lunes, 26 de diciembre de 2016

EL BOLETO SAGRADO


  (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Llegan las fiestas de Navidad, y en mis alrededores no dejan de poner huevos. Digo, de parir bebés. Como los niños me gustan todavía menos que los gatos, que ya es decir, cuando alguien cercano me comunica, exultante de enigmática alegría, que va a ser padre/madre, lo primero que me viene a la cabeza es un misericordioso “te acompaño en el sentimiento”. Pero salvo casos puntuales de necesaria crueldad, no suelo expresar esta idea en voz alta. Más que nada porque no veo demasiado conveniente ofender a la poca gente que todavía me dirige la palabra.
Tengo una tía medio bruja que en cada cena de Navidad se monta un rollo parapsicológico con unas velas y unas tiras de tela. Soy el único de los Miralles que jamás ha querido recoger un trozo de estas tiras para acarrearlas todo el año en la cartera. Se supone que dan buena suerte. A mi familia materna no le ha ido nada mal estos años, la verdad. El caso es que este 2016 me apetecía quedármelas, porque ya no sé qué pensar sobre el maleficio que me circunda. Pero, ahora que me decido a estrenarme, este año no había... Habrá que seguir espectralmente envuelto en claves kafkianas: “Todo lo que toco se derrumba”.
Tampoco he jugado nunca a la lotería ni derivados. Tras una infancia en la que me chiflaba y una adolescencia y primera juventud en que me repugnaba, creo que ya estoy sintéticamente en paz con la Navidad. Sólo detesto el insufrible pifostio de la Nochevieja, y me sigue llamando la atención el ritual lotero. Julio Camba decía que nuestra pasión generalizada por los sorteos tiene mucho que ver con el catolicismo que de alguna manera nos sigue explicando. Al contrario que los protestantes, no entendemos nuestro futuro como algo que exija trabajarse día a día, sino como el épico fiestorro que nos pegaremos el día que el azar selle el boleto que ya llevamos bajo el brazo al nacer. Nuestro dios es la gracia (pecuniaria, no teológica) que sopla donde quiere y cuya retribución es más casual que meritoria.
Lo cierto es que no puedo sacar pecho sermoneador precisamente, ya que muy aplicado a la ética protestante del trabajo nunca he sido. Pero como tampoco me empacho de creencias, no concibo el don sagrado del numerito redentor. Seguramente la esperanza enturbie el cálculo, y si nos ponemos a sumar lo que cada uno se ha jugado en loterías y sorteos tal vez podría haber para pagar toda la deuda pública española. Al menos seguimos siendo el puto amo en consumo de cocaína y videojuegos. Que nos quiten lo bailao.

