Estos días se ha celebrado en el norte de Mallorca una nueva edición de las conversaciones literarias de Formentor (video arriba, con Llop, Jordà, Manzano y F. Mallo). En Formentor, lugar que es uno de los rincones más espléndidos de una isla hermosa poblada por un 99 % de impresentables, se ha hablado del yo literario y, en consecuencia lógica, de los diarios literarios y sus autores. Aprovecho para recordar una valiosa lectura de este verano, El escritor de diarios (1998) de Andrés Trapiello, donde el diarista leonés analiza este género propio de la modernidad. Tras mucho tiempo de no existir como género literario (el diario personal cuyo fin era la publicación editorial es un fenómenos reciente), y después de ser considerado un género menor escasamente practicado, sobre todo en España, los diarios se han convertido en un elemento indispensable de las letras actuales, siendo frecuentado por escritores y valorado por crítica y lectores.
Pero lo más paradójico de la escritura diarística moderna es su origen, que no tiene mucho que ver con las circunstancias vitales de los diaristas, habitualmente sedentarias (caso de Trapiello, sin ir más lejos). Y es que la génesis histórica de este género se produce con los viejos diarios de navegación o con los diarios de las expediciones geográficas, como señalara el gran Jünger en el prólogo de sus Radiaciones, probablemente uno de los mejores diarios que se hayan publicado nunca. Fueron estos exploradores o navegadores los que dieron la forma (recoger día a día los acontecimientos vividos por quien escribe) a los diarios modernos.
Dicha paradoja permite algunas reflexiones: aun siendo la forma básicamente la misma, no sucede lo mismo con el yo, que ya no es el del intrépido capitán o el arrojado explorador, ni tampoco el del minucioso geógrafo, es decir, ya no está determinado por las peripecias inagotables de una expedición en la que sus miembros se lo juegan todo, sino que ese yo se ha transfigurado en el del escritor sedentario cuyas peripecias se han volcado hacia la vida interior. ¿Qué queda por descubrir en un mundo absolutamente cartografiado, fotografiado y filmado hasta los rincones más ocultos? El yo que sustentaba al explorador y al capitán era firme y contaba con una base monolítica muy arraigada, lo que le permitía lanzarse a aventuras arriesgadas más allá de lo conocido, siendo lo decisivo dichas aventuras y no la interrogación del propio yo. Sin embargo, la ambivalente y quebradiza modernidad ha transmutado esa aparente seguridad, dejando todo principio en una indeterminación que ha cambiado el sentido de la búsqueda, porque, ¿acaso indagan la misma cosa el aventurero nómada que el escritor sedentario a pesar de compartir el mismo medio expresivo, la misma 'caja negra de navegación'? El yo del diarista moderno surge de la quiebra, de la escisión, del fin de las certezas y principios, de lo baldío del viaje físico (en un mundo en el que el viaje se ha convertido en sudorosa norma) y eso determina un tipo distinto de interrogación y escritura, el cuestionamiento de sí y un deseo de ser-otro, junto con la angustia de poder realizar o no esa especie de suplantación (angustia causada por la imposibilidad de que la escisión sea totalmente suturada). El yo del diarista, por ser hijo de la escisión, surge como interrogación de sí mismo y trata de habitar su condición desarraigada de alguna manera, consignando el paso de los días, tratando de agarrar el tiempo que lo va desmenuzando, demorándose en los detalles más frágiles. No se busca un éxito memorable o una gesta histórica, sino resistir con dignidad la anaciclosis de su pequeño mundo, tratando de encontrar la clave que salve alguna cosa del naufragio.
Dicha paradoja permite algunas reflexiones: aun siendo la forma básicamente la misma, no sucede lo mismo con el yo, que ya no es el del intrépido capitán o el arrojado explorador, ni tampoco el del minucioso geógrafo, es decir, ya no está determinado por las peripecias inagotables de una expedición en la que sus miembros se lo juegan todo, sino que ese yo se ha transfigurado en el del escritor sedentario cuyas peripecias se han volcado hacia la vida interior. ¿Qué queda por descubrir en un mundo absolutamente cartografiado, fotografiado y filmado hasta los rincones más ocultos? El yo que sustentaba al explorador y al capitán era firme y contaba con una base monolítica muy arraigada, lo que le permitía lanzarse a aventuras arriesgadas más allá de lo conocido, siendo lo decisivo dichas aventuras y no la interrogación del propio yo. Sin embargo, la ambivalente y quebradiza modernidad ha transmutado esa aparente seguridad, dejando todo principio en una indeterminación que ha cambiado el sentido de la búsqueda, porque, ¿acaso indagan la misma cosa el aventurero nómada que el escritor sedentario a pesar de compartir el mismo medio expresivo, la misma 'caja negra de navegación'? El yo del diarista moderno surge de la quiebra, de la escisión, del fin de las certezas y principios, de lo baldío del viaje físico (en un mundo en el que el viaje se ha convertido en sudorosa norma) y eso determina un tipo distinto de interrogación y escritura, el cuestionamiento de sí y un deseo de ser-otro, junto con la angustia de poder realizar o no esa especie de suplantación (angustia causada por la imposibilidad de que la escisión sea totalmente suturada). El yo del diarista, por ser hijo de la escisión, surge como interrogación de sí mismo y trata de habitar su condición desarraigada de alguna manera, consignando el paso de los días, tratando de agarrar el tiempo que lo va desmenuzando, demorándose en los detalles más frágiles. No se busca un éxito memorable o una gesta histórica, sino resistir con dignidad la anaciclosis de su pequeño mundo, tratando de encontrar la clave que salve alguna cosa del naufragio.

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