS ETAPAS DEL MAL


“Grüninger, que había estado conversando con un teólogo:

- El Mal aparece primero como Lucifer, luego se metamorfosea en Diablo y acaba mostrándose como Satanás. Es la progresión que va del Portador de la Luz al Disgregador y luego al Aniquilador”.

Ernst Jünger, Radiaciones.


El Mal no existe ni puede existir como tal, es decir, de una forma tan unitaria como elude el vocablo en mayúscula. El Mal se da siempre como progresión, en etapas. Hitler mismo no empezó a gasear judíos en 1933, cuando llegó al poder, sino años más tarde. Sabía que el Mal no podía imponerse más que a través de una escala ascendente, no sólo por motivos psicológicos, es decir, para que los alemanes no se opusieran a la destrucción, sino también porque la naturaleza del Mal lo requiere. En Srebrenica (foto) tampoco sucedió de otra forma. El Mal entendido como destrucción sistemática nunca llega de repente, siempre hay un trabajo previo.

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