lunes, 19 de diciembre de 2016

ANORMALIZACIÓN LINGÜÍSTICA


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Se han cumplido 30 años de la Ley de Normalización Lingüística. Aprobada por unanimidad en el Parlament, esa coincidencia fue engañosa pues la sociedad no ha seguido el camino dictado por los políticos. Y eso porque la promoción del catalán no se ha hecho en sentido positivo sino crispadamente contra el castellano y las modalidades insulares, como armamento para una maximalista batalla política. Cuando algo requiere señalar y atacar chivos expiatorios al final acaba sometido al principio de acción-reacción.
Como indican los últimos datos, el porcentaje de hablantes va reculando. ¿Nadie ha pensado entre nuestras eminentísimas autoridades que eso se debe a la antipatía que genera la forma megaestandarizada y antagónica de aplicar el modelo de lengua? Josep Melià avisaba en 1992 que era un error usar el catalán para “fer patriotes” porque generaba rechazo y, en consecuencia, un retroceso en el uso de la lengua, como estamos viendo.
Ya en la época de la pre-autonomía, un Jeroni Albertí acomplejado al ser el castellano su lengua familiar entregó la cuestión lingüística en manos de intransigentes como Carod-Rovira, Bernat Joan o Aina Moll. Luego Cañellas consumó la rendición dejando el campo abierto para que una OCB liderada por el submarino pujolista Antoni Mir, apartado el culto y respetuoso Bartomeu Fiol, fuera aplicando el rodillo allá donde ponía la pata.
Uno de los grandes errores de Cañellas fue pensar que con esta ley (y otros gestos) el catalanismo se amansaría. Xisco Gilet, conseller del ramo en 1986, especificaba que unidad no implica uniformismo. Pero ingenuamente se dejó hacer a un nacionalismo que fue copando la educación y la administración para imponer un modelo de lengua, gobernara quien gobernara, que no tenía (ni tiene) seguimiento mayoritario por parte de la ciudadanía balear. De hecho, la Comisión Técnica de la ley quedó en manos de gente como Janer Manila o Joan Miralles.
La Fundació Jaume III, tan odiada como eficiente, lleva 3 años trabajando por una mayor identificación del hablante con su lengua materna. No se trata, como expelen ciertas víboras, de comulgar con castellanismos y formas coloquiales, sino de aplicar aquello que normativamente permite el DIEC95, aunque muchos se dediquen en cuerpo y alma a timar al ciudadano haciéndole creer que esos casos no son preceptivos.
La obsesión con este ultrafabrismo cerril, más ideológico que filológico, está provocando la deserción de los hablantes, hartos de ser reconvenidos sobre sus supuestos errores. El catalán, igual que el castellano, no tiene por qué someterse a un único estándar. Si en Argentina usan sin complejos un castellano que no es el de España, no se entiende que en Baleares no se pueda hacer lo mismo con las modalidades.

lunes, 12 de diciembre de 2016

LA GRAN ESTAFA


 (versión ampliada de la disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Enric Marco se hizo famoso recorriendo escuelas, medios de comunicación e incluso el Congreso de los Diputados, donde recreaba con efectivo detalle sus penalidades en el campo de concentración nazi de Flossenbürg. Durante años fue, como presidente de la Amical Mauthausen, el estandarte de las víctimas españolas de Hitler, un héroe de la dignidad. Luego el historiador Benito Bermejo descubrió que no había pisado nunca un campo, sino que incluso había estado en el puerto de Kiel ayudando a los alemanes como voluntario del franquismo.
Jean-Claude Romand fue durante 18 años investigador de la Organización Mundial de la Salud. Era un médico prestigioso que se codeaba con los vips del mundillo. Pero resultó no ser ni licenciado: no pasó de segundo de medicina. Había vivido todo ese tiempo saqueando las cuentas bancarias de todos sus allegados. Justo antes de que se descubriera el fraude, asesinó a su mujer, a sus hijos y también a sus padres. Sus tortuosas andanzas fueron retratadas por Emmanuel Carrère en el fascinante El adversario.
A diferencia de Romand, hombre insípido que se valió de su anonimato para perpetrar su restringida ficción, el pucelano Fernando Blanco ha escenificado su interpretación en la jeta de todo un país: en los platós de televisión, en los periódicos, en las radios, en las ferias (yo lo traté en la de Sencelles en 2010). Bajo el foco de manera permanente, camelando a un auditorio de 46 millones de asistentes. Coinciden Romand y Blanco en inventarse un cáncer como recurso in extremis para diluir cualquier exótica incredulidad.
Marco instaló su farsa en circunstancias de un pasado tremebundo y lejano que no era tan fácil poder constatar. Lo de Blanco es mucho más comprometedor para todo el periodismo español, incluidos algunos que ahora se pavonean por un acierto tras lustros de bochorno. Porque el ‘caso Nadia’ no empezó hace dos semanas con el calamitoso reportaje de Pedro Simón, sino que han sido 8 largos años donde ha fallado todo, básicamente la profesionalidad periodística, pero también la letal sensiblería, ese untuoso mandamiento del buenismo que es de obligada observancia a todas horas.
En nuestra época lo verdadero no se construye con argumentos aquilatados sino con emotividad cruda y victimismo. Tiene la razón, y por tanto mayor éxito social, aquel que consiga quedar como más víctima que el otro. Para esta operación es indispensable algún escudo humano en forma de niño, mejor si está enfermo, o de superviviente de una catástrofe natural o terrorista. Blanco ha demostrado ser un farsante muy habilidoso, o tal vez simplemente se ha beneficiado de los no sé si numerosos pero desde luego profundos puntos ciegos del periodismo. Tuvo que aparecer en escena el mayor desfacedor de entuertos de nuestra prensa, Josu Mezo (www.malaprensa.com), para que tantos años de farsa y memez comenzaran a desmoronarse.
Todos los medios, baleares y nacionales, han fallado estrepitosamente. Este es uno de los comatosos achaques generados por su metamorfosis en prensa rosa-amarilla, en la asunción devota de lo lacrimógeno como distorsionador precepto de su tarea. Extraviados en su afán normativo de decirle al mundo cómo tiene que ser y lo que debe pensar, elevando la trivialidad a la categoría de acontecimiento, triturando a una clase política que no es mejor pero tampoco peor, han olvidado cuál es su función antes que aleccionar y conmover: informar.

lunes, 5 de diciembre de 2016

FIDELANDIA


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Desolado me ha dejado la muerte de Fidel. Desde que una profesora del parvulario en La Soledad me arrebatara alevosamente una banderita del Real Mallorca que me había hecho mi padre no estaba tan afectado. Me gusta la gente perfeccionista, aquellos idealistas que son capaces de enhebrar filigranas minuciosas. Fidel era uno de ellos, un tipo exquisito y riguroso: prometió elecciones libres en 1959. Es cierto que hasta ahora no las pudo aplicar, pero sólo porque se consagró fulltime a engrasar el delicado mecanismo. Hay que hacerlo bien.
Lo admiro tanto que en homenaje a su memoria estos días he intentado imitar sus quilométricos discursos. No se trata de perorar horas de forma mecánica sino hacerlo con su intensidad imperial y hondo calado. Pero he fracasado: al poco rato tuve que abandonar, por laringitis. Mis cuerdas vocales quedaron en el intento más destruidas que Alepo tras un bombardeo ruso.
Por estos andurriales, los trasuntos de Fidel son fieles a sí mismos: ante la duda, suba los impuestos. El terrible neoliberalismo… La neolengua mediático-política asegura que se aumentan impuestos a tabaco y alcohol, pero ni cigarrillos ni licores pagan tasas: ¡Las pagas tú, pardal! No se tocan diputaciones, la plétora de ayuntamientos o las opacas fundaciones de los partidos. Mejor depuremos deleites, comparemos, como hace la OMS, a la carne roja con el plutonio. Cada día hacemos más contentos al Estado Islámico, asumiendo, aunque sea por afán recaudatorio, sus antediluvianos criterios de pureza. Da igual si somos imbéciles, pero al menos que sea una imbecilidad sana y limpia. Como decía Cansinos Assens sobre el fetichismo del políglota: ser tontos en siete idiomas.
Si en otros países emigran los menos preparados, aquí se va lo mejor y se quedan los peores al mando, que nos tienen como rehenes. Lo que de verdad perjudica nuestra maltrecha salud son ellos. Nos degradan sus teatrillos indigestos y sus discursos tumorales, su mediocridad absoluta y sectarismo profundo.
Mientras, Cort alcanza ya el estado de ciclogénesis política, no sólo por su burda gestión cultural. Parecen quintacolumnistas del PP poniendo las bases para la mayoría absoluta azul en 2019. Por su parte, Fina Santiago ha ido rebajando tanto los mínimos para recibir una ayuda social que en casa de los March fijo que también caerá algo estas fiestas. Y qué decir del grotesco lío de Podem, que ya parece una de esas reyertas etílicas a la puerta de un tugurio. Jarabo, cercado por los suyos, a lo mejor recuerda algo que le señalé en su momento en el plató de Canal 4: ganaste las primarias con sólo el 36 % de los votos. Tus rivales sumaban el 64 %.
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